'En mi mejor momento': Rosenda Monteros, actriz

La artista, quien este año cumplirá 80 años y hoy será reconocida con la Medalla Bellas Artes, asegura que no ha pensado en el retiro

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CIUDAD DE MÉXICO.

Es tan elocuente como lo es en escena. Así, cerquita, sentado frente a ella, puede verse el garbo que caracteriza sus gestos. Ni la afonía que ha provocado el polvo del teatro puede esconder el impulso de su voz grave y bien plantada. “El retiro, ni por aquí me ha pasado, ¿cómo?, estoy en mi mejor momento, en mi mayor lucidez, estoy entera de todo”, dice Rosenda Monteros mientras endereza la postura y enumera los planes que tiene por delante.

Este año cumplirá 80 años (el 31 agosto) y hoy recibirá la Medalla Bellas Artes en reconocimiento a más de 60 años de carrera actoral. Monteros es una figura de la escena que pertenece a esa época en que, como dijo alguna vez Carlos Monsiváis, las hacían una por una. “Mi gran maestro fue Álvaro Custodio, él me enseñó a lo largo de cinco años el uso del idioma, con él aprendí el teatro del Siglo de Oro; quien sabe manejar ese idioma, sabe plantarse en un escenario”.

Y ahí sí que ya no pasa nada, o pasa todo. La actriz se convierte en otro, deja atrás todo y se encuentra con el personaje: “eso es lo fundamental que ya viene desde antes, de una concentración, al subir a escena yo soy ese personaje, cuando todo está en orden yo me dispongo a serlo, a ser ese que no sabe quién soy yo”. Poncia o Angustias en La casa de Bernarda Alva, Tiresias en La sangre de Antígona y también en el rol masculino de Hamlet o la joven Petra de Los siete magníficos (John Sturges, 1960), en todos se transforma Monteros.

¿Cómo se convierte en actriz una niña que había nacido en Veracruz?, se le pregunta. “No está tan claro, yo pienso que nace de un determinado tronco familiar, que hay una tendencia ya a las artes”. Con excepción de una tía cantante que murió prematuramente, en la familia de Monteros ninguno se dedicó profesionalmente a la actuación. Su padre había decidido trasladar a la pequeña Rosenda, la mayor de siete hijos, a la Ciudad de México. Apenas tenía entre tres y cinco años y creció en la casa de una tía, casada con un diplomático griego, donde todos los domingos tenían lugar divertidas tertulias, “las esperaba con ansia y yo participaba cada vez más y más”.

Pero la actuación llegó como todo lo que deja impronta, de manera fortuita. Monteros tenía apenas 12 años y la jovencita encargada de recitar en el Día de la Bandera cayó enferma. Sin saberlo, ella levantó la mano cuando la maestra preguntó quién podía aprenderse dos cuartillas para el mediodía. Fue su primer encuentro con la escena, una escena multitudinaria en el Monumento a la Revolución, con el público y con el aplauso: “pienso que lo debo de haber dicho muy bien porque el aplauso se vino encima; ahí supe, en una sola emisión, lo que era tener una manifestación artística en público y tener un gran aplauso”.

Un limón verde

Un día, después de grabar Nazarín (1958), Luis Buñuel le dijo a Rosenda Monteros: “‘usted no debe de permanecer en México’, y ¿por qué Luis?, ‘usted es como un limón verde”. Nunca supe qué quiso decir, pero me dijo ‘venga, venga conmigo a París, me gustaría presentarla con mi representante, con la casa que trabaja para mí, que está cerrada, ya no admite a nadie más, pero a usted la admitirán porque yo la llevo’”. Monteros no lo pensó dos veces y comenzó una aventura por Europa que duró diez años.

De ese viaje saldrían películas como Tiara Tahití (1962), She (1965), Ninette y un señor de Murcia (1965), Pampa salvaje (1966) y “un montón de películas que ya no me acuerdo”. Monteros grabó decenas de películas en Europa y en México, nunca en Estados Unidos, “eran coproducciones que se filmaban aquí, venían aquí porque era la época en que todo era muy barato, yo hice varias películas pero nunca me atrajo Hollywood”.

Aquí y en Europa encontró lo que quería. En Francia trabajó con Marcel Marceau, “no había palabras pero era todo un idioma corporal, de miradas, una entrega multiplicada en la medida que no cuentas con la palabra”. De este lado, formó parte del grupo medular de la cultura mexicana a mediados del siglo XX. Inauguró con Mario Moreno Cantinflas el Teatro Insurgentes –otro foro que inauguró fue el Juan Ruiz de Alarcón, dirigido por Juan José Gurrola– donde “conocí a tres personas como para amarse que fueron Diego Rivera, Guillermo Quiz, el coreógrafo, y Mario, fueron muy entrañables para mí”.

Después seguiría Poesía en voz alta, “no sé cómo llegue ahí, a ese grupo que estaba formado por Juan Soriano, Octavio Paz, Juan José Arreola, Jaime García Terrés, Diego de Meza, éramos un grupo que nos reuníamos jueves y domingos, Leonora Carrington, María Luisa Elío. En ese grupo partió la idea de hacer teatro, pero muy despojado, lo queríamos despojar de los polvosos escenarios, de la solemnidad y presentar el verso así, como desnudo ”.

Monteros vuelve a carraspear pero rápidamente recobra el aliento. Los domingos no hay descanso. Por la tarde debe actuar en el Teatro Julio Castillo donde hace Sacrificio, primera parte del Proyecto Leñero que monta la Compañía Nacional de Teatro. La afonía no importa, ahí está su otra amiga: la disciplina, “algo que me ha acompañado todo la vida, desde niña, nadie me la enseñó, yo creo que era mi afán, nunca lo he visto como sacrificio, al contrario, es mi gran compañera y lo será hasta que me muera”, dice.