Llavecita de oro

En el Asia central la expresión resultaría melódica si escribiésemos En Las Estepas del Asia central con el corno inglés de Borodín, en Astana, Kazajistán, se escenifica el combate de más alta calidad que el ajedrez puede ofrecer actualmente. Disputan la corona ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

En el Asia central —la expresión resultaría melódica si escribiésemos En Las Estepas del Asia central con el corno inglés de Borodín—, en Astana, Kazajistán, se escenifica el combate de más alta calidad que el ajedrez puede ofrecer actualmente. Disputan la corona mundial los grandes maestros Ian Nepomniachtchi, de Rusia, y Ding Liren, de China, clasificados en los dos primeros puestos del planeta, ante la ausencia del monarca, el noruego Magnus Carlsen, quien, como Bobby Fischer, por soberana voluntad no deseó defender la corona, situación que ha catalizado, de manera inevitable por los acontecimientos bélicos en Ucrania, torcidas interpretaciones, inflamando casi al rojo vivo la animadversión de Europa y de los países anglosajones hacia Rusia y China. Los antagonistas Nepo y Ding se miden tras cumplir con las normas de competencia de la Federación Internacional (FIDE). Desde que el austriaco Wilhelm Steinitz tuvo la idea obsesiva de demostrar que era el mejor del mundo y de promover un match contra el polonés Johannes Zukertort, que empezó a jugarse en enero de 1886 en el 80 de la Quinta Avenida de Nueva York, los campeonatos mundiales de ajedrez han ejercido fascinante atracción al través de la historia. Steinitz se proclamó campeón al dominar por +10,=5,-5, y si bien ganó la primera partida, sufrió el trago amargo de perder los siguientes cuatro juegos, lo que le permitió exhibir su espíritu de lucha y mostrar el concepto posicional, la base, filosofía y leyes de las posiciones cerradas, herencia que conserva gran parte de su núcleo teórico, estratégico, agonal. En las brumas doradas del ajedrez parpadean las individualidades de André Danican Philidor, Anderssen, el célebre Paul Morphy, a quien se debe la comprensión de las posiciones abiertas. Cada campeonato y la mayoría de los campeones han aportado ideas y contribuido al proceso evolutivo, acentuado en este siglo por la tecnología como jamás se había dado, empujándolo a dar pasos de gigante, favoreciéndolo en los campos de la pedagogía, estudio y aparición de precoces lumbreras en Asia, China, India, Uzbekistán, Kazajistán… (Contra lo que se cree, el ajedrez no se origina ni en India, Persia, China, Arabia, nace en las costas del Mediterráneo, al transformarse con la alquimia del tiempo y la creatividad, el chaturanga, un juego para cuatro personas). En las brumas del pretérito cabrillean el Campeonato Mundial entre José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine, el Torneo de Haya-Moscú 1948, en el que triunfó Mikhail Botvinnik; el Match del Siglo que incendió la Guerra Fría en todo el planeta con el choque entre Boris Spassky, de la URSS, y Bobby Fischer, de EU; los cinco combates entre Anatoly Kárpov y Garri Kaspárov; el Mundial de Chennai 2013, entre Viswanathan Anand y que encumbró al noruego Magnus Carlsen. El ajedrez no hace a nadie más inteligente, pero le comunica espíritu de lucha, el sentimiento de la alegría por descubrir, por toda la vida, y una llave de oro para pensar antes de actuar.

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