Entre Maduros y Bolsonaros
Amnistía Internacional reportó el uso de la fuerza excesiva para dispersar protestas en Venezuela, detenciones arbitrarias, denuncias de violencia sexual contra manifestantes y el uso del aparato judicial para atacar disidentes.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Uno, está acusado de torturar a sus opositores, de capturarlos y violar flagrantemente sus derechos. El otro, está en vías de dar armas a la población. Ya autorizó a la policía de su país para que disparen contra delincuentes. El exterminio como medida de seguridad. “El gobierno estableció un patrón de tortura, represión y lo más terrible es que es sistemático (...) Esto no es un tema de derechas o de izquierdas, sino de demócratas o tiranos...”, dicen de uno. “No fue su elección en sí. Fue el nivel de violencia que aumentó después de su elección. Para tener una idea, arrancaron el corazón de un travesti hace pocos días. Ese tipo (el asesino) puso una imagen de una santa en su lugar...”, dicen a menos de tres semanas de que el otro recién inició su mandato.
Sobre el actuar del primero, en su último informe sobre derechos humanos, Amnistía Internacional reportó el uso de la fuerza excesiva para dispersar protestas, detenciones arbitrarias, denuncias de violencia sexual contra manifestantes; también, el uso del aparato judicial para atacar disidentes; persecución, hostigamiento e intimidación a defensores de derechos humanos; reclusión en condiciones extremas.
A esto se le suman las condiciones en que viven millones de personas desde hace ya varias décadas: falta de alimento y medicamentos, por decir lo menos. Este personaje provocó ya un éxodo que se cuenta en millones. Ciudadanos que optaron por dejar lo que siempre fue su hogar para buscar algo más lejos de ahí.
Del otro, recién llegado a su Presidencia, y a la política internacional, poco, pero muy sustancioso se puede decir. Un historial de declaraciones polémicas que están tomando forma de políticas de Estado. Sus declaraciones previas sobre su negativa al aborto, se transformó en defensa del “derecho a la vida” hace unos días en Davos; su postura sobre preferir un hijo muerto que homosexual, ya lo hizo eliminar la agenda LGBT del ministerio encargado de los derechos humanos; su idea de que un arma es un objeto inerte que mata o salva vidas dependiendo de quién la use, lo llevó a presentar su iniciativa de portación de armas a ciudadanos. Su conflicto expreso contra la equidad y la ideología de género, le dio un gabinete sin representación de comunidad afrodescendiente, mayoría en Brasil, y con una presencia mínima de mujeres.
Desde luego que el primero es Nicolás Maduro, el segundo, Jair Bolsonaro. Y mientras a uno lo reconocen como Presidente de Venezuela en ese eje de autócratas de reputación sumamente cuestionada: Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan y Xi Jinping. Al otro, lo abrazan figuras como Donald Trump.
Pensaríamos que entre Maduro y Bolsonaro las diferencias son abismales, pero sabemos que los extremos son tales, que muchas veces se confunden gracias al radicalismo con el que se manejan. Recuerda la BBC: “¿qué exparacaidista del Ejército fue electo presidente de un país sudamericano, en medio de una ira generalizada con la clase política, la corrupción, la postración económica y el crimen?”, la respuesta sorprende: Jair Bolsonaro... pero también Hugo Chávez, artífice y primer responsable de la desgracia venezolana, quien heredo a Nicolás Maduro un pueblo que hoy lo quiere, lo necesita, fuera.
Lo escribí aquí, hace unas semanas, al iniciar este año: “¿Cómo hablar de certidumbre ante un camino opacado por la niebla? Populismos que evitan el paso de lo novedoso, pero que alimentan la permanencia de lo que no funcionó antes y que, obviamente, no funcionará ahora...”. Con lo que sucede en Venezuela, es necesaria la reflexión sobre lo inconcebible que resulta estar atrapados entre esas dos posturas, tan falsamente opuestas y tan peligrosas para cualquier sociedad.