Otis: Loret, Sabina et al

El trabajo de los intelectuales, artistas y académicos es intentar profundizar más. Intentar ver la complejidad de la realidad, especialmente en el clima actual de posverdad. Se siente intelectual y emocionalmente perezoso simplemente elegir un bando. Yuval ...

El trabajo de los intelectuales, artistas y académicos       es intentar profundizar más. Intentar ver la complejidad de la realidad, especialmente en el clima actual de posverdad. Se siente intelectual y emocionalmente perezoso simplemente elegir un bando.

Yuval Noah Harari

A Carlos Loret y a Sabina Berman los conozco desde hace décadas. Y a ambos los quiero y los respeto por los mismos motivos: su inteligencia aguda, su sentido del humor, una capacidad de trabajo a prueba de todo y un paquete intelectual no sólo muy armado, sino liberal. Los dos, como el resto de los columnistas, periodistas, intelectuales y académicos están en permanente estudio y lectura y, junto con ello, en absoluta libertad de sentir mayor o menor afinidad o desagrado por uno o muchos o todos los actores políticos o por una o varias posturas ideológicas o discursivas. Y de expresarlo públicamente. De eso va la libertad de expresión y su pleno ejercicio.

En medio de las columnas y los debates, parece que hemos perdido de vista el punto crucial: la tragedia de Acapulco y la costa guerrerense por Otis. Dos columnas recientes, una de Berman y otra de Loret de Mola (pero muchas más), han reflejado una discordia que, en última instancia, desvía la atención de lo que realmente importa en lo inmediato.

Berman, en “Otis: la mentira de Loret, la gente”, señala con pasión que se ha prestado demasiada atención a un supuesto enfrentamiento entre el presidente López Obrador y los medios de comunicación, en lugar de centrarse en las consecuencias devastadoras del huracán, y acusa a Carlos de mentir sobre la mañanera de AMLO del martes 24. Por su parte, Carlos Loret de Mola, en “Los propagandistas al rescate del damnificado AMLO”, cuestiona la respuesta del gobierno y critica, sin mencionar a Sabina, a los defensores de oficio de López Obrador y su inaceptable politización de la tragedia.

Debo decir que ambos tienen razón. Y no. Porque tanto Sabina como Carlos han cubierto todos los desastres naturales ennuestro país durante las últimas décadas. Los dos saben que 1) ni el National Hurricane Center tuvo la capacidad de prever el tipo de monstruo que era Otis, 2) que incluso si se hubiera sabido con más anticipación, intentar evacuar a una población de un millón de personas se hubiera convertido en una tragedia mucho mayor, 3) que en este tipo de tragedias hay buenas y malas reacciones gubernamentales, pero que lo más importante en la reacción inmediata es la atención de la emergencia. Ya habrá tiempo para el deslinde de responsabilidades. Pero también ambos saben que lo más relevante en lo inmediato es garantizar la atención de las necesidades básicas, seguido de la emergencia sanitaria. Que se debe garantizar el arribo de las donaciones, la liberación inmediata de recursos, la reorientación del presupuesto para el año que entra, la búsqueda de incentivos fiscales. Ambos saben que la atención de los temas de seguridad será de vital relevancia, ¿qué pasará con el crimen organizado asentado en ese puerto? ¿Robarán todas las casas una vez que no haya negocios para el cobro de piso? ¿El “efecto cucaracha” los llevará a qué estados? Carlos y Sabina saben que en el centro del debate tendrá que estar la atención al cambio climático y el replanteamiento de muchas de las posturas no sólo del gobierno, sino de todos los factores reales de poder. Sabina y Carlos saben también que ésta es una emergencia que trasciende al sexenio de AMLO y que lo que ambos —con la cabeza más fría y el conocimiento que tienen— pongan sobre la mesa ahora mismo será de relevancia para la recuperación de ese puerto tan importante.

Más allá de filias o fobias, el protagonista ahora debe ser el desastre. No las conjeturas para marcar puntos políticos.

Los hechos están ahí: miles de personas damnificadas. Enfrentar la complejidad de esta tragedia nos exige mirar más allá de nuestras trincheras ideológicas. Sobreponer la empatía y la inteligencia a la polarización. Mañana habrá tiempo de analizar aciertos y errores. Pero no caigamos en la trampa intelectual de reducirlo todo al blanco o negro, a cuadrar la realidad en nuestras fobias y filias. En lugar de dividirnos en bandos y alimentar el juego de la polarización, debemos unirnos. Va para Sabina, para Carlos, para mí, para ti, lector, lectora, para todos los que estamos obligados a pensar como si Acapulco fuera nuestra casa.

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