Con China no pudo, con Rusia no se atreve
La historia se repite siempre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como comedia. La Guerra Fría fue un periodo de tensión política, económica, social y militar que se desarrolló al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y que se caracterizó por la lucha ...
La historia se repite siempre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como comedia. La Guerra Fría fue un periodo de tensión política, económica, social y militar que se desarrolló al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y que se caracterizó por la lucha pasiva entre dos potencias rivales que tenían el poder suficiente para destruir a la otra, pero al mismo tiempo sabían que no podrían sobrevivir al enfrentamiento.
La Guerra Fría fue despiadada, aunque nunca llegó al combate directo. Las tácticas eran más sutiles en aquellos tiempos: amenazas veladas, carrera armamentista, enfrentamientos violentos que se desarrollaban en países geográficamente lejanos, pero estratégicos en el tablero global, y que contaban con la asesoría y financiamiento de ambas potencias. Algunos gobiernos cayeron, otros se verían fortalecidos: al cabo de unas cuantas décadas el panorama mundial habría cambiado por completo. El Muro de Berlín se derrumbó por su propio peso, y en su vorágine arrastró no sólo a la Unión Soviética, sino a sus países satélite: lo que triunfó en aquel momento, sin embargo, no fue la lucha del capitalismo sobre el socialismo, sino aquella de la democracia sobre el autoritarismo.
La historia se repite dos veces, la primera como una tragedia épica y la segunda no más que como una comedia triste. El presidente norteamericano nació durante la Guerra Fría, y logró su fortuna al amparo del capitalismo salvaje de la época: su forma de entender el mundo, y de plantear soluciones a los problemas que ahora está enfrentando, se basa en la visión de un hombre que creció en una realidad que hoy está caduca. Una realidad en la que se silbaba al aire la tonada de la serie Combate, y en la que Roy Rogers seguía haciendo justicia, airoso, sobre su caballo Trigger…
El presidente norteamericano ha construido un laberinto del que no es capaz de salir. El mandatario nunca ha sabido cómo concretar sus planes, tal y como lo sugerimos en estas mismas páginas en 2017, cuando pretendía hacernos pagar por el muro que entonces era la ocurrencia de turno (“Trump no tiene ni puta idea”. Excélsior, 30-01-2017). La política norteamericana se ha convertido en un circo de varias pistas, bajo el control del malabarista principal y la asesoría cercana de un lanzador de cuchillos que demostró su capacidad operativa arrojando una piedra sobre el vehículo que promocionaba sin saber si servía. Una imagen que definiría, como ninguna otra, lo que vivimos ahora.
Un día sí, al otro quién sabe. Los aranceles van y los aranceles vienen: la credibilidad y confianza, mientras tanto, se siguen resquebrajando. El Día de la Liberación no fue sino el precedente al día del arrepentimiento, y a los días —y semanas— de las protestas sociales generalizadas. A la rebelión interna, a la búsqueda de contrapesos institucionales por parte de su propio partido: a la rebelión externa, y al fortalecimiento de la relación entre los países que ahora resienten las decisiones del tirano. A las excepciones en los aranceles la Guerra Fría de Trump está en marcha, aunque el mandatario no se haya dado cuenta de que el apoyo no se gana sólo con amenazas: el presidente de EU, para su sorpresa, habrá de librar esta batalla por su cuenta. Donald Trump, en los hechos, se ha quedado solo.
Trump está solo, pero no manco: ése es, en los hechos, el mayor peligro que representa. Para su propio país, para el mundo entero: para sus vecinos, para quien resulte ser el eslabón más débil de la cadena comercial. Para quien dependa enteramente de la relación con EU, habiendo cerrado sus representaciones en otros países el sexenio pasado por meras cuestiones ideológicas: para quien siga defendiendo una política pública fallida, mientras se acumulan pruebas sobre la posible colusión de su antecesor con el crimen organizado.
Con China no pudo, con Rusia no se atreve: con la Unión Europea, si acaso, tratará. Los gringos —hay que saberlo— no barren las escaleras de arriba para abajo: suelen comenzar, casi siempre, por el patio trasero.
