El imperio que se derrumba

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

A mis hijas.

“La gran lección de las operaciones en Suez es que la opinión pública mundial se ha convertido en una principio esencial de la guerra y, como tal, debería ser considerada”, reflexionaba el general Charles Keightley, en octubre de 1957, tras la fallida intervención anglofrancesa para recuperar el control del canal que entonces paralizaba al mundo. Aquella derrota en el Canal de Suez, a la postre, marcaría el final del Imperio Británico.

La invasión había sido fruto de un plan secreto entre Israel, Francia y el Reino Unido en la pequeña ciudad de Sèvres, en octubre de 1956, cuya ejecución se realizó sin asegurar previamente el consenso de la comunidad internacional. “Sin importar el éxito que puedan tener las operaciones militares, el objetivo no se logrará a menos que la opinión pública nacional, la de nuestros países aliados y la del mundo occidental estén lo suficientemente de nuestro lado”, apuntaba con tino Keightley, quien había estado al mando de la fuerza binacional y las operaciones militares para recuperar el canal en el que habían basado toda su economía.

“Un frente sólido de la mayoría de la Commonwealth, de haberse logrado, habría neutralizado en buena medida la oposición de las otras naciones”, apuntó. “Pero fueron los actos de los Estados Unidos los que realmente nos derrotaron para alcanzar nuestro objetivo”, señaló el general con un dejo de amargura. En aquél entonces —vale la pena más que nunca recordar— los EEUU apostaron al multilateralismo y lograron doblegar las pretensiones de Francia y Reino Unido en la asamblea general de las Naciones Unidas. El apoyo, incluso entre aliados, tenía que ganarse y así fue demostrado: la lección era clara, y el general trató de aclarar los errores cometidos para que no volvieran a repetirse.

“¿Por que no informaron a sus aliados en Europa y Asia sobre la guerra antes de atacar a Irán?”, cuestionó un reportero al presidente Trump, en conferencia de prensa junto a la primer ministro de Japón tras su visita a la Casa Blanca. “Queríamos aprovechar el factor de la sorpresa”, respondió un mandatario que no ha prestado suficiente atención a las lecciones de la historia contemporánea, antes de soltar una gracejada de indudable mal gusto. El apoyo, incluso entre naciones aliadas, no es algo que pueda darse por descontado. Sobre todo cuando implica operaciones militares: los acuerdos secretos no funcionan, jamás, cuando no se cuenta ni siquiera con el respaldo pleno de la ciudadanía que a final de cuentas aportará a sus hijos como carne de cañón al frente de batalla. Trump ha decidido ir por su cuenta —como si fuera un rey— y los EEUU ahora enfrentan la muy posible derrota de una guerra iniciada por ellos mismos, sin que nunca hubiera sido necesaria.

“América no tiene reyes”, reza la consigna que ha unido a millones de norteamericanos en protestas contra el presidente Trump y sus ambiciones hegemónicas. La más reciente el fin de semana pasado, en una manifestación multitudinaria que se extendió a lo largo del territorio estadunidense y que refleja, de forma fehaciente, el verdadero state of the union norteamericano: los gringos están cansados, también, y no encuentran la forma de despertar —de una vez por todas— de lo que supone la pesadilla naranja para sus vidas. La civilización occidental, que ya arde ante sus problemas actuales, se enfrenta al desafío inminente de la reconfiguración del mundo moderno.

En el medio de todo, nos encontramos nosotros. Aliados estratégicos, vecinos distantes, patio trasero de un imperio que se derrumba por sus propios vicios mientras libramos nuestras propias y absurdas batallas. El mundo se cae, literalmente, mientras la Presidenta de México se desgañita por defender una reforma electoral que le permita aparecer en las urnas de la elección intermedia: lo que se avecina en los próximos meses, con el fracaso del mundial de la FIFA y la renegociación del Tratado con América del Norte, no será sino la puntilla que deberíamos haber anticipado.

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