Hay una fantasía infantil en toda guerra: la de que el fuego se queda del lado del enemigo. La de que las tuberías, las líneas eléctricas, los gasoductos que atraviesan el planeta van a respetar los límites que dibujaron los hombres. Nadie vive en una casa separada. Todos compartimos las mismas cañerías. Lo que arde en Oriente Medio esta semana no arde sólo ahí.
Lo que ocurre ahí desde el 28 de febrero, cuando la Operación Furia Épica lanzó a EU e Israel en una ofensiva combinada contra Irán, tiene cada vez menos de guerra para ganar y más de guerra para destruir. El Comando Central de EU golpeó más de dos mil objetivos en territorio iraní en apenas los primeros días. No son sólo instalaciones militares. Doscientas treinta y seis instalaciones médicas, sanitarias y farmacéuticas resultaron dañadas, con 16 trabajadores sanitarios muertos. La avenida Jomhuri, una de las calles más concurridas del centro de Teherán, fue destruida. Un residente describió aquella madrugada con precisión que ningún parte de guerra mejoraría: “La ciudad está oscura, el cielo está negro. Parecía el fin de los tiempos, o como me imaginaría el infierno”.
Irán respondió como lo hace quien sabe que no puede ganar en el frente donde lo atacan: abriendo otros. Ataques de drones alcanzaron Bahrein. Una planta desalinizadora fue golpeada. En el Golfo, donde entre 60 y 90% del agua potable proviene de desalinización, eso no es un dato técnico: es una amenaza sobre la sed de millones. El bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, hoy una realidad, golpea la economía mundial. Teherán anunció que el péndulo pasaría de batallas limitadas a guerra económica a gran escala. No era retórica. El miércoles 18 de marzo ese programa se cumplió. Israel atacó el Campo de Gas South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo, compartido entre Irán y Qatar, en el primer ataque conocido contra infraestructura energética iraní desde el inicio de la guerra. Esa contención desapareció. Trump aclaró que EU no estaba enterado del ataque israelí. Verdad o no, el daño estaba hecho y la cadena de consecuencias, en marcha. Teherán respondió esa misma noche. Irán atacó con misiles el complejo gasífero de Ras Laffan en Qatar (el mayor centro del mundo para la producción y exportación de gas natural licuado), provocando incendios de gran envergadura. Horas después, volvió a atacar el mismo complejo. También golpeó instalaciones en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Una refinería kuwaití con capacidad de 730 mil barriles diarios ardió. Otra fue alcanzada por drones horas después. Una refinería saudí en el mar Rojo, también. Un buque fue alcanzado a siete kilómetros de Ras Laffan.
Lo que se quemó en Qatar no es sólo infraestructura de un emirato rico. Ras Laffan también produce fertilizantes clave para la agricultura global, azufre y helio, gas esencial en la fabricación de microchips. El Brent rozó los 115 dólares, acumulando más de 59% de incremento desde el inicio de la guerra. Europa, que lleva tres años construyendo su independencia del gas ruso, depende en medida creciente del GNL qatarí. El golpe no es sólo en el precio de hoy: es en la arquitectura entera de su transición energética, en los contratos de largo plazo, en la certidumbre que hace posible planear el mañana. Los analistas advierten que los daños en Ras Laffan podrían provocar una escasez mundial de gas de larga duración. El canciller Merz intentó obtener de Trump en la Oficina Oval una respuesta clara sobre cómo imagina el fin de esta guerra. No la obtuvo. El presidente iraní Pezeshkian lo dijo con la claridad de quien ya no tiene nada que perder diplomáticamente: “Esto complicará la situación y podría tener consecuencias incontrolables, cuyo alcance podría abarcar al mundo entero”. Tiene razón, aunque por las razones equivocadas y desde el lado equivocado. Todos los contendientes tienen razón en eso, y en nada más.
Qatar no está en guerra con nadie. No es aliado militar de Israel. Alberga la base desde donde operan las fuerzas de EU. Aun así, ardió. Porque en una guerra donde te queman la casa uno tiende a quemar las casas cercanas, y en un planeta donde todos compartimos las mismas tuberías, las mismas líneas de electricidad, los mismos gasoductos que no preguntan por banderas, no existe el fuego del vecino. Sólo existe el fuego. Y ya nadie sabe cómo apagarlo.
