La máquina del tiempo*: El fusilamiento de Miguel Hidalgo

La crisis económica, los gravámenes y el hambre golpeaban a la mayor parte de la población, conformada por castas, indios, mestizos

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En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento. (Amigos lectores, empleen su imaginación y ¡acompáñenos cada diez días!)

Nueva España, Provincias Internas (Chihuahua), a 30 de julio de 1811.

Cada viaje en el espacio-tiempo no sólo se nos presentaba como una oportunidad de conocer más a la humanidad, sino también un momento de reflexión y “descanso” ante las fuertes experiencias y emociones obtenidas. Un mar de tensiones humanas se calmaba mientras explorábamos la naturaleza del universo, el cual nos ofrecía hermosas postales para nuestros ojos e inolvidables poemas de luces y estrellas. Así decidíamos a dónde viajar. Conforme a un calendario contemporáneo a nosotros, la computadora nos mostraba las posibles fechas que podíamos visitar y las dificultades que podríamos experimentar en cada caso. Según nuestro grado de preparación aceptábamos un reto histórico u otro. De esta forma elegíamos la fecha de nuestro siguiente viaje.

Esta vez visitaríamos un nuevo suceso en la historia de México, un relevante episodio de la independencia mexicana que, en términos prácticos, cerraría la primera etapa del movimiento insurgente. Asistiríamos al fusilamiento del cura Miguel Hidalgo y Costilla, el iniciador del Grito de Dolores, considerado ni más ni menos que el “Padre de la Patria” y el “Generalísimo de América”, un intelectual criollo, abolicionista de la esclavitud y exrector del Colegio de San Nicolás de Valladolid.

Al igual que muchos países de Hispanoamérica, la Nueva España (México) había vivido la incertidumbre de la invasión napoleónica al Imperio Español en 1808 y la abdicación del rey Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII más la imposición del “rey intruso” francés José Bonaparte –“Pepe Botella”, según algunos−. La primera consigna de los americanos hispanos era ya no formar parte de otro imperio o país. La defensa de la soberanía provocó una serie de juntas gubernativas para discutir la situación política de las colonias americanas en ausencia de los monarcas españoles; en México, Francisco Primo de Verdad y Ramos, el fraile peruano Melchor de Talamantes y, Juan Francisco Azcárate y Lezama propusieron una junta que buscaría un administración popular o la independencia de la Nueva España; sin embargo el proyecto fue rechazado por otros miembros conservadores que juraron lealtad a la Corona y más tarde fueron arrestados los tres insubordinados mencionados.

Por otro lado, las ideas de la ilustración y el enciclopedismo francés permeaban el pensamiento de los criollos intelectuales, exaltando la libertad, la igualdad, la tolerancia, el nacionalismo, los derechos naturales, el progreso, la luz de la razón, la ciencia y el conocimiento. La salida de los jesuitas del Imperio Español –en ellos residía el poder financiero, erudito y político− también provocó enfado entre los criollos, adicionalmente a que padecían un gran descontento social originado por las reformas políticas y económicas que los borbones habían instaurado y que sólo beneficiaban a la Metrópoli y a los peninsulares.

La crisis económica, los gravámenes y el hambre golpeaban a la mayor parte de la población, conformada por castas, indios, mestizos. Asimismo, la crisis política sería otro relevante factor de desequilibrio en la Nueva España. En tan sólo tres años, tres virreyes habían sido nombrados y depuestos por diversas causas: José de Iturrigaray en 1808 por corrupción y por buscar coronarse, Pedro de Garibay en 1809 por su excesiva mano dura que aumentaría los enfrentamientos entre peninsulares y criollos, y en 1810 Francisco Javier de Lizana y Beaumont por permitir numerosos levantamientos independentistas. Después de estos fracasos gubernamentales, tomaría posesión como virrey el 14 de septiembre de 1810, Francisco Xavier Venegas, quien comenzaría a perseguir a los revoltosos que denominaría “insurgentes”.

Todos estos hechos sumarían para que los novohispanos buscaran en mayor o menor medida la emancipación del Imperio, por lo que comenzarían a formarse conspiraciones para lograrlo. La más relevante en México sería la llevada a cabo en la ciudad de Querétaro, donde con pretexto de tertulias culturales se planeaba un gobierno nacional en nombre de Fernando VII y la destitución de los peninsulares en los puestos importantes. Entre sus principales participantes estaban el corregidor Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, Joaquín Arias, los hermanos Epigmenio y Emeterio González, y el multicitado cura Miguel Hidalgo –que había sido invitado por su obra y trascendencia social en la Nueva España−. Todos habían establecido que la rebelión estallaría el 1 de diciembre, pero en septiembre se descubrirían los planes de la conspiración, por lo que el movimiento rebelde se adelantaría al 16 de septiembre de 1810.

Las autoridades virreinales arrestarían al corregidor y a su esposa, pero ésta ya había alertado a Aldama para avisarle al resto de los conspiradores en Dolores. Entonces, Hidalgo y Allende lanzarían la insurrección muy temprano en la mañana del domingo 16, antes de misa, tocando el cura la campana de la parroquia para ser acompañados por cerca de seiscientos campesinos armados con machetes y un grupo de militares dirigiéndose a Atotonilco, sitio donde Hidalgo tomaría el famoso estandarte de la Virgen de Guadalupe. El contingente insurrecto crecería con gran desorganización por los habitantes de los poblados que iban recorriendo. Y no sólo eso, el desorden generaría hurto al por mayor, odios desenfrenados, una falta de estrategia militar, guerrillas caprichosas y, la tortura y matanza de un sinnúmero de peninsulares inocentes.

Tomarían San Miguel el Grande, Celaya, Salamanca, Irapuato, Silao, Guanajuato –destacando la famosa toma de la Alhóndiga de Granaditas−, Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Valladolid –hoy Morelia−, Maravatío, Ixtlahuaca, Toluca, Monte de las Cruces, Cuajimalpa, Lerma, San Jerónimo Aculco –el primer descalabro de los insurgentes con el ejército ordenado de Félix María Calleja−, Itzícuaro, Zamora, Atequiza, Tlaquepaque, Nueva Galicia –hoy Guadalajara y que sería el lugar donde Hidalgo declararía abolida la esclavitud el 6 de diciembre de 1810− y Puente de Calderón, lugar donde los insurgentes perderían su segunda batalla, desplazándose hacia al norte.

Con las derrotas de Aculco y Puente de Calderón, Hidalgo y Allende acentuarían más sus diferencias. El segundo le reprocharía el desorden al primero amenazándolo de muerte, por lo que el cura aceptaría y declinaría el mando a favor de Allende. Incluso éste había pensado en envenenar al párroco al que consideraba un “bribón”. Las cosas no pintaban bien para este grupo de insurgentes y mucho menos para el cura de Dolores. Los insurrectos comenzarían a dispersarse, algunos se unirían con José María Morelos y Pavón al sur, mientras que las cabezas seguirían hacia Zacatecas, luego a Guadalupe, Venado, Charcas, Matehuala, Saltillo, Mesillas, Anahelo y Acatita de Baján, donde serían traicionados y emboscados por el espía virreinal Ignacio Elizondo y, aunque intentaron defenderse, los realistas los capturarían y los harían prisioneros el 21 de marzo de 1811.

El ejército realista los conduciría a Monclova, después a La Tinaja, San Lorenzo, Mapimí y finalmente a Chihuahua, pues ahí se encontraba la residencia del comandante de las Provincias Internas –Nemesio Salcedo– quien aplicaría la justicia a los rebeldes de la Corona. Los encerrarían en el ex Convento y Colegio de los Jesuitas de Chihuahua –también llamado Colegio de Nuestra Señora de Loreto–. A excepción de Miguel Hidalgo, los insurgentes civiles Allende, Mariano Jiménez y Aldama serían fusilados el 26 de junio de 1811. El cura de Dolores sería sentenciado a muerte el 3 de julio del mismo año por el fiscal, auditor y licenciado Rafael Bracho; pero para proceder con su muerte primero tendría que ser degradado eclesiásticamente –había sido anulada su excomulgación– por doce acusaciones formales que incluían delitos de herejía contra Dios y contra los hombres, y de apostasía, es decir, por usar su investidura sacerdotal para incitar un levantamiento armado contra la Metrópoli.

La sentencia de degradación se expediría el 27 de julio y sería llevada a cabo en un juicio inquisitorial el 29 de julio de 1811 por el canónigo Francisco Fernández Valentín. Bajo estas condiciones, nosotros llegaríamos a Chihuahua ese día tumultuoso, a las 12:00 p.m. Para estos momentos, el ahora “civil” Hidalgo ya había sido degrado seis horas antes de nuestra llegada en el corredor del Hospital Real de Chihuahua, a un lado del excolegio de los jesuitas. La ceremonia había sido de carácter privado con la presencia del canónigo mencionado, el párroco de Chihuahua, Mateo Sánchez Álvarez; el guardián del convento de San Francisco, fray José Tárraga; el presbítero Juan Francisco García; el fray y notario José María Rojas; el teniente coronel, Manuel Salcedo y el comisionado Ángel Abella, quien le notificaría al prisionero su sentencia de muerte al día siguiente.

Paralelo a esto, la Chihuahua que nos recibía era un poblado pequeño dentro de un valle de lomas, contaba con algunas haciendas muy ricas donde vivían con lujos los peninsulares; era un lugar muy destacado por su actividad minera y comercial, sus edificios estaban conformados por una arquitectura colonial –barroca y neoclásica– plasmada en la parroquia del poblado –sería hasta 1891 que sería declarada catedral por el Papa León XIII−, en el templo de San Francisco, en el acueducto de cantera y en la típica plaza de la ciudad novohispana. Habíamos dejado la máquina del tiempo muy cerca del desierto para no generar conflictos con nuestra tecnología. Nos habíamos disfrazado de soldados realistas, pues sólo de esta manera podríamos presenciar el episodio final de Hidalgo. Hacía un gran calor y temíamos lo peor. Con fortuna, unos mineros pasarían en su carreta y nos darían un aventón a la plaza del poblado. Ya ahí, caminábamos para conocer nuestro nuevo destino, mientras veíamos que las personas que nos rodeaba eran en su mayoría criollos y mestizos.

A las 2:00 p.m., nos acercaríamos a la ahora prisión, cuartel y hospital que fue una vez el antiguo Colegio de Jesuitas para incorporarnos al pelotón del teniente realista Pedro Armendáriz –el oficial que llevaría a cabo el fusilamiento–. Mientras autorizaban nuestro ingreso, observábamos el grande convento levantado de piedra maciza, adobe y argamasa, sus tres patios, una capilla interior y el templo de San Felipe construidos por los misioneros jesuitas en 1718 y que, por la expulsión de esta orden eclesiástica por el rey Carlos III, había pasado a manos del gobierno virreinal y así a la comandancia del ejército realista de las Provincias Internas de la Nueva España –de donde venimos, este lugar ya no existe; en su lugar se construyó el actual Palacio de Gobierno de Chihuahua–.

Sabíamos que el expárroco Hidalgo había sido encerrado en una torre, en una de las celdas más aisladas del recinto, a diferencia de Allende, Jiménez y Aldama que fueron encarcelados en el mismo exconvento, pero en sitios no tan alejados. Desde su aprehensión hasta el final de sus días, el cura oraba todos los días y se entretenía leyendo y escribiendo sus memorias sobre cómo había sido el movimiento insurgente y sentía remordimientos por haber faltado con sus pecados a la Iglesia; sin embargo, no se arrepentía de haber sido parte de esa lucha social que buscaba la justicia y la soberanía. Estaba consciente de que le faltaba poco tiempo, ya lo habían degrado y sólo le quedaba agradecer las atenciones recibidas al cabo Miguel Ortega –su custodio que le llevaba de vez en cuando una taza de chocolate caliente, su bebida favorita– y al alcaide de la prisión, Melchor Guaspe, paradójicamente un español que de igual forma lo había tratado muy bien. Para ello, esa misma tarde, les escribiría con carbón, en las paredes de su celda, una décima a cada uno donde expresaría su gratitud hacia ambos teniendo las órdenes contrarias por parte de los altos militares. Miguel Hidalgo concluiría ese día confesándose con un sacerdote para recibir la muerte como cristiano arrepentido.

Cuando el reloj marcaba las 4:30 p.m. nos habían autorizado ingresar al exconvento para incorporarnos a nuestro pelotón. Esa misma tarde habíamos convivido con varios de los soldados que nos contaban sus impresiones sobre el cura y los otros jefes insurgentes; para algunos de ellos, la guerrilla rebelde había sido una clara traición a la Corona y los demás mostraban un poco de empatía porque el prisionero era un prelado, aunque muy reservada por temor a ser castigados. Así, pasaríamos la noche –yo con un poco de más precaución porque temía que descubrieran que era una mujer disfrazada de hombre, ¡una impostora!– preparándonos para asistir al día siguiente a la muerte del célebre cura “Generalísimo de América”.

A las 5:00 a.m. del día 30 de julio todos los soldados ya nos habíamos levantado para seguir las estrictas órdenes del fusilamiento del líder insurgente. Amanecería a las 5:30 a.m. y comenzarían a llegar muchísimos militares que custodiarían por dentro y por fuera el exconvento y el Hospital Real de Chihuahua. Nosotros estábamos al tanto que a las 6:00 a.m., el prisionero desayunaría su última taza de chocolate con leche y que se trasladaría a la capilla del hospital para rezar por última vez junto con unos sacerdotes. Ahí estaría cerca de 45 minutos y, al cumplirse el plazo, se acercaría el momento definitivo en la vida del insurgente. Para las 6:30 a.m. éramos más de 200 soldados los que estaríamos haciendo guardia en el patio del hospital y doce serían los tiradores que lo escoltarían desde la capilla hasta dicho patio donde sería fusilado.

A las 7:00 a.m. aparecía ante nuestros ojos la figura del que fuera una vez prelado de Dolores. Se le veía tranquilo, resignado, ya sin tonsura ni los ropajes de cura que lo habían distinguido, pero sí traía un libro en la mano derecha y en la izquierda un crucifijo, ¡era una escena tan conmovedora! Ante el silencio de todos, se acercaba a un banquillo donde se sentaría frente a la tropa y daría a un sacerdote el mencionado libro. Inmediatamente después, le amarrarían los pies con unos portafusiles y le vendarían los ojos, mientras sostenía con ambas manos el Cristo –nosotros desde donde nos encontrábamos sentíamos inquietud y un deseo de que esto no sucediera–. Habían asistido al fusilamiento los tenientes coroneles Salcedo, Pedro Nicolás Terrazas, José Joaquín Ugarte y Pedro Nolasco Carrasco, el capitán Simón Elías González y el citado teniente Armendáriz.

La primera fila de tiradores estaba lista. Se escuchaba un “¡Fuego!” y las balas habían alcanzado el vientre del insurgente, el hombre se seguía moviendo y se le había caído la venda de los ojos. Llegaría entonces la segunda fila de tiradores y un segundo “¡Fuego!” con la misma triste suerte de herirlo más en el vientre sin morir, sólo mostrando gesticulaciones de dolor, observando fijamente a la tropa con lágrimas y tirando el crucifijo al piso. Viendo eso pensaba –¡Por Dios, pues cuántas más, está sufriendo, además está viéndolo todo!–. Se acercaría la tercera fila y tras el tercer “¡Fuego!” dispararían igual de mal dejando al hombre muy herido pero vivo. –¡Dios, qué horror!–, pensaba de nuevo. Al ver esta lastimosa escena y el titubeo de todos los soldados, con gran rápidez el teniente Armendáriz y, en un acto de humanidad, le pediría a dos soldados que acercaran su fusil al pecho de Hidalgo y dispararan a su lado izquierdo. De esta manera dolorosa terminaría la vida del “Padre de la Patria”.

Al terminar el funesto acto, otros militares sacarían el cuerpo de Hidalgo del patio del hospital y exconvento. Lo pondrían tendido sobre un tablón y luego sentado una silla ubicada en la entrada principal donde veíamos numerosa gente reunida que lloraba con discreción al verlo muerto y destrozado. ¡Un acontecimiento pavoroso para crear miedo y escarmiento entre las personas! Entre nosotros habíamos comentado la horrorosa y larga agonía y muerte que, además, todavía seguiría con la decapitación. Ya en la noche, otros soldados meterían el cadáver al hospital para que un indio tarahumara y mezcalero le cortara la cabeza de un tajo, pues parte de la sentencia era exhibir su cabeza colgada en una jaula de hierro junto con la de los otros insurgentes en cada una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas. Por su parte, el cuerpo del héroe había sido recogido por la Hermandad de la Orden de Penitencia de San Francisco para enterrarlo en la capilla de San Antonio. Luego de mucho tiempo, sus restos serían rescatados y colocados en la famosa columna del Ángel de la Independencia de la capital mexicana.

A las 9:00 p.m., horrorizados saldríamos en secreto del exconvento para regresar a la máquina del tiempo. Nos cambiaríamos con ropa de civiles y pediríamos a una pareja de los testigos que si por favor nos podrían llevar en su carreta hacia el desierto. En el camino les habíamos comentado que pese lo espantoso del hecho, el fallecimiento de Hidalgo y el de los otros líderes rebeldes inspirarían a otros –como Morelos– a seguir por la lucha de la independencia y que estábamos seguros –¡Y cómo no, si veníamos del futuro!– que se conseguiría unos años después. Nos despediríamos con amabilidad de ellos y cerca de las 10:30 p.m. subiríamos de nuevo a la máquina viajera para seguir en el trayecto de la historia, tristes pero inspirados porque sabíamos que México lograría ser un país soberano al cabo de unos años de lucha y mucho sacrificio. Nos esperarían más aventuras, más aprendizajes y más reflexiones en las interminables memorias de la humanidad. Sigamos juntos en este libro. Los invito a que me sigan la próxima semana. Au revoir!

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* La presente crónica está basada en documentos e investigaciones de hechos reales; los elementos ficticios son sólo secundarios para justificar lo real. La bibliografía consultada se encuentra al final del texto.