Cada palabra, una decisión; entrevista a Martín Caparrós
El argentino acaba de publicar una voluminosa compilación —más de 600 páginas— de su prolífica trayectoria como cronista

BARCELONA.
El escritor argentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) visitó recién Barcelona para hacer “una travesura”: escribir sobre algo que le divierte mucho: el futbol. Presenció la primera victoria del Barça en su debut oficial de esta temporada y vio cómo sobre el tapete verde del monumental Camp Nou destacaba un minúsculo detalle: la nueva cabellera rubia platino del ídolo Messi. En su texto, Caparrós buscó relaciones entre el nuevo look del 10 y una supuesta “crisis de argentinidad” del ídolo.
Caparrós, el cronista con formación de historiador, se permite, en ocasiones, estas licencias. “El periodismo deportivo es mi resto infantil”.
No hemos quedado para hablar de Messi, comentamos su próximo viaje a México para presentar su nuevo libro Lacrónica (Planeta, 2016); también estará en el Hay Festival Querétaro con su obra El hambre (Anagrama).
PALABRA CORRECTA
Es mediodía. Hace un calor bochornoso típico del verano mediterráneo. Al llegar al café El Foro, en el centro de Barcelona, Martín Caparrós me espera en una mesa exterior. Tiene la mirada clavada en la pantalla de su lap top. Nos saludamos y me pide unos minutos para “cerrar una frase”.
Las palabras importan y esa idea de le mot juste (la palabra correcta), atribuida al escritor francés Gustave Flaubert, es muy importante para Caparrós. Escribir —cuenta el argentino— es un ejercicio simple. Se trata de elegir palabras. Cada palabra es una decisión: no hay palabras iguales.
LACRÓNICA
Caparrós construye frases repletas de ideas. Pero el cronista está harto de la palabra “crónica” y puede que su libro Lacrónica —así, todo junto—sea fruto de ello.
La obra es una voluminosa compilación —más de 600 páginas— de su prolífica trayectoria como periodista a partir de unas crónicas que le llevan del Hong Kong hipercapitalista, a la selva boliviana de la coca; de los jirones de La Habana, al Juchitán de las Muxes; del África “Pole pole”, a las playas de la isla de Sri Lanka (donde Caparrós se enfrenta a la historia “más horrible” que ha contado).
Lacrónica es también una autobiografía profesional que incluye una reflexión quizá útil para toda persona que ejerza el oficio de contar historias. “Es un raro libro mixto —cuenta— sobre las pocas o muchas cosas que he aprendido en este oficio y que tenía ganas de comunicar”.
—¿Un manual?
—Ojalá nunca lo sea. Me encantaría que fuera una guía de discusión.
APRENDIZ DE FOTÓGRAFO
Hoy no ha pedido su café largo americano, pero, como siempre, carraspea antes de responder. Piensa unos segundos cada respuesta. Viajes, conferencias, presentaciones, talleres, discursos, entrevistas. Caparrós está acostumbrado a escucharse, pero no siempre está a gusto en este tipo de situaciones. “Siempre me sorprendió que los entrevistados se dejen entrevistar”, ha escrito en Lacrónica.
El hombre que hay detrás de ese amplio bigote ya canoso, de gesto adusto y que siempre viste de oscuro, tiene más de 30 libros publicados y lleva más de 40 años haciendo de periodista. Llegó con 16 años a un diario argentino donde manchó “a media redacción con cafés mal servidos”. Entró como aprendiz de fotógrafo y acabó como reportero por accidente en un lugar definido por el ruido de máquinas de escribir, olor a tabaco y alcohol.
En sus relatos de Lacrónica recorre medio mundo: “Empecé a contar historias para poder viajar, y que después viajé para poder contarlas”. Allá dónde va, el cronista caza historias: mira, escucha, pregunta y siempre duda para después escribir.
LITERATURA
Y PERIODISMO
O periodismo y literatura. En Lacrónica, Caparrós difumina cualquiera de las supuestas fronteras que unen o separan, según se mire, el periodismo de la literatura.
¿Ficción, no ficción? El escritor lo tiene claro. La única diferencia entre ambas es lo que él denomina “pacto de lectura”: “Voy a contarte una historia que sucedió con la mayor honestidad posible”.
En Lacrónica también combate en un gesto muy suyo uno de los mitos clásicos del periodismo: la objetividad. Lo define como un concepto de ficción impuesto por esa ‘gran prensa’ que trata de decirte “esto es la verdad objetiva, esta es la realidad”.
—No, no hay una realidad, hay miradas sobre la realidad y por eso yo insisto en que debemos buscar formas honestas de poner en evidencia que todo lo que contamos es una mirada posible, pero que no es la única.
EL HAMBRE
En los últimos años, además de sus novelas y artículos, uno de sus trabajos que destaca por encima del resto es el monumental viaje periodístico-literario de El hambre (Anagrama, 2014). Se trata de un prodigio sin género, un híbrido entre crónica-ensayo-tratado-¿manifiesto? que el trabajo de Caparrós han convertido en una obra sin definición posible. Son más de 600 páginas que buscan respuestas a la pregunta: ¿por qué mueren de hambre 25 mil personas cada día en el mundo si hay comida para todos?
El hambre es un libro incómodo: pone en evidencia aquello que casi nadie quiere saber. “Cuando pensé —explica Caparrós— en escribir un libro sobre el hambre me parecía muy claro que nadie lo iba a querer leer. Me equivoqué”. El hambre se ha traducido a más de 20 idiomas y están por publicarse las versiones en sueco, inglés, portugués y mandarín, que, según confiesa, esta última le despierta mucha curiosidad.
CONTRA EL PÚBLICO
El hambre es quizá el caso que mejor ejemplifica eso que Caparrós llama “escribir contra el público”, algo así como desafiar a los lectores, retarles, contarles aquello no tienen interés en conocer. “Nuestro trabajo consiste en ofrecer lo que vale la pena ser contado, no lo que supuestamente pide el público”.
En las fronteras borrosas de un bosque literario del que no se ven los límites, Martín Caparrós construye una literatura que no se parece a otra. Su prosa ágil es suma de géneros, formatos e ideas. Es mezcla. “Ojalá mis libros nunca pudieran entrar dentro de ningún género”, dice.
LA DUDA COMO ARTE
En todo ese recorrido profesional que refleja Lacrónica y que se lee también en los viajes de El hambre, el escritor argentino demuestra la necesidad de huir de toda certeza para, incluso, ser capaz de pensar contra uno mismo: “Me parece básico poner en duda todo lo que uno piensa, lo que uno ve, lo que supone haber entendido”, me comenta.
Si Thomas de Quincey hizo del asesinato una de las bellas artes, Caparrós se ha propuesto convertir su obra en un homenaje al signo de interrogación. “Aferrarse a convicciones que no soportan cuestionamiento es lo que hacen los necios, supersticiosos, religiosos, fundamentalistas. El mundo está como está porque hay una cantidad de gente que no es capaz de revisar sus convicciones”, considera.
LA CATÁSTROFE
DE LA CERTEZA
El cronista es el que mira y se pregunta y se pregunta”, escribe en Lacrónica. Si eso es así, Martín Caparrós debe ser un buen cronista, porque, según sostiene, “contra la catástrofe de la certeza, yo prefiero la pequeña gota insistente de la duda”.
Echeverría, en el horno
Martín Caparrós volverá en pocos meses a las librerías mexicanas con Echeverría (Anagrama, 2016), una novela que, aclara, no es histórica (“un género en el que se esconden muchos”), pero reconstruye la vida un personaje histórico clave en Argentina: Esteban Echeverría. El libro cuenta la biografía de este poeta que vivió en la primera mitad del siglo XIX y al que se le ocurrió “la curiosa idea de fundar una literatura nacional”. Caparrós recuerda que el libro nació en México, en la FIL de Guadalajara, una mañana de hace casi dos años: “Estaba en una presentación de una biblioteca de clásicos del Conaculta y me dieron cuatro libros para que viera lo que estaban haciendo, y entre ellos estaba El Matadero” (libro que todos los niños argentinos leían en la secundaria). Caparrós lo hojeó —no lo había visto desde la secundaria— y le pareció “interesantísimo”. Aquel día nació Echeverría.