La revolución ridícula de Marx

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay dos formas de perder un cargo público: con dignidad o como Marx Arriaga. Él eligió la segunda y nos regaló un espectáculo tan patético que ni los caricaturistas tuvieron que exagerar. Cien horas atrincherado en una oficina de la SEP, extendiendo las manos a los policías mientras gritaba “espósenme no sean cobardes”, saliendo con un retrato de Karl Marx bajo el brazo. No es política, es psicodrama.

El episodio Arriaga es síntoma de algo más pernicioso: la confusión ideológica de ciertos sectores de la 4T que siguen sin entender qué diablos es el poder público y para qué sirven los cargos de gobierno. Marx Arriaga fue director de Materiales Educativos y creador de los polémicos libros de texto gratuitos. Cuando Sheinbaum llegó y le pidieron modificar 192 contenidos —algunos tan básicos como incluir más perspectiva de género— se negó. Su argumento: sería traicionar “la memoria histórica de México”. La realidad: le pedían correcciones técnicas que cualquier funcionario responsable hubiera atendido.

Le ofrecieron salidas dignas: otros puestos, incluso embajadas en Cuba o Venezuela. Las rechazó todas. Porque no se trataba del trabajo, se trataba del protagonismo. Viernes 13: denuncia “desalojo ilegal”, se atrinchera. Lunes: nombran a su sustituta. Arriaga declara que “no la reconocerá”. Martes: recibe el oficio, sale entre gritos de apoyo cargando el retrato de Karl Marx, declara “toda su confianza” en Sheinbaum pero “con la SEP, no”. Noroña, claro, lo defiende.

El problema no es sólo Marx. Es un sector de la 4T que opera con mentalidad de movimiento social glorificado en lugar de gobierno en funciones. En los movimientos, los cargos se ganan por lealtad ideológica. En gobiernos, por competencia técnica. Arriaga nunca entendió la diferencia. Esta confusión produce funcionarios que se creen dueños de sus puestos, que interpretan correcciones como traición, que olvidan que el poder público no es suyo, es prestado. La 4T heredó esta patología de la vieja izquierda: obsesión con pureza (según ellos), excomunión mutua, incapacidad de distinguir entre desacuerdo y traición.

López Obrador tuvo la inteligencia de contener este virus construyendo un movimiento pragmático. Pero no eliminó el pathos de la soberbia venida de ninguna parte y por ningún mérito inobjetable. Ahora reaparece en personajes como Arriaga, que confunden la 4T con un club del pundonor revolucionario (al servicio, muchas veces, de sus agendas personalísimas).

Sheinbaum hizo bien en cortarlo y dejar claro que nadie tiene la propiedad del movimiento. Los cargos públicos no son patrimonio de nadie ni premios por su lealtad (a sí mismos, en primerísima instancia, por lo general). Son herramientas para servir. Cuando dejas de servir, te vas.

Le ofrecieron puentes de plata. Rechazó todos. Prefirió el drama. Ahora será recordado no por los libros que hizo, sino por el ridículo que hizo al salir. Sheinbaum tiene cuatro años y medio para enseñarles la diferencia a quienes siguen pensando que discrepar es traicionar, que gobernar es activismo. Porque si no, terminará rodeada de Arriagas: gente que confunde servicio público con teatro político.

Por ahora, al menos, ya tiene un Arriaga menos. Salió por la puerta de atrás, con su retrato de Karl Marx wannabe, rumbo a Texcoco en Metro. Revolucionario hasta el final. Ridículo de principio a fin.

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