Quince minutos. Eso es lo que duró la llamada de emergencia entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump este lunes. Quince minutos para desactivar una amenaza de intervención militar que Trump había repetido tres veces en una semana. Quince minutos que Sheinbaum describe como “una conversación muy amable”, pero que fueron 900 segundos de alta diplomacia bajo presión extrema.
Lo que se dijo está en el comunicado oficial: Trump insistió en acciones militares en tierra. Sheinbaum rechazó. Trump preguntó sobre Venezuela. Sheinbaum respondió que la Constitución mexicana es clara sobre no intervención. Trump “lo entendió”. Fin de la historia oficial. Pero lo fascinante no es lo que se dijo. Es lo que no se dijo (o sí se dijo, pero no se publicitó). Y lo que ocurrió horas después.
Mientras Sheinbaum explicaba que el tema de Cuba “no se tocó” en la conversación, algo sucedía en Estados Unidos. Para la tarde del lunes, el secretario de Energía, Chris Wright, confirmó a CBS News que Estados Unidos está permitiendo que México continúe enviando petróleo a Cuba. El mismo día de la llamada en que aparentemente el tema Cuba “ni se tocó”, Washington aclaró públicamente que no tiene problema con que México siga mandando combustible a La Habana. A pesar de que Trump había tuiteado que “no habrá más petróleo ni dinero para Cuba: cero”. ¿Coincidencia? En política y en diplomacia, las coincidencias no existen. Lo que existe son acuerdos que no se anuncian públicamente, pero que se confirman con señales.
Entre mayo y junio de 2025, México envió 10 millones de barriles a Cuba, unos 800 millones de dólares. Este fin de semana, el buque Ocean Mariner llegó a La Habana con 86,000 barriles desde Pemex. Y Estados Unidos, que controla cada movimiento petrolero en el Caribe, que acaba de interceptar tanqueros venezolanos, dice que no tiene problema con los envíos mexicanos.
¿Por qué? Porque Washington no busca “provocar un colapso energético total” en Cuba. Un colapso significaría una oleada migratoria masiva, inestabilidad extrema a 90 millas de Florida, un problema humanitario que Trump tendría que manejar. Y, sobre todo, perder control sobre el ritmo de la presión.
La estrategia es más sofisticada: dejar que México mantenga a Cuba respirando, apenas. Que México gaste sus recursos subsidiando a La Habana. Que México cargue con el costo político y económico. Y, mientras tanto, que Estados Unidos declare públicamente “máxima presión” sobre Cuba sin lidiar con las consecuencias de un colapso total.
Es brillante, en términos de realpolitik. Trump consigue la narrativa de dureza sin el costo. México paga la cuenta, pero mantiene su postura de “ayuda humanitaria”. Cuba sobrevive un tiempo más. Todos ganan.
Sheinbaum entiende el juego. Por eso ofrece a México como “mediador” entre Washington y La Habana. Si vas a pagar la factura del petróleo cubano, al menos obtén algo a cambio: relevancia diplomática, un asiento en la mesa y fichas para seguir negociando otros temas con EU.
Lo que pasó en esa llamada de quince minutos no fue sólo sobre seguridad y cárteles. Fue un reordenamiento silencioso de roles. Estados Unidos captura presidentes y controla petróleo venezolano. México se convierte en el proveedor que mantiene viva a Cuba. Cuba aprende que su supervivencia depende de la Ciudad de México, no de Caracas. Y todos fingen que esto no fue negociado.
Sheinbaum dijo que Cuba “no se tocó”. Técnicamente, probablemente sea cierto. No hace falta mencionar explícitamente lo que ambos lados ya entienden. En diplomacia de alto nivel, las cosas más importantes son las que no se dicen en voz alta, pero que se confirman en los hechos. Quince minutos de llamada. Pero el verdadero mensaje llegó cuando el secretario de Energía confirmó que México puede seguir enviando petróleo a Cuba. Ése fue el acuerdo real. Todo lo demás, quizá, siga dando cuerpo a la misma larga conversación.
