¿Por qué odia tanto el presidente Andrés Manuel López Obrador? ¿Durante los 12 años que estuvo peleando la Presidencia, su ira y su rencor se fue acumulando? Todo indica que así es y, hoy, desde el poder, quiere hacerle pagar a quien se ponga frente a sus años de amargura.
Resulta incongruente e incompresible que, para un hombre cristiano, que se dice humanista y seguidor de Jesucristo, tenga tantas ganas de vengarse, de destruir y controlar a los demás. A lo largo de su gobierno, ha ido sumando a su libretita de los rencores a instituciones, personas, organizaciones, profesiones y comunidades dejando claro que su capacidad de odiar es mucho más grande y eficiente que la de gobernar.
El 17 de febrero de 2019, se publicó en este espacio la primera Libretita de los rencores del Presidente. Para esa fecha, ya había demostrado su animadversión por los investigadores del Conacyt, funcionarios de la Cofece, el Inai, la CRE, los exfuncionarios que aceptaron trabajar en empresas privadas trasnacionales, los ministros de la SCJN que ganaban altos salarios, las farmacéuticas, las organizaciones de la sociedad civil, las empresas españolas, los medios nacionales e internacionales que lo criticaban, así como columnistas, articulistas e intelectuales y, por supuesto, la oposición.
El 17 de mayo de 2020, hubo una segunda Libretita de los rencores. En esa ocasión, el mandatario mexicano sumó a ingenieros, arquitectos y economistas que sentían que eran los únicos capacitados para hacer caminos, casas o propuestas de política económica. Por primera vez, metió a los médicos, a quienes calificó de avaros y, por supuesto, se les fue encima a los padres de familia que luchaban porque sus hijos con cáncer tuvieran los medicamentos que necesitaban. Criticó también a las mujeres que exigían seguridad, a los empresarios que pedían apoyos para enfrentar la pandemia y al INE, al que ya no soltó jamás.
Pero el odio del Presidente es interminable. El 15 de marzo de 2021 hubo una tercera entrega de la Libretita de los rencores. Para ese momento, el Presidente había sumado a la ONU, a la que llamó “florero”; a los abogados, a quienes criticó por defender a empresas extranjeras; a la Auditoría Superior de la Federación, porque había sacado varias irregularidades en su gobierno. Además, arremetió —y mandó investigar— a los jueces que ampararon a las empresas contra la reforma eléctrica.
Pero el Presidente sigue y sigue acumulando rencor. En estos meses, sumó a las organizaciones de la sociedad civil y activistas medioambientales que han pedido que el Tren Maya tenga la Manifestación de Impacto Ambiental requerida por ley, a actores y actrices que se sumaron a esta petición, y a la UNAM, porque consideró que se ha derechizado, aunque hay quien dice que a la máxima casa de estudios la odia porque tuvieron que pasar 14 años para que pudiera titularse.
A la clase media que, en las elecciones intermedias, no le dió el voto de confianza y le hizo perder mayoría constitucional en la Cámara de Diputados, con lo que se fue despidiendo de sus reformas. Esta semana, mostró su desprecio también por los médicos mexicanos y mandó al carajo a quienes critican su iniciativa de contratar doctores cubanos.
Ya quisieran todos estos grupos tener el trato y la deferencia que el tabasqueño le da a los cárteles e integrantes del crimen organizado, a quienes jamás les ha levantado ni la voz y, que por supuesto, nunca estarán en su libretita de los rencores.
Por supuesto, tanto coraje desde el poder, ha provocado un país dividido. López Obrador parece no darse cuenta de que el que siembra odio cosecha tempestades: las cifras de homicidios, de masacres, deberían darle una pista, pero el mandatario no quiere escuchar.
