Rogelio Cuéllar inaugura Cartografía de la memoria en el Seminario de Cultura Mexicana
Con una selección de cien fotografías en blanco y negro tomadas a lo largo de cinco décadas, la exposición revela paisajes habitados y reflexiona sobre la memoria visual frente a la saturación digital; la muestra se inaugura el sábado 28 de marzo

Soledad y silencio son dos palabras que flotan en la atmósfera de las instantáneas que integran la exposición Cartografía de la memoria, del fotógrafo mexicano Rogelio Cuéllar (Ciudad de México, 1950), considerado uno de los artistas visuales más importantes de los siglos XX y XXI, quien la inaugurará el sábado 28 de marzo en la Galería 526 del Seminario de Cultura Mexicana (SCM).
Para esta ocasión, detalla el artista a Excélsior, ha dejado de lado los retratos a creadores y los desnudos, y ha apostado por mostrar sus paisajes habitados por personajes anónimos, con una selección de 100 fotografías analógicas, en blanco y negro, captadas en Londres, París, Italia, Cuba, Marruecos y la Ciudad de México, que exploran la relación entre el individuo y su entorno.
La muestra –que contó con la curaduría de la editora e investigadora María Luisa Passarge– también proyecta la riqueza del acervo del fotógrafo mexicano, aunque él mismo reconoce que si éste no está perfectamente ordenado y clasificado… no existe.

Además, destaca la importancia de exhibir en la Galería 526, en donde mostrará más de medio siglo de imágenes.
Es un lugar hiperprivilegiado, luego de que fuera remodelado por el arquitecto Felipe Leal; es un espacio hermoso y es un gran desafío por sus dimensiones, así que las fotografías van a respirar muy bien”.
¿Qué fotografías de esta serie son las que más le emocionan?, se le pregunta a Cuéllar.
“Las que tomé en los años 70, cuando no existía el grafiti ni la caligrafía, pero que reflejan el paso del tiempo en los muros. Es quizás una ciudad de nostalgia”.
¿Es usted un fotógrafo atento o distraído? “Creo que soy distraído y es lo que decía don Manuel Álvarez Bravo, que él no buscaba, sino que encontraba. Y es mi misma escuela, ahí están mis raíces: Héctor García, Manuel y Lola Álvarez Bravo, Graciela Iturbide, Flor Garduño, Rodrigo Moya, Nacho López… Hay muchas reminiscencias de todo mi aprendizaje, en el que se puede apreciar un encuadre, una memoria visual y una referencia al cine de (Andréi) Tarkovski”.

¿Cómo se mide su trabajo frente a la IA? “Tengo muy claro que quiero seguir trabajando dentro de las posibilidades de la inteligencia emocional en contraparte de la inteligencia artificial, que te hace maravillas falsas, es decir, emocionarme al hacer clic, al terminar de revelar el rollo o al imprimir la fotografía y ver los resultados, para compartirlas con el lector”.
Por último, Cuéllar destaca de esta selección la espontaneidad de las fotografías repletas de instantes fugaces e irrepetibles, desde paisajes enigmáticos en Europa hasta una procesión de mazahuas que va hacia el río Lerma, en un ritual que pide para detener la falta de agua.
ARTE DE LA ESPERA
De acuerdo con el texto de sala, elaborado por la editora e investigadora María Luisa Passarge, “durante más de cinco décadas, Cuéllar ha caminado por ciudades y pueblos con la cámara fotográfica como extensión natural del ojo, no para capturar el instante decisivo, sino el eco persistente de la vida humana.
De tal suerte que en esta exposición el fotógrafo reúne algunos de los hallazgos de ese deambular obstinado”, haciendo eco en las series aquí expuestas —inéditas hasta ahora— del sentir de Henri Cartier-Bresson acerca de la fotografía como una manera de llevar un diario y de gritar lo que uno siente.
Y destaca que lo singular de esta obra es cómo la geografía se diluye, construyendo una memoria visual desprendida de coordenadas. “Son imágenes silenciosas, pero en ese silencio habita el rumor de lo que ocurre fuera de cuadro: alguien salió o está por llegar, algo sucedió o está por ocurrir. La fotografía es la instantánea de esa pausa que sostiene la memoria de un gesto y la promesa de otro”.
Por tanto, afirma
Passarge, frente a la saturación digital de nuestro tiempo, “estas imágenes analógicas nos recuerdan que la fotografía fue alguna vez un arte de la espera. Y que caminar —con cámara fotográfica o sin ella— es aún la forma más antigua de entender un lugar: poseerlo paso a paso, descubrirlo en cada esquina y guardarlo en la memoria, como cuando nos llevamos al bolsillo esa piedrita encontrada en el camino”.
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