Juan Domingo Argüelles, por un lector soberano

El escritor y ensayista defiende, en El vicio de leer, la lectura placentera y rechaza el fanatismo moralista como guía

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Hay que ir desechando de una buena vez la falsa idea de que los libros y la lectura nos hacen buenos per se”. Juan Domingo Argüelles, escritor.

CIUDAD DE MÉXICO.

“Cada lector es un soberano de su reino íntimo, y puede leer por las más variadas razones; pero no existe razón alguna para dar cuentas a nadie del vicio de leer”, afirma el escritor y ensayista Juan Domingo Argüelles (1958).

“No se puede fabricar lectores, porque el verdadero lector, el que encuentra el placer del conocimiento, no se inclina fácil ante el poder, no aplaude, duda, es escéptico, crítico. No existe una República de Lectores”, comenta en entrevista con Excélsior.

El poeta defiende de esta manera la lectura placentera, la soberanía lectora y la insumisión de los lectores, temas sobre los que reflexiona en su libro más reciente, El vicio de leer. Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento (Laberinto Ediciones).

“En el momento en que debemos leer esto o aquello de la manera equis, porque es indispensable para esto y lo otro, el placer se esfuma, nos lo roban; porque si hay algo peligroso para el poder es el gozo, el placer, el disfrute individual, y a veces colectivo”, explica.

El estudioso del hábito de la lectura desde hace cuatro décadas agrega que “es indispensable que sepamos que leemos libros no sólo para divertirnos y entretenernos, sino porque confiamos en que los libros nos van a hacer libres; no sujetándonos a una ideología, sino pudiendo decidir si los libros nos gustan o no”.

Por esto, dice, urge derribar mitos como que existe una literatura elitista y una literatura para el pueblo, que la gente no lee porque los libros son caros, que regalando ejemplares las personas van a leer o que la lectura y los libros hacen buena a la gente.

“Una persona no es necesariamente noble o virtuosa nada más porque lea libros, y ni siquiera es necesariamente ética porque lee o escribe libros de ética. Hay que ir desechando de una buena vez la falsa idea de que los libros y la lectura nos hacen buenos per se.

“La falacia de que leer nos hace buenos o de que nos mejora moralmente es una forma de justificar nuestra conciencia y, no sin vanidad, encontrarnos mejores a nosotros mismos puesto que leemos”, indica.

“No todos los que leen libros se liberan con ellos; hay quienes creen que es ‘emancipación’ el someterse a una creencia y leen únicamente para cimentarla y reafirmarla”, aclara.

El también editor y crítico literario detalla que este libro pretende abordar “todos los aspectos que son referentes de una política editorial mal llevada, como la que estamos viendo en esta administración, en la que no hemos visto que se materialice la estrategia de lectura anunciada.

“No hay ningún programa de lectura. Regalar libros no tiene ningún sentido, porque la gente no los aprecia y no van a leer porque se los regales. No podemos pensar que los libros deben ser regalados, porque lo que el Estado regala no es lo que le conviene al lector y sí lo que le conviene al Estado”, destaca.

Juan Domingo admite que ninguna estrategia de lectura de ninguna administración ha sido exitosa, todas son perfectibles, “pero es mejor que haya una y en este gobierno no existe.

“El tópico ‘promoción y fomento de la lectura’ se ha vuelto un cliché a la moda y una moneda ya muy gastada de tan sobada que está en los discursos políticos que se pretenden culturales. Sirve para pararse el cuello, nada más”, lamenta.

Comenta que escribió este libro durante la pandemia. “Ésta trajo una fuerte crisis editorial que el gobierno no ha tenido interés en paliar; es decir, ahora es cuando más se necesita que apoye a las editoriales, sobre todo a las más pequeñas, muchas están desapareciendo”.

Señala que el gobierno debe partir de la premisa de que la gente no lee libros porque no tiene una cultura que la lleve a necesitarlos y ésta se tiene que crear. “Pero sin fanatismos ideológicos que se entrometen en la lectura literaria y en la comprensión estética para dictar caminos únicos y a contracorriente de la libertad de cada lector.

“Cuando la moral se involucra en la literatura, ésta se echa a perder, como ocurrió en Rusia o en Cuba, donde prevalece un sistema único de comportamiento. Por eso es importante dejar que el lector lea por placer y con absoluta libertad”, concluye.

El dato

  • El autor considera que cuando la moral se involucra en la literatura, ésta se echa a perder, como ocurrió en la antigua Unión Soviética o en Cuba.