Diana Obando presenta "Noche, noche, noche", prosa que nace del sueño y el mito
La narradora colombiana desdibuja en la novela “Noche, noche, noche” los linderos entre lo humano y lo vegetal

Con la publicación de “Noche, noche, noche”, la escritora colombiana Diana Obando (1987) crea una narración que habita entre sueños y mitos de los habitantes de un pueblo azotado por el frío, entre la niebla y la presencia de una entidad oscura que aparece vigilante.
En esta novela, apunta la autora, “me interesaba desdibujar los linderos existentes entre lo humano y lo mítico, entre lo vivo y lo inerte, y explorar la separación de los cuerpos que experimentan el sueño y el ecosistema que habitan, con la idea de diluir las fronteras entre lo visible y lo no visible”.

La idea inicial de este relato, comenta, comenzó con la necesidad de describir cómo es la sensación corporal que su trabajo como onironauta, que empezó a experimentar hace 15 años, el cual estuvo acompañado de una investigación sobre las plantas asociadas al sueño.
“Digamos que ya venía trabajando en ese oficio desde mi adolescencia, pero en aquel momento empecé a tener ciertos episodios de despersonalización y, entonces, comencé a trabajar con las plantas para regularlo”, explica.
Esto implicaba que la autora despertaba por la mañana y le tomaba tiempo comprender y ubicar la dimensión del tiempo, y entender la diferencia entre cuerpo y habitación. “Eran estados muy raros en los que me había olvidado de mí misma y luego volvía a recordarme, para después tener una sensación de muerte muy grande”.
Así que esta ficción, agrega la narradora, buscó explorar la sensación corporal de Sara –una de las protagonistas del libro–, en la que ella no sabe distinguir los pies del suelo ni su calor del frío de la atmósfera, “porque no me interesaba tanto trabajar alrededor de una anécdota, sino de estados y sensaciones corporales”.
¿La novela construye un refugio para estos personajes etéreos? “Para mí era importante que esta gente entrara cada vez en lugares de vulnerabilidad mayor; es decir, como que cada personaje va haciéndose, a lo largo de la experimentación con las plantas, más vulnerable y más expuesto a las memorias y a los otros cuerpos.
“La vulnerabilidad es lo que obliga o permite una escucha más profunda entre los personajes, así que ojalá pudiéramos llegar a escuchar los ecosistemas y los lugares que habitamos de una forma más amable; pero siento que justo el dolor y esos estados en los que el cuerpo ya no puede sostenerse es donde se aprecia aquella escucha”, dice.
Esto propicia que los personajes de la meseta “son retratados dentro de una especie de cueva o guarida, desde donde es posible apreciar la tensión o la doble noción de la naturaleza como abrigo y como vientre o lecho de muerte a donde todo regresa. Así que aquella tierra es refugio y, al mismo tiempo, una gran boca y un estómago que se traga a esta gente”.
Obando acepta que esta ficción pone el acento en la relación de sus personajes con la naturaleza, a partir de las plantas medicinales, ya que le interesaba trabajar en un territorio tangible, palpable, olfateable y con un sabor para quien estuviera leyendo, mostrando los usos que se pueden dar a esas plantas que parecieran en peligro de extinción.