Sin maquillaje/ arlamont@msn.com/ 5 de abril de 2026

Alfredo La Mont III

Alfredo La Mont III

Sin Maquillaje

INCREÍBLE

¿Cómo usted, yo recuerdo cuando no sólo se podía fumar en los hospitales, sino que había doctores que lo hacían? Igual, me imagino que antes había cosas con las que convivíamos y que ahora nos parecen increíbles. Le pido que me de algunos ejemplos de esto.

R. Con gusto. A lo largo de la historia, la humanidad ha hecho cosas que como usted dice, hoy nos parecerían impensables. No por exóticas, sino porque eran tóxicas y nadie lo sabía. Uno de los ejemplos más famosos es el arsénico, usado en dulces victorianos y colorantes para pasteles. 

También se consumía plomo, presente en utensilios, vinos y hasta en pigmentos que daban un brillo irresistible a ciertos alimentos.

Otro caso sorprendente es el del radio, que a principios del siglo XX se consideraba “saludable”. Algunas bebidas energéticas lo incluían, convencidas de que aportaba vitalidad. Igual de peligroso era el boro, usado como conservador en pan y carnes, que causaba vómitos, irritación y problemas neurológicos.

Finalmente, muchos hogares cocinaban con manteca adulterada o aceites mezclados con sustancias industriales para abaratar costos, sin regulación ni controles sanitarios.

Estos ejemplos recuerdan algo esencial: la seguridad alimentaria es un logro reciente. 

Lo que hoy damos por sentado —etiquetado, pruebas toxicológicas, estándares internacionales— nació precisamente porque generaciones anteriores pagaron el precio de consumir productos que parecían inofensivos, pero no lo eran.

UN SEXTO

¿Qué hay de cierto que no sólo tenemos cinco sentidos, sino un sexto?

R. Bastante cierto. Además de los cinco sentidos clásicos, el cuerpo humano tiene un sexto sentido fundamental: la propiocepción. 

Este sistema, formado por receptores en músculos, tendones y piel, envía información constante al cerebro sobre la posición y el movimiento del cuerpo en el espacio. 

Gracias a él puedes caminar sin mirar tus pies, tocarte la nariz con los ojos cerrados o mantener el equilibrio sin pensarlo.

La información viaja al cerebelo, que la procesa en milésimas de segundo para coordinar cada gesto. 

Cuando este sistema falla, incluso personas muy entrenadas pueden perder la orientación corporal. Un ejemplo famoso ocurrió en los Juegos Olímpicos de 2020, cuando la gimnasta Simone Biles experimentó los llamados twisties: una desconexión temporal entre lo que el cuerpo hace y lo que el cerebro percibe mientras está en el aire. 

Es una forma de pérdida de “conciencia aérea”, un tipo especializado de propiocepción crucial para atletas que giran y saltan a gran velocidad.

Aunque la mayoría no necesita ese nivel de precisión, la propiocepción demuestra que los músculos no sólo mueven el cuerpo: también lo mantienen ubicado en el mundo, permitiendo que cada acción sea posible sin esfuerzo consciente.