Artemis, cazadora de la Luna

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Esta semana, mientras el mundo miraba hacia otra parte —hacia sus guerras, sus aranceles, sus escándalos de temporada—, cuatro seres humanos hicieron algo que nadie había hecho en 54 años: alejarse de la Tierra lo suficiente para ver la Luna de cerca. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, a bordo de la cápsula Orión, realizaron el primer sobrevuelo lunar tripulado desde el Apolo 17, en 1972. Y desde ahí, Glover describió lo que vio con una sencillez que da escalofríos: “Hay estrellas... Una vista irreal... La Luna en primer plano es una de las cosas más oscuras que vemos por la ventana. Y detrás, el espacio profundo es como azul oscuro, pero también podemos ver las estrellas”.

Ahí está todo. En esa frase corta y asombrada late algo que los comunicados técnicos de la NASA no pueden contener: la vieja sed humana de mirar más lejos de lo que alcanza el brazo. Artemis II viajará un total de 695 mil 081 millas, pasando a 4 mil 70 millas de la superficie lunar y superando el récord de distancia del Apolo 13. Son números que marean, pero más marea lo que representan: somos la única especie que mira el cielo y decide que es un destino.

Y, sin embargo, Artemis II es un vuelo de prueba, la antesala de Artemis III, que pretende posarse en la superficie. El lugar elegido no es accidental: el polo sur lunar, donde los cráteres en sombra permanente guardan hielo de agua que puede separarse en hidrógeno y oxígeno —combustible de alto rendimiento— transformando a la Luna en un depósito de propelente para misiones de espacio profundo. Ésa es la gramática real de esta expedición: no sólo ciencia, no sólo bandera, sino también —y cada vez más abiertamente— negocio.

El catálogo de lo que contiene nuestra madre lunar es, para oídos voraces, una lista de deseos: uranio, platino, hielo de agua y helio-3, un isótopo raro cuyas reservas en la Tierra no llegan a 25 toneladas, pero del que la Luna podría contener un millón de toneladas métricas acumuladas durante eones por el viento solar. La empresa Interlune ya firmó contratos para entregarlo en 2029, con una excavadora prototipo capaz de procesar 100 toneladas de regolito por hora. No es ciencia ficción: es extracción planificada.

Aquí es donde el poema se vuelve pregunta incómoda.

Llevamos décadas extrayendo, quemando y agotando el único planeta que tenemos. Lo hemos calentado, envenenado sus mares, perforado sus entrañas. Ahora miramos a la Luna con los mismos ojos con que vimos el Amazonas, el Ártico y el fondo del mar: como reserva de recursos todavía sin explotar. Y lo que falta —una ausencia que debería quitarnos el sueño— es la regulación. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 no contiene ninguna disposición para la extracción comercial. En 2020, Estados Unidos rechazó explícitamente el único instrumento internacional que exigía compartir los beneficios con toda la humanidad. Los Acuerdos Artemis que Washington promueve en su lugar son voluntarios y sin mecanismos vinculantes. La ventana para construir un régimen internacional viable se cierra antes de 2030. Después, los hechos físicos en la superficie determinarán los hechos legales. Traducido: el que perfore primero, ganará.

El impulso que llevó a esos cuatro astronautas a rodear la Luna esta semana es genuino, hermoso y merece celebración. Pero conviene preguntarnos, ahora que todavía hay tiempo, si la exploración que viene llevará también la huella de lo peor que somos: esa voracidad que no distingue entre descubrir y apropiarse, entre conocer y consumir.

La Luna no nos pertenece. Tampoco la Tierra, aunque nos hayamos tardado demasiado en entenderlo. O más bien: aunque sigamos sin hacerlo.