Un lugar más grande', la visión casi cosmogónica de Nicolás Défossé sobre los pueblos de México
Excélsior platicó con el cineasta francés Nicolás Défossé sobre su experiencia filmando pueblos con autogobierno para su documental Un lugar más grande

A veces parece que lo que le ocurre a una comunidad marginada y aislada de donde se concentran las cosas que “interesan” al mundo no son importantes, pero para el cineasta Nicolás Défossé, esas historias a veces olvidadas nos hablan mucho más de lo que le está sucediendo al mundo que el discurso de alguien popular.
“Sí, en cualquier película siempre hay una relación con el mundo cuando se realiza, aunque no sea tan directa. De hecho, en la sinopsis hablábamos de un contexto global de crisis del Estado, no sólo en México sino en varios países”, contó Nicolás en entrevista con Excélsior.
El realizador se refiere a la sinopsis de su documental Un lugar más grande, que fue exhibido durante el festival Ambulante y aún busca su estreno en salas del país. El documental sigue a una comunidad indígena maya ch’ol en el Ejido Tila, Chiapas, que decide expulsar al ayuntamiento y a la policía para tomar el control de su territorio. La película no se centra en el “acto político” en sí, sino en lo que viene después: cómo se construye, en la práctica, un sistema de autogobierno.
“Esta experiencia muestra cómo la gente trata de retomar el control de ciertas cosas a nivel local: seguridad, justicia y bienestar. Frente a un sistema donde muchas veces no tenemos control, estas experiencias locales tienen un gran valor para lo que sucede en el mundo. Los zapatistas insisten mucho en la noción de lo común, respetando las diferencias. A partir de ahí, construir algo colectivo que contrarreste lógicas de dominación”, explicó Defossé.

Chiapas es el sitio donde el director francés se estableció desde hace poco más de 25 años; ahí produce y también enseña e impulsa producciones desde Tierra Nostra Filmes. Otro de sus trabajos fue ¡Viva México! en 2010, todas filmaciones que, cree, pueden aportar algo a la discusión de los problemas sociales a nivel mundial.
“Cada espectador tomará lo que necesite de la película, pero estoy convencido de que la experiencia de Tila tiene mucho que decirnos y permite reflexionar sobre alternativas colectivas en un mundo donde caben muchos mundos”, afirmó el egresado de la universidad de París.
No hay un solo camino
Esta intencionalidad por parte del director —primero lograr que un suceso que parece aislado se convierta en algo universal— se suma a su vínculo sólido con las comunidades en Chiapas, cuya confianza le permitió indagar con su cámara y filmar un documental directo que iba tomando forma día con día, sin un guion o estructura establecida.
“El reto en estos entornos es que estamos acostumbrados a documentales más demostrativos o explicativos, con entrevistas o con voces que te van guiando, pero aquí la apuesta era el cine directo: filmar situaciones concretas de problemas a resolver, más que discursos o ideología. Era ver qué pasa cuando alguien vive un proceso de autogobierno y autogestión”, detalló.

Durante todo el desarrollo, el documental se sumerge en la vida cotidiana: asambleas, decisiones colectivas, conflictos internos y formas de organización. Ahí aparece uno de sus ejes centrales: la autonomía como un proceso complejo, lleno de tensiones, aprendizaje y responsabilidad compartida.
El cine directo, con figuras como Frederick Wiseman (quien falleció el pasado 16 de febrero), me dio claridad desde el inicio. Sabía que no es el formato más difundido hoy en plataformas, donde se editorializa mucho, pero es una tradición de más de 60 años en el cine. Quería dialogar con eso. Como decía Wiseman, el maestro del cine directo: no hay películas objetivas, sólo espero que sean justas. Esa justeza ética y estética se construye con lo que uno aprende en el lugar”, compartió.
Ese proceso, sin embargo, le permitió explorar cosas paralelas a su proceso de autogestión. La película amplía su mirada hacia lo cultural y lo espiritual; retrata la política comunitaria, pero también el tejido profundo del pueblo: sus rituales, su relación con la tierra, su memoria del conflicto y su inspiración en el zapatismo. Todo esto en un territorio marcado por violencia histórica, paramilitarismo y disputa por la tierra.
Me encontré cosas casi cosmogónicas. Si me quedaba sólo en lo sociopolítico, sentía que hacía algo muy escolar. Por eso la película también se nutre de la espiritualidad y de la cultura: están las secuencias de los rezos, que se dicen en voz muy baja y en la noche, y también todo el asunto del carnaval con la pelea de los toros y tigres, muy simbólica de su forma de domesticar la violencia y los conflictos internos. Al final, una de las mayores ambiciones de la película es tratar de transmitir un poco del espíritu de un pueblo, lograr que el espectador tenga una experiencia sensible, sensorial y espiritual, no sólo racional”, concluyó.
Ahora el filme continúa su recorrido por festivales buscando que, en algún momento, alguien se interese por distribuir un tema que, para muchos intereses, puede resultar incómodo.