El León de Belfast

El próximo jueves, el cantautor Van Morrison cumplirá 72 años.

Van Morrison era un chamaco de 22 años cuando echó a andar, hace justo medio siglo, su carrera musical en solitario. La arrancó, según se sabe, lanzándose al ruedo profesional con el álbum Blowin’ your mind!, que salió al mercado en septiembre de 1967. ¡Y vaya primer misil acústico! En esa producción aparecen dos de sus canciones más hermosas y conocidas: Brown eyed girl (“Ey, entre risas y carreras / saltando y brincando / en la brumosa mañana con el corazón desbocado, / y tú, mi chica de ojos cafés”) y T.B. Sheets, aquella melancólica historia que describe a una joven desconsolada que, de tanto llorar en la cama, hace que sus sábanas tosan “como tísicas”.

Esa añeja y canónica producción discográfica incluye la espléndida versión de Van Morrison a esa anónima, dolorida y esperanzadora canción titulada Midnight Special que surgió a finales del siglo XIX, en el sur de Estados Unidos entre la población recluida en cárceles y cuya letra alude a un tren, justo el Midnight Special, cuya luz es vista como una especie de salvación, pues ese ferrocarril podría sacarlos, metafóricamente al menos, de las paredes de la prisión. Múltiples versiones ha tenido esa canción en más de un siglo, entre ellas una que suena demasiado familiar: la del grupo Creedence Clearwater Revival, aquella vieja banda californiana liderada por John Fogerty, que combinó de manera magistral el rock con el folk, el gospel, el soul y el sureño country.

Pero no es que en 1967, Van Morrison —excepcional letrista, cantante y multiinstrumentista nacido en la capital de Irlanda del Norte el 31 de agosto de 1945— haya iniciado su camino artístico: ya tenía experiencia previa sobre el escenario. Siendo un adolescente —arrojan sus datos biográficos— estaba convencido de que se ganaría la vida como el saxofonista de The Monarcs, un grupo efímero de Belfast, su cuna. Luego de su alejamiento de la agrupación formó Them, una banda que se extinguió en 1966, pero en cuya corta e intensa vida produjo una de sus canciones más famosas, la sensacional Gloria que, a escala global, popularizó otro Morrison, éste de nombre Jim, nacido en Estados Unidos e inefable frontman de una banda legendaria: The Doors.

Lo cierto es que a partir de 1967, y ya convertido en un artista cuya carrera dependía de sí mismo, se dispuso a poblar el planeta de letras y música de gran éxito, a través de la construcción de una lírica siempre dispuesta a tantear el alma humana. Así, y para goce del público hispanohablante, hace poco más de un año la editorial Malpaso sacó a la luz una edición bilingüe (inglés-español) de Toma interior. Letras escogidas, libro publicado originalmente en 2014 y que recopila una selección de canciones elegidas por el propio autor. La edición, consta en guardas, estuvo a cargo del filólogo Eamonn Hughes, experto en historia de la cultura y literatura irlandesas que en la introducción del libro de 360 páginas asegura que el volumen, que incluye 107 composiciones, reúne apenas una tercera parte de toda la obra grabada de Van Morrison. En este libro, por supuesto, se asoma un genio lírico en letras de una aparente sencillez, pero que nadan en lo profundamente humano. Como en Escucha al león: “Yo indagaré en mi alma / voy a indagar de verdad / por el león, por el león que hay en mí”. En otras letras hace guiños a la cultura occidental, su cultura, manifestando que es un hombre del presente, como en Hard nose the highway (canción que, en 1973, le dio el nombre a su séptimo disco de estudio y cuya traducción libre podría equivaler a la expresión “abordemos el camino”): “Ey, chicos, chequen esto: ‘¿no les parece lo mejor de lo mejor cuando Sinatra canta con arreglos de Nelson Riddle?’ Pasé por apuros, fijé ciertos límites, sin pretextos, hay que abordar el camino”. 

A través de las letras consignadas y traducidas de este libro se confirma la clase de compositor que es Van Morrison, un poeta cuya obra está despojada de metáforas brillantes, pero no por ello rebuscadas, y que siempre, o casi siempre, se mueven en dos planos: la búsqueda de lo espiritual en las cosas cotidianas y el trazo de personajes locales, meditabundos, que dan cuenta de una situación local que aspira a lo universal.

Sería imposible mencionar todas las canciones que ha compuesto Van Morrison, pero baste sólo una, titulada Songwriter, en la que se dibuja a sí mismo, para explicar la forma en que se ve en el espejo, la manera en que contempla su propia labor creativa: “Soy cantautor y conozco mi sitio / soy cantautor, papel y lápiz en mano. / Por favor, no me llamen sabio / por poner negro sobre blanco. / Soy cantautor”. Esta podría ser, sin duda, la preceptiva que ha guiado al León de Belfast, llamado así, se ha dicho, por el rango vocal que es capaz de desplegar mientras su voz desborda el escenario.

En la canción One irish rover, dice: “Por la luz en tus ojos / se te ve tan distante /como un barco a la deriva / te extraviaste”. Si Van Morrison fue capaz de describir así a la mirada de un vagabundo irlandés, entonces es más que un cantautor: es un poeta en toda la extensión de la palabra... y de la música.

Estribo y cuenta

En su casa lo conocen. Pues bien, el viernes pasado se anunció la salida de Roberto Perea (a quien le mandamos un abrazo solidario) como responsable de Difusión y Relaciones Públicas del INBA. En su lugar llega Fernando González Domínguez que, según consta en el boletín que se envió a las redacciones anunciando su asunción, ha sido funcionario público desde el sexenio de José López Portillo. Hemos buscado su nombre en redes sociales, preguntado aquí y acullá y no, nadie, ningún cercano a este reportero da razón de González Domínguez. ¿Será que los cercanos profesionales de este redactor son más bien poquitos y además no conocen a nadie en el medio cultural? En fin, ya se sabrá..., claro, si se sabe de él en lo que resta del sexenio, que ya es casi nada. Por lo pronto, habrá que suponer que, en 37 años de trayectoria en el campo de la comunicación social, alguna experiencia tendrá...

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