Orozco, una cordillera volcánica; los albores del muralismo en México

Algunas de las obras de este movimiento, y que Excélsior registró, las hizo Roberto Montenegro

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11 septiembre 1949. Tres días después de la muerte de José Clemente Orozco, Bernardo Ponce escribió en El Pe-riódico de la Vida Nacional una nota amplia sobre el muralista mexicano. La ilustración fue de Arias Bernal. Fotos: Archivo Excélsior

CIUDAD DE MÉXICO. A lo largo de su historia, Excélsior ha sido testigo de numerosos hechos culturales. Tal es el caso  del fallecimiento del tenor mexicano José Limón Orozco, la salida del poeta José Juan Tablada a Nueva York, la apertura al público de la biblioteca de la Facultad de Música, la huelga de artistas teatrales de principios del siglo XX y algunas de las obras que marcaron el inicio del muralismo en México, en el marco de las celebraciones por su centenario, por ejemplo, las obras que realizó Roberto Montenegro en el Antiguo Templo de San Pedro y San Pablo.

Uno de los hechos de las artes plásticas que mayor conmoción provocó, a mediados del siglo pasado, fue el fallecimiento del muralista mexicano José Clemente Orozco. La noticia fue reportada el jueves 8 de septiembre de 1949 en varios textos que lo definieron como “el primero, número uno de la trilogía Orozco-Rivera-Siqueiros”.

Aquel día se decretó luto de 48 horas en las instituciones culturales universitarias y durante las exequias fue definido por Diego Rivera como un artista que siempre mantuvo “una independencia feroz y una individualidad de criterio personal y estética que jamás doblegó”.

Y Siqueiros lo definió como:“El más grande pintor del más grande movimiento pictórico del mundo. La magnitud de su obra sólo podrá ser apreciada cuando la mayor parte de los países adopten las normas públicas que él tanto amó. Se trata de la primera figura latinoamericana cuya obra tendrá una verdadera proyección universal”.

Un día después se detalló sobre las exequias en el Palacio de Bellas Artes, donde habló Diego Rivera, quien evocó a José Juan Tablada, quien definía a Orozco como el Goya mexicano. Sus restos fueron sepultados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

 

RIVERA, EL POETA NIÑO

Ocho años después, el lunes 25 de enero de 1957, Excélsior, en la pluma de Julio Scherer García informaría la muerte de Diego Rivera. “El doctor Ignacio Chávez vio al artista al mediodía de ayer. Su diagnóstico fue alarmante, pero hizo pensar que Diego viviría algunos días, quizá semanas”.

Un día después, el ataúd de Rivera también llegaría a Bellas Artes, rodeado de grandes muñecos de cartón en forma de calaveras y judas. En aquel reporte se recuperaron las palabras que Frida Kahlo (1907-1954) pronunció en una entrevista de 1949 en la que afirmó que “Diego era tan mentiroso como los poetas o como los niños. Entre las muchas cosas que se dicen de Diego éstas son las más comunes: le llaman mitómano, buscador de publicidad y, la más ridícula, millonario”.

También se destacó la llegada de María Félix, Ruth Rivera y el destino de su legado al Banco de México para que administrara sus bienes, junto con su colección de 20 mil piezas arqueológicas, su casa de Coyoacán y pinturas de él y de Frida Kahlo. Finalmente, sus restos también serían depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

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Mural de Rivera en la Secretaría de Educación Pública.

Los textos de las exequias, realizadas en Bellas Artes, recordaron la polémica que despertó la representación de Hernán Cortés en los murales de Palacio Nacional, donde lo plasmó “tarado y enfermo”, así como las críticas que despertó por reproducir la frase de Ignacio Ramírez: “Dios no existe”, en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

Así como el hecho de dejar numerosas obras truncas, como la historia del deporte entre los aztecas; un mural en el Museo Nacional de Historia de Chapultepec, en la ANDA y en el Teatro Jorge Negrete.

SIQUEIROS, EL ETERNO COMBATE

Finalmente, este diario también reportó el fallecimiento de David Alfaro Siqueiros en Cuernavaca, Morelos, el 7 de enero de 1974, a quien se dedicaron 24 horas de homenaje popular y se le atribuyó el renacimiento del muralismo, en palabras de Gabriel García Márquez.

Se recordó su percance con León Trotsky y sus temporadas en Lecumberri, así como el ser impulsor de periódicos como El Machete y El Martillo. Sus restos también fueron llevados al Palacio de Bellas Artes y depositados en la Rotonda.

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Siqueiros en la exaduana de Santo Domingo, en el Centro.

Al respecto habló Rufino Tamayo, quien difirió con el muralista, y expresó lo siguiente: “Me parece que la muerte trae consigo buenas cosas. Entre ellas, algunas que en la vida parecieron irremediables. Es por ello que, a partir de hoy, Siqueiros y yo estamos en absoluta paz”.

También se destacó su faceta como luchador revolucionario. “Usó a veces las armas de fuego, como en la Revolución mexicana y en la guerra civil española. Otras veces empleó la palabra, la acción sindical y la política y conoció por ellas la prisión. Y se recordó que, ya enfermo, dijo a Excélsior que si algún título había de merecer que fuera el de “artista ciudadano”.

El periodista Froylán López Narváez lo recordó como “hombre de combate”.

cva

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