Feliz cumpleaños, papá.
El campeonato mundial de futbol debería suspenderse. No sólo en nuestro país, como fue sugerido por quienes pretendían que algunos partidos cambiasen de sede a Houston, por motivos de seguridad, tras los sucesos en Guadalajara: el mundo está en guerra y, en las condiciones actuales, la realización del evento supone riesgos inasumibles para cualquier gobierno responsable.
El régimen iraní es un experto en las guerras asimétricas, como quedó demostrado con las miríadas de drones que lograron vulnerar el escudo israelí, pero, sobre todo, con el bloqueo selectivo del estratégico paso de Ormuz, cuyo cierre a los buques norteamericanos no sólo compromete a la economía estadunidense sino que ha puesto en jaque al sistema económico mundial. Una jugada lógica, pero que por alguna razón parece no haber sido prevista por el ejército más poderoso del mundo. El presidente Trump se dio cuenta de que no podría liberar el estrecho por sí solo y pidió ayuda a otras naciones, a la manera en que se convocaba a la cristiandad a las cruzadas para rescatar los sitios santos; en esta ocasión, sin embargo, lo que el estadunidense trata de salvar es la economía norteamericana, así como la mayoría republicana en las elecciones intermedias. Francia, por lo pronto, declinó la invitación.
La caja de Pandora ha sido abierta, y su contenido apenas comienza a derramarse. El régimen iraní es un experto en guerras asimétricas y tiene células incrustadas en sus países enemigos, los llamados sleepers. Células que forman parte de la comunidad en la que viven de manera normal, pero que trabajan de manera secreta a la espera de la orden de un líder no sólo político sino religioso, bajo cuya perspectiva el martirio no es un castigo sino la esencia misma de su fe. La Guardia Revolucionaria Islámica no necesita de misiles para cobrar su venganza cuando cuenta con mártires dispuestos a morir causando el mayor daño posible: lo único que necesita, en realidad, es calcular el momento adecuado.
El campeonato mundial de futbol debería suspenderse. No sólo en nuestro país, que tendría que solicitarlo así por la seguridad de la ciudadanía, sino en todas y cada una de sus sedes. El riesgo de un atentado terrorista es enorme y se incrementa por momentos, como deben estar advirtiendo las autoridades de los tres países involucrados, y las aseguradoras correspondientes, después de cada declaración y ataque del presidente norteamericano. La guerra que apenas inicia no terminará con la liberación del estrecho o el derrocamiento del régimen iraní, ni mucho menos con una mera declaración de cese de hostilidades por parte del mandatario estadunidense. La caja de Pandora esta abierta, y los rencores se siguen acumulando: a partir de ahora, cualquier escenario es posible.
Cualquiera. Se conoce como “operaciones de bandera falsa” a las operaciones encubiertas, detrás de un hecho violento, para atribuir su autoría a un tercero y construir un casus belli suficiente para justificar una intervención militar. Los ejemplos abundan, sobre todo en la historia norteamericana: la explosión del Maine en 1898, que desató la guerra con España por Cuba; el incidente de Tonkin de 1964, que desencadenó la intervención en Vietnam; la invasión de Irak en 2003, por un supuesto arsenal de armas químicas. El ataque a Pearl Harbor, el derribo de las Torres Gemelas. Los gringos, por alguna extraña casualidad, siempre van a la guerra por razones similares.
Tres países, 16 ciudades, 104 partidos. 39 largos días en los que la atención del mundo entero estará volcada en un evento de por sí complicado, en el que no hace falta sino un solo incidente para desatar una catástrofe de consecuencias inimaginables. 39 días en los que podría pasar, literalmente, cualquier cosa. Lo que ahora vivimos, recordando con miedo a Tom Clancy, son los tiempos de la suma de todos los miedos. Cancelen el Mundial.
