¿El chocolate blanco es realmente chocolate? Qué lo define y por qué se llama así
Explora la fascinante historia del chocolate blanco: ingredientes, controversia, curiosidades y si es chocolate de verdad.

¿Qué es en realidad el chocolate blanco? Todos lo conocemos bajo ese nombre, pero en el mundo de la gastronomía, no hay que dar nada por sentado… incluyendo por qué se llama así si su color marfil dista del ingrediente que tenemos en el imaginario colectivo.
El chocolate blanco, con su dulzura marcada y ese tono tan reconocible, despierta una pregunta curiosa: ¿es realmente chocolate? A diferencia del familiar chocolate negro o con leche, carece de cacao sólido y por ello su naturaleza siempre ha estado sujeta a debate tanto entre amantes del cacao como entre reguladores alimentarios.
A lo largo del siglo XX, marcas como Nestlé popularizaron el chocolate blanco, sobre todo a partir de 1936, cuando se empleó para aprovechar excedentes de leche en polvo tras la Primera Guerra Mundial. Pero, ¿qué lo convierte en chocolate desde el punto de vista legal y técnico?
La respuesta está en su composición: aunque prescinde del licor de cacao, sí contiene manteca de cacao, lo que le confiere esa característica untuosidad esencial.

¿El chocolate blanco es realmente chocolate?
La discusión sobre si el chocolate blanco merece el nombre de "chocolate" surge por su ausencia de sólidos de cacao, lo que lo diferencia de sus parientes más oscuros. Técnicamente, un chocolate contiene licor de cacao —una mezcla de sólidos de cacao y manteca—, que es la base del sabor característico y color del chocolate tradicional.
El chocolate blanco carece completamente de esta parte, conformándose solo por manteca de cacao, azúcar y lácteos; no obstante, desde el año 2004, la Food and Drug Administration de Estados Unidos estableció una definición legal clara: solo puede llamarse “chocolate blanco” un producto que contenga al menos 20 % de manteca de cacao, 14 % de sólidos lácteos totales, 3,5 % de grasa de leche y menos del 55 % de azúcares. Con ello, se legitima como categoría, aunque los puristas lo cuestionen.
La Enciclopedia Británica coincide en que técnicamente no es un “chocolate auténtico”, pues al no contener cacao sólido carece de los compuestos que definen el sabor y la esencia del chocolate tradicional. Sin embargo, sí cumple con expectativas sensoriales y culturales que lo encajan en esta categoría.

¿Por qué se llama ‘chocolate blanco’?
El término “chocolate blanco” surgió tras las innovaciones suizas de la década de 1930, cuando Nestlé buscaba explotar el excedente de leche en polvo, dando origen a una versión sin sólidos de cacao pero con manteca, azúcar y lácteos.
El nombre derivó de su cercanía estructural y de ingredientes al chocolate, aunque su apariencia fuera totalmente distinta. Al final, resultó en un alimento elaborado con manteca de cacao, azúcar y sólidos de leche, con un tono marfil.
Así, el nombre “chocolate blanco” responde a su composición original —basada en manteca de cacao— y pretende vincularlo con la familia del chocolate, aunque su sabor entre en otro territorio.

¿Por qué el chocolate blanco es tan popular en repostería?
El chocolate blanco es mucho más que una golosina para comer sola: en el mundo de la repostería y la alta cocina, este ingrediente juega un papel fundamental gracias a su sabor suave, su textura cremosa y su capacidad para equilibrar o realzar otros sabores.
Una de las aplicaciones más conocidas del chocolate blanco es en la preparación de brownies blancos (blondies), que usan chocolate blanco en lugar del tradicional cacao oscuro, dando lugar a un postre con sabor a vainilla, caramelo y mantequilla.
También se incorpora en galletas tipo “white chocolate chip”, a menudo acompañadas de nueces de macadamia, una combinación que aporta textura crujiente y sabor delicado. En pasteles, se derrite para integrarse en batidos o coberturas cremosas, como los ganaches y glaseados, y es ideal para cubrir cheesecakes o bizcochos de frutas.
Gracias a su bajo punto de fusión y su apariencia neutra, el chocolate blanco es muy valorado por chocolateros artesanales para crear bombones rellenos, coberturas brillantes y figuras decorativas.
Se puede teñir fácilmente con colorantes alimentarios, lo que lo hace ideal para trabajos artísticos en chocolate: desde huevos de Pascua hasta decoraciones de pasteles de boda.
Su textura cremosa y su sabor a mantequilla lo convierten en un excelente vehículo para otros aromas como lavanda, té matcha, cardamomo o café. Por eso se usa también en trufas gourmet, donde se mezcla con crema, licores o purés de frutas para crear interiores suaves y elegantes.
Además, en la alta cocina contemporánea, se usa para crear salsas dulces-saladas que acompañan pescados, mariscos o platos con frutas tropicales.
En esencia, el chocolate blanco es más que un cambio de color en el chocolate tradicional: es un universo dulce con su propia historia, regulación y sabor. Legalmente, logra el estatus de chocolate; aunque técnicamente, falta aquello que define al clásico: los sólidos de cacao.
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