Gustavo Monroy traza la bitácora del dolor
En Éxodo, en el Centro Cultural Clavijero, en Morelia, el artista presenta 30 piezas de mediano y gran formato que exponen la violenta realidad de México

CIUDAD DE MÉXICO.
Un reflejo áspero de temas como el tzompantli, las fosas, la migración y la violencia, es llevado al arte por el artista visual Gustavo Monroy (CDMX, 1959) en la exposición Éxodo, que abrirá el próximo 19 de noviembre en el Centro Cultural Clavijero, de Morelia, con 30 piezas de mediano y gran formato, y que estará abierta hasta el 19 de febrero de 2023.
Además, adelantó a
Excélsior que, durante la apertura se proyectará un documental sobre su trabajo pictórico y sus ideas sobre el arte, realizado por Darwin García Rondó, donde expresa que algunos artistas pintan mucho, pero dicen poco.
Si nos ponemos a ver la riqueza que tenemos en México, desde la cultura prehispánica hasta la pintura colonial, la Escuela Mexicana de Pintura, la influencia europea y la historia universal, cuando salgo a los espacios que pretenden ser modernos encuentro que esas representaciones son un poco bobas. Hay un arte muy bobalicón”.
Y agrega: “Pero no lo repruebo, se valen las expresiones. Aunque me quedo con un sabor y una necesidad de decir que, en un país tan rico y con una realidad abrumadora, tendríamos algo más que decir que un
arte tan bobo”.
Porque en esencia, “me da la impresión de que el artista contemporáneo quiere dinero rápido, un lugar donde exponer, fama, presencia en las redes y en los medios. Cada vez es más difícil encontrar experiencias pictóricas abrumadoras, que te sacudan y te hagan reflexionar”, asevera.
En dicho documental habla de sus orígenes y recuerda que, al salir de la secundaria llegaba a casa, en Nogales, Sonora, y leía las noticias de El Periódico de la Vida Nacional. “Mi papá (el poeta y ensayista Óscar Monroy Rivera) murió hace cuatro años. Él fue un escritor importante en la frontera, publicó sus primeros libros en la CDMX, como El mexicano enano, que ilustró Vlady.
En aquel momento él se involucró en los fenómenos locales de la frontera, sin desligarse del centro. Al llegar de la secundaria, le leía las noticias sobre Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, Rubén Figueroa, las matanzas y persecuciones, y todo eso se me metió en la cabeza”.
Después, el artista se iría a La Esmeralda y saldría de México. Pero al volver, en 1997, sucedió un parteaguas en su vida.
Sobre la muestra, Monroy explica que la pieza central es Tzompantli covid, un políptico que parte del concepto del Huey Tzompantli, hallado en el Centro Histórico en 2020, pero ligado a la etapa dura y dramática de la pandemia, con lo cual retomó y resignificó el tradicional tzompantli, donde yacen las víctimas de la violencia, los despojos de los desaparecidos y a las madres buscadoras.

Otra pieza relevante e inédita es Jonás, de 6 metros que forma parte de su serie homónima. “Jonás se refiere a un profeta del antiguo testamento, quien vivió un periplo dentro de una ballena, lo cual es totalmente contemporáneo, como metáfora de lo que vivimos en la sociedad moderna, con la descomposición social y la crisis civilizatoria que nos atañe en este siglo XXI”, explica.
¿Por qué refiere al año de 1997 como un punto de quiebre en su obra artística? “Antes de 1997 estuve ausente de México, pero en 1997 volví y sucedió la Matanza de Acteal, y aquello fue un parteaguas en mi vida, ya que fue como volver a un México ensangrentado y brutal”.
Además, apunta, “toda esta violencia me hace pensar que es como si la frontera se hubiera corrido hacia el centro, como si todo el país fuera frontera, o como si el país se hubiera fronterizado, y aquella matanza me sacó de mi interés por la pintura religiosa”.
¿Su trabajo es la estampa de su tiempo? “He ido cronicando el momento histórico, pero apegado a la tradición. Para mí es importante no desligarme de la tradición y por eso siempre hago referencia a la historia de la pintura. Así que mis cuadros pretenden ser esa instantánea, ese corte transversal, esa fotografía de los momentos que me ha tocado vivir.
Por otro lado, pienso en el mundo actual como un lugar lleno de narcisismo, del yo, de la selfie y del poseer, y uno de los actos más revolucionarios que podemos ejercer es la empatía; tener empatía y solidaridad es revolucionario y eso puede salvarnos de esa vorágine globalizadora”, concluye.
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