El sombrío encanto
Sin embargo, ay, no todo podía ser claveles y violetas. Existe también, aparejado, un lado obscuro.
Por Marcelino Perelló
Al iniciarse un año más la Vuelta Ciclista a Francia, el celebérrimo Tour, me es imposible eludir la cruenta contradicción que conlleva. Por un lado se trata, sin género de duda, de una de las competiciones más apasionantes de cuantas pueblan el panorama deportivo de todos los tiempos.
El ciclismo de ruta protagoniza, en primer lugar, una emoción incomparable en el espectador. Tanto en el que lo presencia directamente como para el que lo sigue a través de la televisión. Quien decide apostarse al lado de la carretera para ver pasar los esbeltos bólidos, esa emoción será fugaz, relampagueante, de unos cuantos segundos. Algunos minutos, a lo más, si los corredores se han separado en grupos, desde los escapados a los rezagados. Sin embargo, el desplazarse hasta el punto de observación y la espera de la aparición de los velocípedos, pueden dar lugar a una verdadera fiesta, a auténticos días de campo.
Y para los que la seguiremos desde lejos, también hay una fiesta deliciosa. Distinta ciertamente, pero no poco gratificante. Las transmisiones en directo que realiza el canal francés TV5 cada madrugada (hora nuestra) son alucinantes, sencillamente maravillosas. Pueblitos encantadores, evocadores de otros mundos y otros tiempos, ¡qué castillos, qué tomas aéreas, qué paisajes de cuento de hadas! Realmente sólo deje de verlo si de plano no puede, caro y gozoso lector. Vale la pena la desmañanada, créame.
Sin embargo, para los que no se contentan con mirarlo, sino que participan directamente, el Tour representa el enfrentamiento atlético más extenuante posible. Se trata, sin discusión, de la más larga de las carreras existentes, después de la Volvo Ocean Race de veleros y que no es especialmente demandante desde el punto de vista físico. Dura tres semanas exactas, con únicamente dos jornadas de descanso. En los restantes, los competidores son sometidos diariamente a un esfuerzo sobrehumano durante periodos ininterrumpidos que pueden llegar a las seis horas de duración.
Aunado a ello se produce uno de los duelos deportivos más interesantes posibles, en el que la táctica y la estrategia juegan un papel primordial. Incluso por encima, diría yo, de la habilidad y preparación de los competidores. Aunque la clasificación principal es individual, se corre por equipos, y de la colaboración, disciplina y coordinación de los coequiperos depende la victoria. Se llevan a cabo maniobras y estratagemas complejísimas, que no podrán no entusiasmar a quien quiera y pueda seguirlas. Sólo le diré, para su asombro, profano lector, que normalmente quien va ganando acaba perdiendo. Échese ese trompo a la uña.
Sin embargo, ay, no todo podía ser claveles y violetas. Existe también, aparejado, un lado obscuro. Tenebroso. Y ese es el de la ingente corrupción que ha hecho presa del hermosísimo deporte, y que pone en riesgo su propia continuidad. El aspecto más hiriente de esa degradación es el uso creciente e imparable de estimulantes, anabólicos y otras substancias nocivas y prohibidas. Ello sucede en todas las disciplinas, lo sabemos, pero en este caso, y debido precisamente a la solicitación extrema que exige, la situación se agudiza gravemente.
La confesión, hace un año, de ese auténtico monstruo que fue Lance Armstrong, de que no sólo él se dopaba sino que, textualmente, “El Tour no puede ser ganado sin la utilización sistemática de substancias químicas vetadas” cimbró no sólo al mundo del ciclismo sino al deporte en general. Ya nada volverá a ser igual. Las figuras míticas del pedal, como Poulidor, Indurain, Hinault o el mismísimo Eddy Merckx, aunque ya retirados, no pudieron evitar que les temblaran, esta vez por motivos diferentes, las rodillas. Pero los principales señalados son obviamente los game masters en todos los niveles y registros. No saben para dónde hacerse.
Para acicalar sus maquinaciones ocultas soliviantaron árbitros sumisos. Introdujeron nuevos criterios recortados en índices básicos legitimando excesos soterrados. Las artimañas viciadas empañaron los otros controles incluyendo diversos análisis determinantes, los ardides farmacológicos utilizados en revisiones zanjaron artificialmente debates entre especialistas soslayando trampas evidentes al maquillar observaciones registradas, Merckx incluso manejó insistentemente versiones inverosímiles.
En fin. El Tour arrancó. Enfrentémonos a su sombrío encanto. Negros nubarrones habrán presidido esta madrugada la partida del enjambre de atletas desde la legendaria isla de Napoleón, por primera vez. Ojalá no ensombrezcan más de la cuenta la belleza y la intensidad de esta magnífica epopeya.
