El día del fin del mundo: migración; todavía tenemos esperanza

El cine de catástrofes naturales es una posibilidad de generar conciencia, consideran expertos

thumb
El filme estará disponible desde hoy en cartelera nacional.Cortesía Diamond Films

Sus imágenes suelen ser extremas, ruidosas, caóticas, desbordadas de fuego, agua y escombros, pero detrás del exceso visual de un filme de desastres naturales existe una posibilidad: mostrar procesos científicos complejos a través de un lenguaje entretenido que millones de personas puedan comprender. 

Para los especialistas Juan Carlos Ayala Villalobos, meteorólogo previsor, y Alejandro García Jiménez, subgerente de Climatología y Servicios Climáticos del Servicio Meteorológico Nacional, ese potencial del cine se aprovecha cuando una película no camina sola.

“Yo creo que debe ir de la mano de la guía, de la parte técnica y científica para poder aterrizar toda esa información a la realidad. Entonces, saber cómo puede pasar, cuándo puede pasar y qué se puede hacer para evitarlo”, señaló Alejandro.

Esto es algo, consideran, aún más importante por los fenómenos extremos y los impactos ambientales que se viven hoy, que ya no pertenecen únicamente al terreno de la fantasía; el cambio climático comienza a causar estragos y vemos de forma más continua desastres naturales extremos.

Desde el Servicio Meteorológico Nacional, el trabajo cotidiano busca prevenir, y el cine es una vía, además del monitoreo satelital, radares, estaciones automáticas, globos atmosféricos, observatorios y modelos matemáticos que corren en supercomputadoras, con los que los meteorólogos analizan las 24 horas del día para anticipar lluvias, vientos, descensos de temperatura, tormentas y otros eventos severos, con el objetivo de emitir alertas tempranas que ayuden a reducir riesgos para la población.

El día del fin del mundo: Migración, secuela del largometraje estrenado en 2020, creen los expertos que es una oportunidad de reflexionar. La historia se sitúa cinco años después del impacto del meteorito Clarke, un evento que alteró de forma irreversible la superficie del planeta. La familia Garrity —John, Allison y su hijo Nathan (Gerard Butler, Morena Baccarin y Roman Griffin)— ha sobrevivido dentro de un búnker en Groenlandia, pero los recursos se agotan, la vida subterránea se vuelve asfixiante y la esperanza se termina.

El detonante es la destrucción del refugio. La familia se ve obligada a regresar a la superficie y emprender una migración hacia Francia, donde circulan rumores sobre una zona creada en el sitio de impacto del meteorito que podría ser habitable. En el trayecto atraviesan territorios devastados por terremotos, inundaciones, tormentas, fragmentos del meteorito que siguen cayendo y comunidades humanas que se han vuelto desconfiadas y violentas.

Para el director Ric Roman Waugh, la saga nunca ha sido sobre detener un desastre, sino sobre cómo se sobrevive después de él. “Greenland nunca fue sobre un cometa. Fue sobre nosotros: qué hacemos cuando llega una catástrofe y cómo la enfrentamos”, explicó. La película se centra en las decisiones humanas: proteger a la familia, preservar la empatía y encontrar razones para seguir viviendo, algo que hoy día parece no existir.

Ese planteamiento conecta con la mirada de los científicos que analizan estas historias desde su viabilidad. La ciencia reconoce que impactos de grandes cuerpos celestes han ocurrido y han transformado la historia del planeta. Sin embargo, no todo en la ficción puede tomarse como cierto, y hay límites a tomar en cuenta frente a ciertas representaciones.

“O sea, pueden existir tormentas, pero ese tipo de radiación que pueda darse, que la vida pueda darse específicamente en el cráter, pues tampoco es… científicamente no es posible. Y que todo eso pase en menos de cinco años, pues no. Todo lo que se ve en la película puede pasar, pero no en ese corto tiempo, y no con las condiciones que muestra propiamente la película”, aclaró Ayala Villalobos.

Es claro, creen los científicos, que las licencias narrativas responden, en gran medida, a la lógica del espectáculo.

“En la película lo que hace mucho énfasis, obviamente como la función de la televisión para el público, pues es que haya mucha acción. La frecuencia de colisiones, de tormentas, de temblores, inundaciones, que es lo que permite que la gente se pueda entretener; ese es el objetivo de la película. Sin embargo, sí puede ocurrir, pero en un tiempo más pausado y más prolongado, y tal vez sí con tanta severidad, pero no tan frecuente el impacto si un cuerpo colisionara”, explicó García Jiménez.

Ese equilibrio entre espectacularidad y verosimilitud es el punto donde el cine puede sembrar preguntas, piensan.

“Muchas de esas películas son muy de ficción, muy exageradas, pero realmente cumplen esa función: hacerte contar a las personas que a lo mejor no somos tan conscientes de todos estos cambios, pero que te lo muestran de una manera tan exagerada que dices: ‘a ver, un momento, espera, o sea, puede pasar’. Es una semillita que se queda en las personas”, consideró el meteorólogo.

El día del fin del mundo: Migración apuesta a sembrar esa semilla desde una narrativa centrada en la familia. Nathan, ahora adolescente, nunca ha visto un mundo estable. Su deseo de conocer la superficie, de mirar estrellas reales, simboliza una generación que crece en medio de la crisis. Para los productores, la migración es también un viaje emocional: personas que buscan redefinir qué significa hogar.

El rodaje en locaciones reales de Islandia refuerza esa intención. Los paisajes ásperos, abiertos y hostiles funcionan como un recordatorio constante de que la naturaleza es importante para la vida. El diseñador de producción Vincent Reynaud sostuvo que los escenarios naturales aportan una escala que ningún set puede imitar, mientras que Gerard Butler subrayó que filmar en esos entornos obliga a los actores a enfrentarse al frío, al viento y al cansancio real, lo que se traduce en actuaciones más contenidas y físicas.

El valor final de estas películas no está en su precisión absoluta, sino en abrir una conversación.

“Dependiendo de la persona que lo vea, puede ser frívolo o puede ser una puerta”, dijeron. Por eso insisten en que el cine debe acompañarse de divulgación, educación y espacios donde la información técnica pueda aterrizarse.

El dato

Sobre el filme

·         Hicieron más de mil tomas con efectos visuales para recrear destrucción masiva en distintas zonas de Europa.

·         En las secuencias en exteriores, el equipo llegó a trabajar con 400 a 500 personas en acantilados, playas y locaciones con vientos severos y temperaturas bajo cero, con énfasis en protocolos de seguridad.

·         El rodaje combinó foros para interiores como el búnker y locaciones reales en Islandia para paisajes panorámicos, buscando una escala que ningún set pudiera replicar.