Alberto Giacometti, el escritor que caminaba entre la nada y el ser

Mañana se cumple medio siglo de la muerte del pintor y escultor suizo, uno de los creadores más cotizados en el mercado del arte

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CIUDAD DE MÉXICO.

El mundo recuerda mañana al pintor y escultor suizo Alberto Giacometti a 50 años de su muerte. La National Portrait Gallery de Londres, por ejemplo, le rinde un homenaje al artista, figura central del siglo XX, con la muestra Giacometti: Pure Presence, que reúne 60 piezas que incluyen pinturas, esculturas y dibujos, centrados en su obsesión por la figura humana.

Giacometti es el escultor más cotizado en una subasta. En mayo de 2014, L’homme au doigt (El hombre que señala) se convirtió en la escultura más cara jamás subastada, alcanzando un precio final de 141.28 millones de dólares. En 2010, L’Homme qui marche (el hombre que anda), alcanzó 104.3 millones de dólares.

Giacometti nació en Borgonovo, Suiza, cerca de la frontera italiana. Desde la cuna estuvo rodeado de artistas: su padre, Giovanni Giacometti, fue un pintor ligado al impresionismo; su padrino Cuno Amiet fue parte de los fauvistas. En 1922 se mudó a París, capital del arte en ese momento, donde estudió en la Académie de la Grande Chaumière, ubicada en Montparnasse. Uno de sus profesores fue el escultor Antoine Bourdelle, cercano al gran Auguste Rodin.

Si bien Giacometti en sus inicios coqueteó con el cubismo, muy pronto se trasladó al surrealismo. Salvador Gallardo Cabrera, filósofo, poeta y ensayista, quien ha estudiado la obra de Giacometti, comenta que el escultor “como todo gran artista fue construyendo su propio pensamiento. Fue amigo de Breton y de algunos surrealistas, y luego estuvo cerca del existencialismo. Sartre consideraba que con sus obras había provocado una revolución copernicana en el arte; veía en sus figuras alargadas a seres caminando entre la nada y el ser”.

En Montparnasse, Alberto Giacometti convivió con artistas como  Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso, Samuel Beckett y Paul Éluard. Participó con textos y dibujos en la célebre publicación Le surréalisme au Service de la Révolution, dirigida por André Breton.

Durante la década de los 30, el escultor centró su producción en la cabeza humana y en la mirada, para luego realizar piezas de figuras estiradas, con extremidades largas y delgadas. Este gesto es interpretado por Gallardo como “llevar al arte moderno al desvanecimiento”.

“Con sus dibujos, sus grabados, sus pinturas y esculturas creó un espacio nuevo: el espacio del desvanecimiento, el lugar donde las formas comienzan a disolverse, pero sin desaparecer. Cuenta la leyenda que en 1938 Giacometti tuvo una revelación al ver a una amiga suya alejarse en medio de la noche hacia un bulevar iluminado. Desde entonces, quiso atrapar ese efecto de corrimiento, esa onda que va desgajándose en filamentos, líneas cortadas, huecos. De ahí las formas alargadas de sus esculturas”, explica.

El ensayista añade que de Giacometti es interesante cómo no puede adscribirse por completo ni a la abstracción ni a la figuración, lo cual genera incertidumbre en su arte, pues sus piezas no pertenecen enteramente a un movimiento artístico.

Giacometti gozó de fama en vida, expuso en la galería Maeght de París y en la galería Pierre Matisse de Nueva York, en la que participó el filósofo Jean-Paul Sartre escribiendo un texto introductorio para el catálogo. En 1962 recibió el gran premio de escultura en la Bienal de Venecia, lo que le llevó a ser reconocido en el mundo del arte internacional.

Gallardo comenta que algo que no se discute mucho es la actividad de Giacometti como copista, “incluso escribió notas muy bellas sobre las copias. Toda su vida copió obras de maestros antiguos; las artes le aparecían simultáneamente como si el tiempo tomase el puesto del espacio. Hombre que camina (1947), la escultura con que alcanza sus afanes de desvanecimiento, deviene de El hombre que camina (1878), de Rodin.

No buscaba una singularidad en tanto estilo unificado; cada nueva obra disipaba a la anterior y excluía la comparación inmediata. Lo que buscaba era crear un acontecimiento al lado de las cosas y los seres que lo rodeaban, seguir su historia, su formación, las series de las que formaban parte, los registros a los que se ceñían”, analiza.

En el cuerpo de trabajo de Giacometti existen obras importantes como La nariz (1947), donde presenta una escultura de una cabeza con un largo cuello y una nariz parecida a la de un pájaro, realizada con hierro, cuerda y plástico. Hombre caminando (1960), hecha en bronce, en la cual se observa a un hombre con piernas alargadas y compás abierto, y Retrato de una mujer (1965), óleo en el que traza el cuerpo sentado con unas cuantas líneas y  presenta el rostro difuminado sobre un fondo de manchas azules y terrosas.

Sobre la influencia del escultor en México, Gallardo comenta: “hace poco, al ver el Hombre corriendo, de Germán Cueto, el gran artista estridentista, frente al estadio olímpico de Ciudad Universitaria, pensé en Giacometti. Tal vez, sus caminos se cruzaron en Montparnasse. Sin duda, hay resonancias de sus obras en varios artistas mexicanos. Algunas de las estructuras de Alberto Castro Leñero, por ejemplo, están emparentadas con las redes de líneas de Giacometti”. El escultor murió en Coira, Suiza, el 11 de enero de 1966.