La máquina del tiempo*: La coronación del rey Luis XIV
La Ciudad estaba rodeada por el afluente del río Aisne y las orillas del Vesla, amurallada al más puro estilo medieval, aunque sin dejar de reflejar su importante herencia histórica romana

En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento. (Amigos lectores, empleen su imaginación y ¡acompáñenos cada diez días!)
Reims, Francia, a 7 de junio de 1654.
Esta vez, habíamos programado un viaje en el tiempo que nos llevaría a un pasado más remoto. Sabíamos que esto nos generaría más retos en todos los niveles, pues la época a la que nos propondríamos conocer sería totalmente diferente a nuestra forma contemporánea de pensar, vestir, hablar, relacionarnos, movernos y más. Iríamos a la Francia del siglo XVII para asistir a la coronación –o mejor dicho, consagración– de uno de sus grandes monarcas, Luis XIV, el famoso “Rey Sol”. Más de 350 años de diferencia para el universo son sólo un respiro, pero para la historia de la humanidad es toda una brecha de cientos de acontecimientos y cambios. Temíamos ser vistos muy distintos y extraños a los ojos de la gente de ese siglo, además de que teníamos que parecer lo más posible nobles. Por ello, días antes, habíamos leído en nuestras computadoras las costumbres de la época, las maneras cortesanas, la vestimenta y el peinado, y practicado entre nosotros un francés perteneciente a la sangre azul.
Nos recibía la ribera del Río Vesla, en Reims, un 5 de junio de 1654 a las 9:00 a.m. La anticipación de nuestro viaje se debía justo a todos los preparativos para poder ser vistos como nobles sin serlos. Antes de poner un pie en la Ciudad, adecuaríamos nuestro vestuario y peinado con ayuda de nuestras herramientas tecnológicas. El barroco implicaba tanto para mis compañeros varones como para mí, siendo mujer, portar una indumentaria rebuscada con telas finas y adornadas con piedras preciosas, desde la punta de la cabeza a los pies. No teníamos eso, sin embargo, nuestra impresora 3D lo haría por nosotros.
Después de imprimir ropa, el día 6 de junio saldríamos a la Ciudad. Mis compañeros usaban pelucas con sombreros de copa baja y plumas, chaqueta corta, galants, moños, cravat, manteaux o capa de un solo hombro, mangas segmentadas, rhingrave o pantalones cortos tubulados, canons y zapatos de tacón con moños… ¡Era impresionante la cantidad de piezas para un hombre!, mientras que yo traía corpiño ajustado o corsé, falda recogida con escote bote, guantes hasta los codos, abanico y un peinado Sevigné. Nos llevaríamos cerca de tres horas para arreglarnos y salir a disfrutar de Reims.
Estábamos listos. La Ciudad estaba rodeada por el afluente del río Aisne y las orillas del Vesla, amurallada al más puro estilo medieval, aunque sin dejar de reflejar su importante herencia histórica romana –Durocortorum, su nombre en latín– a través de la nostálgica Puerta de Marte. Predominaba en las construcciones el medievo gótico y románico que había dejado su hermosa huella en la Catedral de Notre Dame, el Palacio de Tau y, la Basílica de Saint-Remi y su abadía. La primera debilidad que tuvimos fue la de visitar Notre Dame para observar la maravilla de sus vitrales y las bóvedas de crucería, su majestuosidad religiosa y arquitectónica, aunado a su relevancia política, pues sería aquí donde sería coronado el joven monarca francés. Sobre el macizo de las montañas, llegábamos a ver los impresionantes viñedos y otras abadías romanas que sabíamos fungían como bodegas de una de las bebidas más famosas en el mundo, la proveniente de la región de Champaña-Ardenas, el champán.
En este momento, Reims basaba su economía en la industria textil de lana, los tejidos y el teñido; no obstante en la afueras, en el campo, encontrábamos muchos disturbios originados por la guerra entre Francia y España –comenzada en 1635 porque el país galo se sentía amenazado por el poder y los territorios de los Habsburgo–, aunado a la guerra de los Treinta Años del Sacro Imperio Romano Germánico y las potencias europeas –donde participarían la gran mayoría, menos Rusia– que confrontaba primeramente católicos y protestantes, pero disfrazaba causas políticas y socioeconómicas por la hegemonía económica en Europa, llegando a su final con los tratados de Paz de Westfalia en 1648.
La Paz reconocía la transformación de los Estados imperiales a Estados independientes, reorganizaba el poder político de la nobleza y beneficiaba la posición de Francia ampliando sus fronteras en Lorena y Alsacia, además de extender sus pactos diplomáticos contra España. Sin embargo, desde 1648, Francia, también tenía otro conflicto, una sublevación que buscaba terminar con la monarquía: La Fronda. Si bien la guerra de los Treinta Años ya había finalizado, a partir de 1643 había derivado en muchos impuestos para la nobleza y todos los estamentos franceses, los cuales provocaron un gran descontento masivo.
Por estas fuertes medidas financieras, el Parlamento de París se opuso a las iniciativas económicas del poder ejecutivo –en este caso estaba en manos de la reina regente Ana de Austria debido a que Luis XIV era apenas un niño de 10 años y Luis XIII había fallecido el 14 de mayo de 1643– y quería una Carta Magna semejante a la inglesa donde existiera una ley que prohibiera a la monarquía la alza de los impuestos; desde luego, este proyecto sería tomado muy mal por el primer ministro, el cardenal Jules Mazarin, quien arrestó a los legisladores y nobles rebeldes causando una lucha contra la monarquía donde se involucró la población general hasta que alcanzó un grado de guerra civil. No obstante, la Fronda fue perdiendo fuerza porque la nobleza no estaba unida y tampoco quería aliarse genuinamente a la burguesía para crear una monarquía constitucional. Fue hasta 1651 que Luis XIV con 13 años declararía concluida la regencia de su madre. Con dicho momento de paz, el Estado absolutista se afianzaría en el llamado “Rey Sol”.
Había llegado el tan esperado día 7 de junio. El joven rey Luis XIV descansaba en el Palacio de Tau –remodelado con estilo gótico flamígero en 1508 por el arzobispo Lenoncourt–, pero debía estar listo antes del amanecer, a las 4:39 a.m. Nosotros ya estábamos desde las 4:30 a.m. en la Catedral de Reims, la cual lucía hermosos tapices de la corona francesa y el piso cubierto con exquisitas alfombras turcas. Los prelados instalaban el coro, en el altar había un reclinatorio y un trono en la parte superior de la galería. Comenzaban a acercarse los elegantes invitados, entre ellos encontrábamos al rey de Inglaterra Carlos II con los duques de York, Jacobo Estuardo, y Gloucester, Enrique Estuardo. Los pares de ley –es el nombre que reciben los familiares más cercanos del joven rey– y los pares eclesiásticos –todos los obispos– arribarían junto a Luis XIV.
Estando la nave central y las dos naves laterales llenas de asistentes, exactamente a las 5:30 a.m., el obispo de Soissons, Simon Legras, solicitaba a los obispos de Beauvais y Chalons ir en busca de su Majestad. Treinta minutos después llegaba, precedido por sus músicos y escoltado por cien soldados suizos, rodeado de dignatarios de la corona francesa y de la corte, oficiales y caballeros. –¡Era un lujo espectacular! ¡Qué honor poder atestiguar un evento de esta magnitud y en este grandioso recinto!– pensaba. Al terminar todos de acomodarse, procedíamos a orar y a cantar el himno “Veni Creator Spiritus”. El rostro de Luis XIV mostraba una gran serenidad. Contaba con sólo 15 años de edad y sin embargo ya estaba más que preparado para gobernar a su país. Seguíamos orando y cantando con el coro, y hasta las 9:00 a.m. comenzaríamos a recitar los Salmos mientras que Soissons venía entrando a la catedral en una procesión llevando la Sagrada Ampolla –con el óleo santo para consagrar al rey y ser coronado– en su relicario que colgaba por una cadena alrededor de su cuello y cuatro monjes montaban un dosel de seda sobre él.
La consagración comenzaba. Los involucrados se inclinaban y el obispo depositaba el aceite santo en el altar invitando al joven monarca a pronunciar los votos y el juramento del reino. Solemnemente lo decía en voz alta con su mano en un Evangelio –por cierto, estaba escrito en cirílico, de origen eslavo y del siglo XI, muy usado en la ceremonia de coronación de los reyes de Francia, lo que nos llamaría mucho la atención a mis compañeros y a mí–, un caballero quitaba el vestido de plata y la camisa de seda descubriendo el pecho, espalda y brazos del rey; el duque de Joyeuse y el señor Chamberlain, las botas de terciopelo; el duque de Anjou ponía en sus pies unas espuelas de oro mientras que el obispo de Soissons bendecía la espada real de Carlomagno para ceñírsela. Posteriormente le ungiría con crisma de la Santa Ampolla, haciendo la señal de la cruz, las partes descubiertas. El joven rey estaba arrodillado a la par que el clero cantaba y oraba “Que el rey castiga a los soberbios, jura ser un modelo para los ricos y poderosos, bueno para los humildes y caritativo con los pobres, es justo a todos sus súbditos y trabaja por la paz entre las naciones”.
Lo bendecía. Me quedaban pocas palabras para describir lo que mis compañeros y yo estábamos viviendo, un rito de esa importancia queda en la memoria para siempre. Entonces, el obispo y los sacerdotes cerraban los hilos de plata de la camisa del rey, quien se colocaba un hermoso manto real, de terciopelo azul celeste decorado con flores de lis de oro. Arrodillado otra vez, el rey sería ahora ungido en las palmas de ambas manos por Soissons con la misma fórmula, mencionado otras oraciones. En la mano derecha le daba su cetro y ponía sobre su cabeza la corona del mismo Carlomagno. El rey se levantaba y subía las escaleras de la galería junto con los pares de ley. Se sentaba en su trono, a la vista de todos nosotros. El obispo complementaba la escena diciendo en voz alta “Vivat rex in aeternum”. Y escuchábamos que las puertas de la catedral se abrían y detrás de ellas el eco de los gritos de la gente del exterior, el alboroto y la felicidad, los numerosos ¡Viva el rey! Hombres soltaban palomas y sonaba música militar, cañones y fusilería.
Pasando esta alegre pausa y cerca de las 11:00 a.m. la ceremonia continuaba con un Te Deum y la celebración de la misa dominical que terminaría con la bendición de la oriflama de guerra del rey. Finalizado esto y dentro de la misma catedral, iniciaban las festividades laicas a la 1:00 p.m., los brindis y una obra de teatro puesta por los jesuitas de Reims. Nosotros estaríamos hasta las 4:00 p.m. disfrutando y conviviendo con los nobles franceses e ingleses. Incluso platicaríamos con el pintor Charles Le Brun, quien sería el encargado de plasmar en un célebre tapiz la coronación del rey.
Nos despediríamos de su Majestad con deseos de éxito y grandeza para su reino. Sabíamos que en un par de años incrementaría notablemente la influencia francesa en la guerra de los Nueve Años, la guerra con Holanda y la guerra de Sucesión Española. Asimismo, con él se fortalecerían las artes destacando la construcción del Palacio de Versalles y multiplicaría las colonias francesas en América, África y Asia. No obstante, el final de su reinado sería muy desastroso y desafortunado tanto en lo económico como lo social. Cuando el reloj marcaba las 5:00 p.m. regresaríamos a nuestra poderosa máquina del tiempo, nos cambiaríamos de ropa con la dicha de haber vivido otro episodio más de la historia de la humanidad, otra forma de ver y sentir el mundo, otra parte del crecimiento de las sociedades que nos rodean. El saber sigue su camino, nosotros con él. Celebremos conocer y aprender. Los invito a que me sigan la próxima semana. Au revoir!
Appendini, Ida; Silvio Zavala. “El absolutismo”, “Guerra de los Treinta Años” y “Luis XIV” en Historia universal moderna y contemporánea. México: Editorial Porrúa; 1996, pp. 137-146.
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Van Dülmen, Richard. “Revueltas y revoluciones de mediados del siglo XVII” y “La guerra de los Treinta Años y la crisis del siglo XVII” en Los inicios de la Europa moderna (1550-1648). México: Siglo XXI Editores; 2004, Volumen 24, pp.354-360 y 370-383.
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* La presente crónica está basada en documentos e investigaciones de hechos reales; los elementos ficticios son sólo secundarios para justificar lo real. La bibliografía consultada se encuentra al final del texto.
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