Un año
¿Qué podemos decir de ese primer vistazo que nos dio la noche del 1 de julio de 2018?

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
“AMLO no es el mismo que contendió hace 12 ni hace seis años. El AMLO que vimos durante la campaña, el que vimos en el Hilton, el que acudió a agradecer a su militancia en el Zócalo, no fue el que pecó de soberbio en el pasado, tampoco al que le faltó autocrítica ni el que abusó en ser radical. El próximo Presidente llega curtido de todo, con los aprendizajes todos de los peligros del poder (...) AMLO envió un mensaje de victoria que, más bien, quiso traducirlo en uno de reconciliación. El AMLO del domingo no fue el mismo de los últimos dieciocho años...”, escribí esto hace 12 meses, al día siguiente de la elección que hizo a Andrés Manuel López Obrador Presidente de México. El país había escuchado a la misma persona dando dos mensajes distintos. El primero en el Hotel Hilton, el que sirvió para dar certidumbre fuera de las fronteras y dentro de los pasillos de los sectores que veían los posibles riesgos de la política económica que se prometió en campaña. El otro, el mensaje con el que celebró en el Zócalo junto a sus seguidores.
Un año después, ¿qué podemos decir de ese primer vistazo que nos dio la noche del 1 de julio? ¿Qué de estos primeros siete meses de gobierno que no sea cercano a lo que se anunció? Lo preguntamos en aquel entonces, volvemos a hacerlo: ¿Cuál López Obrador tendremos en Palacio Nacional los próximos años? ¿El que llamó a reconciliarnos tras conocer los primeros resultados oficiales o el que sigue descalificando a quienes no coinciden con él?
“Ni el peso se ha ido a los cielos ni las empresas hacen maletas para salir del país...”, decíamos en los días que le siguieron a la histórica elección. Sin embargo, 12 meses después, hemos visto a las calificadoras bajar los pronósticos de crecimiento para éste y los próximos años; así como les hemos leído también malas señales sobre Pemex y la CFE. Aun así, la refinería de Dos Bocas está en proceso; los apagones en la península de Yucatán son cada vez más recurrentes. Y para él, las calificadoras operan para sus adversarios.
Hemos visto a un AMLO cambiar drásticamente su política migratoria. Lo vimos negar una crisis como la del sargazo; dar banderazo de una Guardia Nacional con un mando totalmente opuesto a lo prometido. Lo vemos hacer consultas a mano alzada y otras con las que se cancelan aeropuertos o líneas de Metrobús; con las que se ordenan proyectos como el de Santa Lucía o la termoeléctrica en Morelos, a pesar de no tener los estudios de impacto ambiental o de haber sido detenidos en tribunales.
Hemos visto a un López Obrador acaparar la atención como en sus mejores tiempos de campaña. Él y sólo él es el vocero de su Presidencia. Él es quien tiene esos otros y aún desconocidos datos que le bastan para refutar cualquier cuestionamiento.
Lo escuchamos ayer asegurar que se han cumplido 78 de los 100 compromisos anunciados la tarde del 1 de diciembre de 2018. Lo vimos enumerar los tantos apoyos de miles de millones de pesos que hoy se entregan vía directa a jóvenes, a padres de familia, a adultos mayores; pero nada sobre los retrasos que muchos de ellos han denunciado en sus depósitos. Tampoco cómo le hará su gobierno para asegurar que el presupuesto alcance para todos. Lo vimos aniquilar programas como el de las estancias infantiles, que resultan en un duro golpe a los sectores más vulnerables, a quienes prometió gobernar. Pasó con los refugios, con programas que impulsan el turismo. Lo hemos visto a él, siempre a él, refutar con “otros datos”.
A cinco meses de su primer informe de gobierno, López Obrador se observa mucho más lejano de ese que escuchamos en el Hilton. Pero aún está a tiempo de convertirse en ése que prometía reconciliación, en ese dispuesto a estrechar manos y, sobre todo, en ese que parecía capaz de escuchar.