Avistamiento de ballenas en Punta Mita: ciencia, silencio y migración
En la Bahía de Banderas, el avistamiento de ballenas jorobadas combina ciencia, migración y una experiencia marcada por la pausa y la observación

El motor se apaga y el mar parece sostener la respiración. En la lancha, frente a la costa de Punta Mita, los visitantes empiezan a susurrar. No porque alguien lo haya pedido, sino porque el silencio se impone como una regla tácita. Mirar es suficiente. Esperar, también.
La ballena aparece sin aviso. Un lomo oscuro rompe la superficie, a lo lejos se oye, un chorro de agua que sale del mar, exhala y vuelve a hundirse. El gesto dura segundos. Hay voces de asombro, de incredulidad. La escena es mínima y, aun así, altera el ritmo de quienes la presencian. Durante ese instante, nadie siente la urgencia de hacer nada más.
Debajo del agua, sin embargo, la calma es relativa. La ballena jorobada vive en un océano de sonidos. Se orienta, se reconoce y se comunica a través de pulsos graves que viajan kilómetros.
Cada golpe contra la superficie —cuando salta— es una decisión costosa: un solo salto puede implicar un gasto cercano a las 2 mil 500 kilocalorías, lo que un adulto promedio consume en todo un día. No es un gesto gratuito. La ciencia discute si esos saltos sirven para comunicarse a distancia, desprender parásitos adheridos a la piel o demostrar fortaleza durante el cortejo.
Lo que sí se sabe es que, durante los meses que pasan en México, estas ballenas no se alimentan. Viven de su reserva de grasa. Cada salto quema, literalmente, sus ahorros de vida.

Que estén aquí no es casualidad. La Bahía de Banderas funciona como un refugio natural. Es profunda y está protegida, lo que ofrece aguas tranquilas para que las madres enseñen a las crías a respirar y nadar sin corrientes fuertes ni depredadores del mar abierto.
La temperatura se mantiene en un rango ideal: los ballenatos nacen con una capa de grasa muy delgada y necesitan calor constante mientras ganan peso con una leche materna que concentra cerca de 50% de grasa.
Además, las jorobadas poseen una sorprendente fidelidad al sitio. Las crías que nacen aquí tienden a regresar, ya adultas, a la misma zona para reproducirse. Una memoria de largo alcance, casi un GPS biológico.

Arriba, en la lancha, el silencio continúa. Ese callar compartido no busca vacío, sino atención. En un contexto cultural saturado de estímulos, la espera se vuelve un acto extraño y valioso.
Un análisis reciente de tendencias de Booking.com identifica el auge de los llamados hobbies silenciosos: experiencias tranquilas, sin adrenalina, que privilegian la pausa y la observación.
Al menos el 47% de los mexicanos encuestados afirma que elegiría unas vacaciones específicamente para sentirse más cerca del mundo natural, de acuerdo con el reporte de booking.com
El avistamiento de ballenas encaja ahí sin proponérselo. No exige reacción inmediata ni promesas de espectáculo. Obliga a aceptar que puede no pasar nada.
La ballena vuelve a emerger. Esta vez se ve la aleta pectoral, enorme —puede medir hasta cinco metros—, blanca por debajo, casi un tercio de su cuerpo. Es una de las claves para distinguirla de la ballena gris, más austera en gestos y con aletas pequeñas en forma de pala. Al sumergirse, la jorobada eleva la cola y muestra un patrón de manchas blancas y negras único, como una huella digital. Luego desaparece.
Pensarla como personaje no implica humanizarla. Basta reconocer su continuidad. Esa ballena recorrió entre 5 mil y 7 mil kilómetros desde las costas de Alaska, Canadá o el estado de Washington para llegar aquí. Es una de las migraciones más largas de cualquier mamífero en la Tierra. La temporada en Nayarit alcanza su pico entre diciembre y marzo; en abril, la mayoría emprende el regreso al norte, cuando el agua se calienta demasiado y el alimento escasea.
La música en el océano
Abajo, el océano sigue lleno de señales. A diferencia de los golpes sonoros de la ballena gris, la jorobada es la compositora del mar. Solo los machos cantan, y sus canciones pueden durar hasta 20 minutos y repetirse durante horas. Tienen ritmo, estructura y variaciones. Todas las ballenas de la zona comparten la misma melodía, que cambia ligeramente cada año: una canción colectiva que evoluciona temporada tras temporada.
Cuando el motor vuelve a encenderse, el ruido irrumpe de golpe. La costa se acerca. Alguien revisa las fotos; otro guarda el teléfono sin haber tomado ninguna. El momento terminó. No queda una imagen espectacular ni una historia grandilocuente, sino una experiencia breve que no exigió atención constante ni respuesta inmediata.
Debajo del agua, la ballena continúa su trayecto, guiada por sonidos que nadie en la lancha escucha. Arriba, quienes regresan a las tierras de Punta Mita saben que en un entorno que rara vez se detiene, guardar silencio frente al mar sigue siendo una forma vigente de estar presentes.
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