Linfoma de Hodgkin: el cáncer que se observó desde un microscopio hace 190 años
En 1832, Thomas Hodgkin describió un misterio médico que más tarde se conocería como linfoma de Hodgkin

Londres, 1832. En una época donde las epidemias diezmaban poblaciones enteras y la ciencia apenas comenzaba a descifrar los secretos del cuerpo humano, un joven médico británico, Thomas Hodgkin, se topó con algo inquietante.
En siete pacientes muertos, los ganglios linfáticos y el bazo aparecían inflamados y extraños, como si una fuerza silenciosa los hubiera corroído desde dentro.
Hodgkin lo describió con precisión clínica, pero sin sospechar que acababa de dar nombre a un cáncer que siglos más tarde sería considerado uno de los más tratables.

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El enigma de las células “con ojos de búho”
Pasaron setenta años para que el rompecabezas avanzara. En 1902, los patólogos Dorothy Reed y Carl Sternberg observaron al microscopio células gigantes, deformes, con dos núcleos brillantes que parecían mirarlos fijamente. Las bautizaron como células de Reed-Sternberg.
Ese hallazgo transformó la enfermedad en algo reconocible, casi con una firma macabra: sin esas células, no había linfoma de Hodgkin.
Una enfermedad con dos rostros
El linfoma de Hodgkin tiene una particularidad: no aparece de forma uniforme. Golpea con más frecuencia en dos etapas de la vida —jóvenes de entre 15 y 35 años y adultos mayores de 55— como si eligiera sus víctimas con precisión quirúrgica.
En los países desarrollados suele presentarse en universitarios y adultos jóvenes; en regiones con menos recursos, ataca a niños y adolescentes.
Investigaciones posteriores revelarían la posible participación de un viejo conocido: el virus de Epstein-Barr, el mismo que provoca mononucleosis.

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De sentencia de muerte a modelo de la oncología
Durante gran parte del siglo XX, tener linfoma de Hodgkin era sinónimo de una condena. Pero en los años 60 y 70 algo cambió: los oncólogos probaron por primera vez la quimioterapia combinada y descubrieron que este cáncer respondía. Las estadísticas comenzaron a invertirse.
Hoy, con terapias que incluyen radiación controlada, combinaciones como ABVD y nuevas inmunoterapias, la supervivencia en etapas iniciales supera el 85 %. Tanto, que se le llama la “enfermedad modelo”: lo que se aprendió de ella abrió la puerta a tratar otros tipos de cáncer.
El legado de Hodgkin
Thomas Hodgkin murió en 1866, mucho antes de ver cómo su nombre se volvía sinónimo de esperanza. En vida fue un hombre adelantado a su tiempo: luchó contra la esclavitud, describió otras enfermedades y defendió la atención médica digna.
Pero fue ese informe de 1832 el que lo inscribió en la historia. Lo que comenzó como un conjunto de órganos inflamados en la autopsia terminó siendo uno de los primeros cánceres en desafiar la incurabilidad.
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