Los males subterráneos de Jordi Soler
El escritor mexicano evoca en Los hijos del volcán la fuerza de la naturaleza y del ser humano

CIUDAD DE MÉXICO.
Tikú, el protagonista de la novela Los hijos del volcán, del mexicano Jordi Soler (1963), escucha una voz que le ordena matar, vaga por la montaña como un fantasma, le gusta contemplar la naturaleza y su único amigo es un coyote que lo sigue a todas partes.
Es el hijo del caporal de la plantación cafetera La Portuguesa y desde niño sintió “una fuerza desconocida y brutal” que marcó toda su vida, por lo que siempre busca algo que desconoce y, en las zonas más agrestes de esa selva, encuentra a una tribu ancestral que lo protege.
“Es un personaje lleno de complicaciones que, de entrada, tiene una patología. Investigué mucho para darle vida e incluso tuve varias sesiones con un siquiatra, que me explicó cómo trabaja la cabeza”, narra Soler en entrevista.
“En las escenas de Tikú y su coyote, me da la impresión de que eran la misma criatura. El coyote era Tikú desdoblado en otro cuerpo. Planteo una convivencia especial con la naturaleza”, agrega.
El narrador y poeta, que vive en Barcelona desde hace 18 años, vuelve con esta propuesta a ese espacio personal de la selva veracruzana donde transcurrió su infancia y relata un mundo mítico, pero a la vez pobre y violento.
“Es una novela en la que me he esforzado por integrar las fuerzas subterráneas de la naturaleza. Los personajes están arrinconados por éstas, que salen de debajo de la tierra. El volcán es la boca hacia el submundo, por donde transitan energías y algunas deidades prehispánicas. Todo en un contexto que, aunque es selvático, rural, sucede en el siglo XXI”, aclara.
El autor de La fiesta del oso y Usos rudimentarios de la selva dice que esta novela ha sido muy complicada de escribir. “Todo lo que sucede es inventado, pero partí de la realidad. Su prosa crece de una manera orgánica, ya que la selva es uno de los personajes importantes y va creciendo como la vegetación.
“Fue mi oportunidad de sumergirme, durante los tres años que me llevó escribirla, en ese territorio de mi infancia que ya no existe, porque ya no soy el niño que fui”.
No obstante, añade, Los hijos del volcán (Alfaguara) “tuvo una contraparte de mucho gozo y felicidad para mí. Me gustó escribirla. Me quedé siendo muy amigo de ella. Hacerla fue como una liberación, porque es un libro más que termino. Pero no saldo nada con esta historia, aún tengo muchas deudas con mi infancia”, indica.
Soler propone una relación diferente entre el ser humano y la selva. “Existe una especie de ingenuidad alrededor de la naturaleza. Se ve como una cosa buena per se, que siempre estará de tu lado; pero, quienes hemos vivido en un sitio así, sabemos que en cuanto te descuidas te devora. Es la madre naturaleza; pero, como toda madre, a veces te quiere matar. Hay una reflexión sobre la naturaleza real”.
Debajo de la ficción se esconde la cruel realidad de la pobreza y el aislamiento en que viven los campesinos mexicanos. “Las enormes desigualdades que hay en nuestro país son uno de los grandes ejes de la novela. Es una desigualdad basada tanto en el aspecto económico como en el físico. Hay personas que lo poseen todo y mandan, abusan. A uno de ellos mata Tikú.
“Por increíble que parezca, la trama sucede ahora en una región con el mapa sociológico del siglo XVI. Están presentes la guerrilla, el narco, los Zetas, los paramilitares. Toda esta fauna
que puebla las faldas del volcán”, dice.
Cuando Soler evoca las normas que impone la naturaleza, se refiere también a la fortaleza humana. “Tikú se siente vigilado por los hijos del volcán, perseguido, cuestionado. Sabe que ellos siempre lo pueden encontrar, que no puede huir de ellos; pero a la vez descubre que ellos lo pueden proteger también y se preocupa cuando no los ve. Pero al final descubrirá algo aterrador”, asegura.
El autor confiesa que son una tribu que le gustaría que anduviera por ahí. “En México es importante esa otra realidad. Tenemos la mística prehispánica que aparece en todos lados, lo que no sucede en otros países. Aquí, mueves una piedra y te encuentras con el pasado. Hemos aprendido a vivir con la historia en la piel”, concluye.
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