Mal tiempo para los patanes

“La vida de un hombre está hecha jirones. La vida de un hombre está destrozada. Su esposa está destrozada. Sus hijos, que son niños hermosos e increíbles. Destruyen a las personas, ellos quieren destruir a la gente. Estas son realmente personas malvadas...”. ...

“La vida de un hombre está hecha jirones. La vida de un hombre está destrozada. Su esposa está destrozada. Sus hijos, que son niños hermosos e increíbles. Destruyen a las personas, ellos quieren destruir a la gente. Estas son realmente personas malvadas...”. Palabras de Donald Trump. Y no se refiere a ninguna de las varias mujeres que han contado su desafortunada experiencia con el hoy mandatario; habla de una de las tres mujeres que acusan de violación a su nominado a la Suprema Corte.

Sólo le faltó agregar “nos la pasábamos tan bien antes, cuando eran tan fácil grab them by the pussy...”. Porque lo dicho hace un par de noches en un evento masivo en Missisipi no sólo refleja la mentalidad misógina del Presidente de Estados Unidos, sino también la idea que aún está presente en gran parte de la comunidad, mujeres, incluso. Horas antes, Trump dijo a periodistas: “Es un momento muy aterrador para los hombres jóvenes de EU, puedes ser culpable de algo de lo cual podrías no ser culpable. Son tiempos muy difíciles...”. Porque en la lógica del empresario —también con dudosas declaraciones fiscales— el acoso es más un plan malévolo de una mujer con ganas de hacer daño a quien sólo osó desearla; es la misma línea de quien cree que el ejercicio de la sexualidad de cualquier mujer debe ser condenado: tú, hombre, acuéstate con quien quieras que serás aplaudido; tú, mujer, no lo hagas que tendrás una letra escarlata en la frente.

Y así como el presidente del país más poderoso del mundo se expresó de Christine Blasey Ford, quien frente al Comité Judicial del Senado narró el abuso sexual que sufrió de Brett Kavanaugh, quien ya es investigado por el FBI; así todavía escuchamos descréditos de cualquier mujer que se atreve a contar sus experiencias: le sucede a quien hoy demanda a Cristiano Ronaldo, a las varias mujeres del expediente de Harvey Weinstein, incluso a quienes previo al movimiento #MeToo hablaron de Bill Cosby. Le sucede a Asia Argento. Le sucede a nuestra hermana, amiga, vecina, compañera de trabajo. El descrédito es lo primero que piensan muchos, esos que se parecen más a Trump de lo que quisieran, hombres y hasta mujeres, tristemente.

Es historia. Las mujeres hemos estado en desventaja desde hace cientos de años, hasta para que crean en nuestra palabra. Y ése es sólo el comienzo de esa aún larguísima deuda.

En los últimos dos días, dos mujeres han sido galardonadas con el premio Nobel: Frances Arnold, el de Química, la primera mujer en 9 años y la quinta en toda la historia; Donna Strickland, el de Física, la primera en 55 años y la tercera en los 117 años tiene este reconocimiento de ser entregado. En ambos casos —y en prácticamente todas las áreas de ejercicio profesional— la ausencia de mujeres no ha sido tal por falta de méritos, sino de oportunidades.

Desde Sor Juana a las hermanas Brontë, todas plumas maravillosas que debieron empezar bajo un seudónimo masculino para ser tomadas en serio; otras tantas aún firman bajo el nombre masculino porque de otro modo reducen su espectro de alcance. Y todavía hay quien se sorprende cuando celebramos que de derriben esos techos de cristal.

No es que sea una mala época para ser hombre, señor Trump, es una mala época para ser patán. Y esto va más allá de la corrección política, aunque la molestia de esta no va en su naturaleza en sí, sino en el reconocer que se ha estado equivocado por tanto tiempo, y que reconocer ese error acabaría con sus tantos privilegios adjudicados sólo, única y exclusivamente, por ser hombres.

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