Un animal acorralado
No existe nada tan peligroso como un animal acorralado. El presidente norteamericano llega a los primeros 100 días de su mandato con el índice más bajo de aprobación de la historia estadunidense, entre protestas públicas, pleitos y escándalos internos, y sin que sus ...
No existe nada tan peligroso como un animal acorralado. El presidente norteamericano llega a los primeros 100 días de su mandato con el índice más bajo de aprobación de la historia estadunidense, entre protestas públicas, pleitos y escándalos internos, y sin que sus políticas públicas hayan podido brindar —en absoluto— algún resultado positivo.
Trump es un showman que no entiende de política, pero que domina la televisión: los logros que ha tenido no han sido fruto de su capacidad de negociación y la suma de acuerdos con sus rivales, sino de la estridencia que es capaz de generar con su mensaje y —sobre todo— con sus formas. El presidente domina la televisión, pero no entiende de economía: el anuncio de los aranceles le aseguró los reflectores del mundo entero por unos días, pero las consecuencias de su desplante han puesto a EU al borde de una crisis económica totalmente innecesaria.
La guerra comercial contra China fue un despropósito desde un principio. Una bravuconada absurda, un golpe teatral con el que pretendía apabullar a los chinos y obligarlos a negociar en sus propios términos: para librar el problema, decía, sólo hace falta que el presidente Xi tome el teléfono y me llame. La llamada nunca llegó, sin embargo: “Si quiere hablar con nosotros, primero tendría que cancelar los aranceles unilaterales”, fue la respuesta desde Pekín. Los días pasaron, los precios de los productos cotidianos comenzaron a escalar, y la industria norteamericana comenzó a resentir el impacto de las medidas impuestas en represalia por el gobierno chino en sus propias cadenas de producción.
“Se van a cansar de ganar tanto dinero”, había prometido Trump a los estadunidenses hace menos de uno año: el resultado, a 100 días de su mandato, no podría ser más distinto. Los norteamericanos no votaron por esto: el presidente no sólo tiene una tasa de aprobación del 44%, la más baja de la historia norteamericana, sino que 39% de la población piensa que su administración ha sido desastrosa; las protestas en su contra son cada vez más frecuentes, y comienzan a sumar a sus antiguos partidarios. El presidente Trump se está quedando solo en su propio país, al tiempo que ha logrado concitar el repudio del mundo entero.
Donald Trump domina la televisión, pero no entiende el complejo entramado de las relaciones internacionales. La diplomacia no es la mera gestión del miedo inspirado por una nación poderosa a otra más débil, sino la cooperación recíproca para lograr objetivos comunes. “Countries are kissing my ass”, presumía como si hubiera sido un logro personal, sin darse cuenta de que la confianza internacional en el país que dirige se erosiona con cada una de sus declaraciones. Trump ha ofendido a sus antiguos aliados y, en los hechos, está más cerca de Rusia que de Europa: el mundo libre ha dejado de considerar a EU como un aliado estratégico, y un baluarte de la democracia, para mirarlo ahora como una amenaza real y muy, muy presente.
Las políticas económicas no cambiarán, por la misma razón que el secretario de Defensa sigue en su cargo a pesar de su franca estulticia y sus pifias en otros tiempos imperdonables: el presidente norteamericano, simplemente, no es capaz de reconocer un error, y mucho menos, un fracaso. El presidente domina la televisión, y le gustan los golpes de efecto: nada le vendría mejor, en estos momentos, que un anuncio espectacular —o un suceso inesperado— que le permitiera entusiasmar a sus bases y recuperar la narrativa.
No hay nada tan peligroso que un animal acorralado; mucho, mucho más, cuando se trata de un depredador sin ética con los colmillos afilados y sed de venganza. La desesperación, el miedo, la adrenalina: las dentelladas en búsqueda de la salida más cercana, la más débil, la que pudiera resultar más propicia. La salida que, sin necesidad de buscar más lejos, podría encontrarse —justo— en su propio patio trasero.
