Su único dios es el dinero

‘Se acabó la corrupción’, solía responder el expresidente López Obrador, agitando su pañuelo blanco, ante cualquier cuestionamiento sobre actos de corrupción en su gobierno. ‘No somos iguales’, afirmaba antes de recordar otra vez a su público lo malo que era ...

‘Se acabó la corrupción’, solía responder el expresidente López Obrador, agitando su pañuelo blanco, ante cualquier cuestionamiento sobre actos de corrupción en su gobierno. ‘No somos iguales’, afirmaba antes de recordar otra vez a su público lo malo que era García Luna. ‘¿Cuánto gana Loret?’, era la pregunta con la que terminaba su rutina.

‘No mentir, no robar, no traicionar al pueblo’. El lema quedaría inscrito, en el imaginario colectivo, como el mantra que daba sentido a la esperanza depositada en el líder carismático. Las evidencias dejaron de importar en tanto contradijesen lo que la gente deseaba seguir creyendo: el Presidente era un hombre sencillo y honesto, a quien los poderosos odiaban porque había llegado a repartir entre los pobres el dinero que ellos antes se robaban. ‘Por eso quieren regresar’, advertía cuando las críticas a su administración se intensificaban. ‘Sólo les interesa seguir robando’, señalaba. ‘Su único dios es el dinero, ése es el fondo del asunto’.

El llamado ‘huachicol fiscal’ –esto es, el contrabando de combustibles con la connivencia de las autoridades– ha representado pérdidas al Estado mexicano, entre 2018 y 2024, que oscilan entre los 800 mil millones y un billón de pesos: para entender mejor la magnitud de las cifras, bastaría recordar que la inversión total en el Tren Maya fue de alrededor de 540 mil millones de pesos, mientras que la refinería de Dos Bocas no superaría los 380 mil millones, con todo y las corruptelas que envolvieron, durante su construcción, a los dos proyectos. ‘A huevo, la red de corrupción’, celebraba el sobrino del expresidente López Obrador en una llamada telefónica con su socio Amílcar Olán, filtrada por Latinus en marzo de 2024. ‘Ya cuando se descarrile el tren va a ser otro pedo’.

En términos llanos, y de acuerdo con las cifras proporcionadas por el propio gobierno, el monto de lo robado tan sólo en combustibles durante el sexenio de López Obrador hubiera sido suficiente para construir un tren y medio más, o dos refinerías inútiles adicionales. En vacunas, durante la pandemia de covid, se gastaron alrededor de 40 mil millones, menos de una vigésima parte; el plan federal para la reconstrucción de Acapulco, tras el paso del huracán Otis, apenas rebasó los 61 mil millones de pesos, menos de 8% del total del que sin duda es el caso de corrupción más grave de la historia de nuestro país. Un desfalco que podría haber sido detenido antes, mucho antes, si no hubiéramos estado distraídos mirando al prestidigitador del bienestar cuando agitaba su pañuelo blanco. ‘Se acabó la corrupción’, decidió seguir creyendo la gente que había recibido los programas sociales por adelantado y eligió, en las urnas, la continuación de un segundo piso.

La realidad no podría ser más distinta, sin embargo. El legado de corrupción de Andrés Manuel López Obrador no se limita al ‘huachicol fiscal’, sino que se extiende a lo largo y ancho del gobierno y la administración pública entera: desde el fraude en Segalmex –que, de acuerdo con MCCI, podría rebasar los 15 mil millones de pesos– hasta la detención en Paraguay de quien fuera jefe de la policía bajo la administración de su ‘hermano’, por encabezar, al mismo tiempo, una de las bandas criminales más sanguinarias del país.

Desde la cercanía con Cuba, Venezuela o Rusia, hasta las incomprensibles visitas a Badiraguato; desde la implicación de quien fuera jefe de Oficina durante su presidencia, hasta las acusaciones recientes de corrupción sobre elementos de la Secretaría de Marina, quienes morirían unas horas después de forma inexplicable. ‘Sólo les interesa seguir robando’, había advertido sin pensar que las palabras habrían de describir a su círculo más cercano. ‘Su único dios es el dinero, ése es el fondo del asunto’.

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