La oposición que nadie eligió

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay algo profundamente revelador en que hoy sean el PT y el PVEM —socios de cama, aliados de conveniencia, comparsas del proyecto— quienes de vez en cuando le digan que no a Claudia Sheinbaum. No es virtud cívica. No es autonomía ideológica. Es supervivencia. Y, sin embargo, en este paisaje político que se ha ido vaciando, ese instinto de sobrevivencia es lo más parecido a una oposición real que tiene México.

El PT frenó la reforma electoral. El PVEM negocia en los márgenes. Ninguno actúa desde principios: actúan desde el cálculo de quién puede quedarse con qué cuando la música pare. Pero incluso ese cálculo mezquino produce, accidentalmente, algo que el sistema necesita y que sus opositores declarados han sido incapaces de generar: fricción. La democracia no funciona sin ella. Y la fricción, en este momento, no viene del PAN ni del PRI ni de Movimiento Ciudadano. Viene de adentro.

El PAN lleva años cambiando de líder sin cambiar de rumbo, como quien rearregla los muebles en una casa incendiada. El PRI es una sigla con credenciales, pero sin proyecto. MC apostó por la ambigüedad como estrategia y descubrió demasiado tarde que la ambigüedad no construye trinchera. Los tres comparten el mismo defecto de origen: confundieron la oposición con la resistencia al cambio, y cuando el cambio llegó con millones de votos detrás, no supieron qué hacer con sus convicciones porque, en el fondo, no estaban seguros de tenerlas.

El régimen los ha ayudado a desaparecer, pero no con represión —eso sería demasiado obvio—, sino con algo más eficaz: la irrelevancia administrada. El aparato electoral favorece a quien ya ganó, el financiamiento se estrecha, los medios siguen la gravedad del poder. Y cuando un partido pequeño amenaza con volverse relevante, aparece la oferta: una subsecretaría, una candidatura, una mesa de diálogo que no va a ningún lado pero que ocupa el tiempo y neutraliza el impulso. La oposición mexicana no fue destruida. Fue distraída.

El problema de fondo es que ninguno ha producido en la última década un liderazgo capaz de articular una narrativa alternativa que no sea simplemente la negación del proyecto dominante. Negarse no es oponerse. Criticar no es proponer. Y en un país donde el discurso oficial se apropió del lenguaje de la justicia social y la dignidad popular, la oposición liberal-conservadora se quedó sin vocabulario propio. No sabe hablarle a quien vota por Morena sin sonar condescendiente. Esa condescendencia es electoral y culturalmente suicida y, sin embargo, la repiten con una constancia que ya da para estudiarla como fenómeno.

Lo que queda es un mapa en el que la única tensión visible opera dentro del bloque gobernante. Una democracia que sólo se tensiona desde adentro no es democracia; es una familia que lava sus trapos en privado y sale a la foto unida. Sin oposición real, la pluralidad se convierte en ornamento: los votos siguen existiendo, las urnas también, pero elegir se parece más a seleccionar entre versiones del mismo menú que a decidir un rumbo. El riesgo no es la dictadura —esa palabra se ha devaluado de tanto usarla mal—, sino algo quizás más difícil de revertir: la normalización de la unanimidad.

El PT y el PVEM no van a salvar la democracia mexicana. Ni siquiera lo intentan. Pero que sean ellos quienes hoy ocupan el espacio que debería pertenecer al PAN, al PRI o a cualquier fuerza con vocación opositora real dice más sobre el colapso de esas instituciones que cualquier análisis electoral.

La oposición no fue borrada del mapa por Morena. Se borró sola, con paciencia y dedicación notables.