George Orwell imaginó un mundo donde el Ministerio de la Verdad fabricaba mentiras. No imaginaba Venezuela. Allá, el Ministerio del Poder Popular para la Suprema Felicidad Social fue creado en 2013 para “garantizar la felicidad” de un pueblo que huía en masa. Ese año, el PIB per cápita comenzó su caída de 80 por ciento. Hoy, 8 millones de venezolanos viven en el exilio. La distopía venezolana fue realidad durante 26 años: control total de poderes, 1,600 presos políticos, 25 asesinados tras el fraude electoral de 2024, torturas como políticas de Estado. Maduro se robó las elecciones. Una doctora de 65 años fue condenada a 30 años por compartir un audio de WhatsApp.
Esa distopía, aparentemente, terminó el viernes a las 2 de la madrugada. Pero no como en novelas de liberación. Terminó con una distopía superpuesta, una quizá peor...
El 3 de enero, 150 aeronaves estadunidenses bombardearon Caracas. Destruyeron bases aéreas, aeropuertos, instalaciones militares. Fuerzas Delta extrajeron a Maduro. Trump lo llamó “un ataque como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial”. Sin autorización de la ONU. Sin voto del Congreso. Sin cumplimiento de la Resolución de Poderes de Guerra. Hubo víctimas civiles sin precisar. Maduro fue trasladado a Nueva York por cargos de “narcoterrorismo”. Trump anunció que Estados Unidos “gobernará” Venezuela hasta que haya “transición segura”. Que empresas petroleras estadunidenses “entrarán e invertirán miles de millones”.
Luis Moreno Ocampo, fiscal fundador de la Corte Penal Internacional: “Crimen de agresión... absolutamente ilegal”. Expertos de la ONU: “Agresión armada ilegal”. António Guterres: “Precedente peligroso”. Sheinbaum y Lula: “Grave afrenta a la soberanía”. Pedro Sánchez: “No reconoceremos una intervención que viola el derecho internacional”.
Pero Milei, Noboa y Bukele celebraron usando el vocabulario de Trump: “Narcoterrorista”.
Aquí está la paradoja: teníamos una distopía (Maduro torturando, robando elecciones, empobreciendo a 30 millones) y la “solución” fue otra distopía (bombardear sin mandato internacional y anunciar que Washington “gobernará” Venezuela como colonia temporal). Como en El cuento de la criada, de Atwood, un golpe se justifica a partir de una emergencia fabricada. Trump invocó “narcoterrorismo” para saltarse el Congreso y la ONU. Pero si Estados Unidos bombardea Caracas sin la ONU, ¿qué impide que China bombardee Taipéi, que Rusia siga bombardeando ciudades ucranianas? ¿Que Netanyahu continúe cometiendo los peores crímenes de guerra contra sus vecinos? Como en Rebelión en la granja, donde, al final, cerdos y humanos son indistinguibles.
Por lo pronto, Maduro está en una celda neoyorquina y Trump gobierna Venezuela por decreto (y de la mano de Delcy Rodríguez, una de las más cercanas a Maduro). David Smolansky, portavoz de María Corina Machado: “Sentimientos encontrados: nos invade una sensación difícil al ver Venezuela bajo bombardeos; por otro, creemos que puede ser la única salida”. Un venezolano en Miami: “Que Dios bendiga a nuestra amada Venezuela”. Ésa es la tragedia: que millones sientan alivio por una invasión ilegal porque la alternativa era peor. Eso mide el fracaso colectivo: de la comunidad internacional que permitió 26 años de chavismo sin construir alternativas, de Estados Unidos que prefirió bombardear antes que liderar una coalición legal.
Trump amenaza con Cuba y advierte a Petro: “Tiene que cuidar su trasero”. La doctrina Donroe está en despliegue: América Latina como zona de impunidad imperial.
Los venezolanos merecían democracia, no bombardeos. Justicia internacional contra Maduro, no ocupación. Escapar de la distopía chavista sin caer en la imperialista.
Quedan preguntas: ¿cuántos civiles murieron?, ¿quién reconstruirá Venezuela?, ¿cuánto durará la ocupación?, ¿qué país será el próximo? Como en las novelas distópicas, el enemigo no era sólo el tirano visible. Era el sistema que permite que operen con impunidad —Maduro destruyendo Venezuela desde adentro durante 26 años, Trump destruyéndola desde afuera en una oscura noche de enero.
Venezuela escapó de una distopía para caer en otra. Y el mundo estableció un precedente que puede perseguirnos durante décadas. Las mismas décadas que nos tomó, como humanidad, construir instituciones que garantizaran que distopías como la del régimen de Maduro o la del bombardeo de Trump no tuvieran cabida en ningún momento.
