La incompetencia y la enfermedad mental dominan las decisiones de la Casa Blanca en la guerra contra Irán y en otros temas. Donald Trump lleva varias batallas perdidas, interna y externamente, y es probable que también pierda la guerra en Irán. El culto a la figura de Trump está haciendo que el centro racional de decisiones de Washington pierda piso y rumbo. Por lo pronto, Trump está atribulado. No le salen las cosas. La Suprema Corte de la Nación cuestiona su decreto para impedir el derecho a la nacionalidad por nacimiento en territorio de Estados Unidos y es probable que, en unos tres meses, la corte falle en su contra. La misma corte le echó para atrás, por ilegales, la imposición generalizada de aranceles que ha alterado las relaciones multilaterales y los mercados globales. El despido de Kristi Noem, exsecretaria del Departamento de Seguridad Nacional –debido a las salvajadas de ICE en contra de migrantes y ciudadanos estadunidenses, lo cual pone en entredicho su agresiva política migratoria– es otro episodio más para el consternado magnate. El despido, también fulminante, de la fiscal general, Pam Bondi, que estuvo dispuesto a darlo todo por él y que en el caso Epstein (lo dice la Casa Blanca) no pudo parar el riesgo de desprestigio al que ha estado expuesto el presidente, presunto cómplice de Epstein en sus fechorías sexuales en contra de niñas y mujeres menores de edad. El repliegue obligado de su ofensiva en contra de la apropiación de Groenlandia, frente a lo cual sus aliados europeos actuaron unánimemente en contra, obligando a Trump a darle carpetazo al caso en su discurso de Davos. El fracaso en su política exterior en contra de Canadá, a quien amenazó con convertir en el estado 51 de la Unión, dándole a los liberales gasolina para elegir a Mark Carney como primer ministro, dejando al candidato conservador aliado de Trump prácticamente desahuciado en medio de la campaña del año pasado. El rechazo y sanción en contra de la construcción de su vulgar salón de baile es otro escollo. Con China, a quien Trump intentó torcerle el brazo, la agresiva política arancelaria tuvo que ser moderada, llegando a un acuerdo con Pekín, en el tema de las tierras raras, entre otros insumos que EU ve como imprescindibles en la producción de semiconductores. Dicho sea de paso, China es el gran ganador de las pérdidas de EU en Irán.
Y, ahora, es Irán el asunto que marca su fracaso más estrepitoso en la política exterior de su mediocre mandato. La ausencia del más mínimo cálculo estratégico en su aventura bélica en contra del régimen tiránico de los ayatolas es, ahora, más obvia que nunca y su alianza con Netanyahu es un verdadero desastre: no ha habido ni cambio de régimen ni evidencia de que Irán haya logrado en sus instalaciones nucleares la producción de más de 60% de uranio enriquecido que le permitiera fabricar la bomba atómica, como lo pregonaron Israel y Washington. A Trump le está pasando lo mismo que a George W. Bush, cuando, en su afán por atacar e invadir Irak, inventó, junto con Colin Powell, la gran mentira de que Sadam Hussein tenia armas de destrucción masiva en su posesión, lo cual resultó ser totalmente falso. Como en los tiempos del golfo de Tonkín en Vietnam, la mentira se ha convertido para Washington en una herramienta para amedrentar política y militarmente a sus contrincantes y ganar terreno a sus expensas, así como justificar el ataque y la guerra. Con Trump, EU aparece como un hegemón depredador. Según Stephen M. Walt, si la política depredadora de EU continúa definiendo la “estrategia estadunidense en los años por venir, la hegemonía depredadora debilitará a EU y a sus aliados, generará un creciente resentimiento global, creará tentadoras oportunidades para los principales rivales de Washington y dejará a los estadunidenses menos seguros y prósperos”, (Foreign Affairs, marzo-abril, 2026).
A la luz de las amenazas de ISIS del viernes de quemar iglesias y sinagogas, enemigos furiosos de EU estarían preparando ya sus respuestas en contra de Washington y su aliado Israel. En el mismo texto ya citado, Walt nos dice que un hegemón depredador es una gran potencia dominante que trata de estructurar sus transacciones con otros sobre la base de un juego suma cero, de tal forma que los beneficios son siempre distribuidos a su favor. En este sentido, el objetivo primario de un hegemón depredador no es el de construir relaciones estables y mutuamente benéficas que deje a las partes en mejor forma, sino asegurar más ganancias que los otros en cada interacción llevada a cabo. Además, un acuerdo que deja al hegemón en mejor posición que sus contrapartes es preferible que un arreglo en el cual ambos lados ganen, pero la contraparte gane más. Un hegemón depredador siempre quiere la parte del león. Trump, que es la más nítida expresión de este hegemón, ha llevado al extremo todos los temas de los que se encarga y ha coaccionado o intentado hacerlo a todos sus interlocutores y aliados (en Europa y en otras partes, como Japón), a los cuales ha tratado peor que a sus verdaderos enemigos. Pero en Irán le falló el cálculo y es muy probable que, ante las pérdidas militares que les ha ocasionado Teherán a EU e Israel, EU tenga que recular y retirarse en pocas semanas del absurdo teatro de guerra que armaron ilegalmente Washington e Israel en Oriente Medio desde el 28 de febrero pasado.
