¿Sinaloa al borde del acantilado de cristal?

Columnista Invitado Nacional

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Alberto Rodríguez Martínez

¿Las instituciones colapsan tras nombrar a una mujer o las mujeres llegan al poder cuando la crisis ya estalló? En 2004, los investigadores Michelle Ryan y Alexander Haslam encontraron evidencia de lo segundo. Al analizar empresas británicas, observaron que las mujeres tenían una probabilidad significativamente mayor que los hombres de ser nombradas para puestos de alta dirección cuando las compañías venían de un periodo sostenido de malos resultados. Los hombres, en cambio, solían llegar en momentos de mayor estabilidad.

Las empresas no caían porque hubieran nombrado a una mujer. Las mujeres llegaban con mayor frecuencia cuando la caída ya había comenzado. A esa paradoja la llamaron *glass cliff* o acantilado de cristal.

El techo de cristal explica las barreras que dificultan el acceso de las mujeres a las posiciones más altas. El acantilado plantea una paradoja distinta: a veces esas barreras ceden precisamente cuando el puesto al que se llega es más difícil, más riesgoso y tiene mayores posibilidades de fracasar.

No se trata de que las mujeres sean mejores o peores para gobernar una crisis. Tampoco necesariamente de una conspiración explícita. El fenómeno puede responder a una dinámica más profunda: cuando una organización atraviesa una crisis, cambian las condiciones bajo las cuales se decide quién puede encabezarla. En ese contexto, los estereotipos que asocian el liderazgo femenino con la conciliación, la honestidad o la renovación pueden modificar quién tiene mayores posibilidades de llegar al poder.

¿Y qué ocurre cuando esas oportunidades aparecen precisamente en medio de una crisis? Vale la pena hacer esa pregunta hoy en Sinaloa.

Graciela Domínguez acaba de recibir el cargo político más importante del estado. Pero no llega después de ganar una elección ni con un mandato completo por delante. Asume para concluir una administración marcada por una profunda crisis de violencia y un enorme desgaste político. Ése es el punto exacto donde el caso sinaloense dialoga con el acantilado de cristal: la oportunidad de llegar a la gubernatura aparece justo cuando implica asumir uno de los escenarios más complejos del poder local, con una crisis heredada y apenas un año para intentar estabilizar un barco que ella no construyó.

Alrededor de esa sucesión hay otra coincidencia que vale la pena observar. Antes de Domínguez, Yeraldine Bonilla había quedado temporalmente al frente del Ejecutivo; y mientras Graciela cerrará el actual periodo, Morena adelantó la definición de Imelda Castro para la siguiente etapa electoral. La crisis no sólo reconfiguró quién gobierna, sino el mapa de quiénes pueden hacerlo.

Imelda enfrenta un desafío distinto. No recibe una administración en funciones, pero sí podría competir por una gubernatura después de un periodo que ha dejado al oficialismo frente a uno de sus momentos más complejos. Su reto será convencer a los sinaloenses de que un nuevo gobierno puede representar algo distinto sin dejar de cargar con el balance político de la fuerza que pretende conservar el poder.

Y ahí aparece otra de las dimensiones más incómodas del fenómeno: lo que ocurre después. Cuando una mujer logra estabilizar una crisis heredada, el éxito suele atribuirse al partido o a la fortaleza institucional. Pero cuando fracasa, la responsabilidad se individualiza. Ésa es quizá la parte más cruel de la metáfora: no sólo se llega al poder en condiciones adversas, sino que se corre el riesgo de pagar personalmente la factura de un colapso que comenzó mucho antes.

Graciela Domínguez tendrá que demostrar, en un tiempo limitado, que es capaz de conducir un gobierno que recibe en circunstancias extraordinariamente difíciles. Imelda Castro, si termina encabezando la candidatura oficialista, enfrentará otro tipo de prueba: pedir el voto para un proyecto político que tendrá que responder por el desgaste acumulado de la administración anterior.

Todo esto no convierte a ninguna de ellas en una figura pasiva ni en víctima de las circunstancias. Ambas tienen trayectoria, capital político y plena responsabilidad sobre las decisiones que tomen. Pero las condiciones en las que se abren sus oportunidades también importan, porque pueden determinar el tamaño de la factura que deberán pagar.

Quizá ésa sea la paradoja que hoy deja Sinaloa. No se trata de preguntarnos si las mujeres pueden gobernar en medio de una crisis. Por supuesto que pueden. La pregunta es por qué, cuando el poder se vuelve más difícil de ejercer, algunas de las puertas que antes permanecían cerradas comienzan a abrirse.

Romper el techo de cristal es una conquista. Pero el verdadero desafío es que, cuando finalmente se rompa, del otro lado no espere siempre un acantilado.

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