México es un país profundamente creyente. Sus habitantes creen en la Virgen de Guadalupe, en el Señor de los Milagros, en San Judas Tadeo y en una larga lista de santos que sirven para cada urgencia nacional: trabajo, salud, amor y hasta para encontrar estacionamiento. Sin embargo, el verdadero prodigio mexicano no está en los altares, sino en la política; muchos mexicanos creen en los gobernantes con una devoción que ya quisieran varios mártires.
Esta Semana Santa, los prodigios ocurrieron en el cielo o, para ser más exactos, en el espacio aéreo. El primero se dio el Viernes Santo cuando Claudia Sheinbaum compartió en sus redes sociales cuatro fotografías del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles en las que, según su interpretación, se mostraba una terminal rebosante de pasajeros, maletas y ese fervor multitudinario propio de las grandes apariciones. “Así está el AIFA el día de hoy. Vuelos al 100 a todos los destinos”, proclamó con la satisfacción de quien anuncia la buena nueva. Por un momento pareció que el milagro de la multiplicación de pasajeros finalmente había ocurrido.
Claro que las sagradas escrituras de la 4T omitieron un pequeño detalle: cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador inauguró el AIFA, aseguró que atendería una demanda de 20 millones de pasajeros al año. La realidad, sin embargo, ha sido menos celestial, ya que en cuatro años de operación apenas ha transportado 18 millones en total. Sin embargo, en tiempos de fe, los datos son herejía.
Como era de esperarse, no faltaron los infieles en las redes sociales que empezaron a dudar del prodigio, que si las fotos no correspondían ni al día ni a la hora o que si parecían hechas con inteligencia artificial, pero la fe política funciona exactamente igual que la religiosa, no se piden pruebas; se pide entrega. El creyente no debe preguntar cuántos pasajeros hubo, debe contemplar la imagen, asentir con la cabeza, persignarse y seguir adelante con su vida.
El segundo milagro, en cambio, fue uno de esos que se anuncian cada año, pero nunca bajan del cielo a la tierra. Se trata del Tren Suburbano que llevará a los fieles creyentes en tan sólo 43 minutos directamente a la tierra prometida: el AIFA. Aunque se había anunciado que estaría listo para Semana Santa, todo quedó en un acto de fe, todo por falta de una certificación. Ahora la nueva fecha prometida es el Mundial de Futbol. Cristo resucitó al tercer día; el tren al AIFA lleva resucitando desde la administración anterior.
Y por si faltara una señal más de este viacrucis aeronáutico, apareció Mexicana de Aviación, esa aerolínea estatal que no termina de despegar. La revelación llegó cuando la Presidenta explicó que el propósito de Mexicana no es maximizar las ganancias, sino garantizar la rentabilidad con un enfoque social. Una aerolínea que no busca lucrar, que existe para volar, que no genera utilidades, que convierte las pérdidas en discurso, logrando ¡el milagro de la economía moral!
Al final, en la política nacional los milagros no consisten transformar el agua en vino, sino la propaganda en gestión, el retraso en visión de largo plazo y el fracaso en narrativa social. Es una teología con una interpretación redentora: el tren no llegó, pero llegará; el aeropuerto está lleno, aunque los de la derecha digan lo contrario; una aerolínea pierde, pero lo hace a propósito.
