Terrorismo sindical
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación CNTE vuelve a las calles. No sorprende. Sus recientes marchas y manifestaciones son undéjà vupolítico que México lleva viviendo tres décadas, sin importar quién despache en Los Pinos o en Palacio Nacional. ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) vuelve a las calles. No sorprende. Sus recientes marchas y manifestaciones son un déjà vu político que México lleva viviendo tres décadas, sin importar quién despache en Los Pinos o en Palacio Nacional. Las marchas y manifestaciones recientes, que han incluido bloqueos en puntos estratégicos como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y el Paseo de la Reforma, buscan influir en decisiones políticas clave, como la derogación de la reforma al ISSSTE de 2007 y la abrogación de la reforma educativa. Y aunque hoy le toca enfrentar estas presiones al gobierno de Claudia Sheinbaum, la extorsión política del magisterio disidente no distingue colores partidistas ni ideologías.
La CNTE, desde siempre, con el mismo modus operandi: amenazas, cierres de calles, suspensión de clases que afectan directamente a millones de alumnos (y a millones de ciudadanos) y el uso reiterado de la intimidación como herramienta política. Esta estrategia, más parecida a la de un grupo terrorista que a la de un sindicato preocupado por sus agremiados, se ha repetido sistemáticamente, sexenio tras sexenio.
Desde Carlos Salinas de Gortari hasta Claudia Sheinbaum, pasando por Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, ningún presidente se ha librado de la presión y la coacción de la CNTE.
El magisterio disidente se ha opuesto consistentemente a cualquier intento de reforma educativa, especialmente aquellas que buscan profesionalizar la enseñanza, mejorar la calidad educativa y establecer mecanismos efectivos de evaluación y rendición de cuentas.
Su narrativa, muchas veces encubierta bajo una falsa bandera de defensa de los derechos laborales, en realidad esconde la protección de intereses particulares, privilegios sindicales y cuotas de poder. Cada vez que un gobierno intenta impulsar un cambio en el sistema educativo, la CNTE bloquea carreteras, toma oficinas gubernamentales y paraliza ciudades enteras, exigiendo prebendas y concesiones políticas y económicas.
La resistencia sistemática a cualquier reforma, cambio o mejora educativa demuestra que, lejos de buscar la justicia social que tanto pregonan, la CNTE defiende la mediocridad, la falta de transparencia y la impunidad educativa. Son los niños y jóvenes mexicanos quienes pagan las consecuencias de esta práctica extorsiva, condenados a un sistema educativo obsoleto y deficiente.
Claudia Sheinbaum, como antes otros presidentes, enfrenta ahora la disyuntiva: ceder ante la presión chantajista del magisterio disidente o mantenerse firme en la defensa del derecho de todos los trabajadores del Estado, y además, a una educación de calidad para todos los mexicanos.
Ya es hora de llamar a las cosas por su nombre: lo que la CNTE practica es terrorismo sindical. Y, evidentemente, es otra de las realidades que resulta muy distinto observar desde el ruedo que desde la barrera.
Y aunque su estrategia ha sido efectiva, sexenio tras sexenio, para obtener beneficios y conservar sus privilegios, también ha generado resistencia y críticas por su impacto en el sistema educativo y la sociedad en general. La pregunta que queda es si este enfoque continuará siendo viable en un país cuya Presidenta ha expresado desde hace años que la educación de calidad será una de las prioridades de su administración. Ojalá, ahora sí, la CNTE empiece a guardar sus lonas.