¿Cuántos más?
Las primeras semanas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador han sido todo, menos aburridas. Ha llevado a los mercados y a la ciudadanía a una montaña rusa en donde las bajadas y subidas son tan pronunciadas que no se sabe si reír, llorar, disfrutar o de plano ...

Vianey Esquinca
La inmaculada percepción
Las primeras semanas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador han sido todo, menos aburridas. Ha llevado a los mercados y a la ciudadanía a una montaña rusa en donde las bajadas y subidas son tan pronunciadas que no se sabe si reír, llorar, disfrutar o de plano vomitarse.
Algunas de esas circunstancias que traen a muchos de cabeza y a otros en total sublimación han sido creadas por el mandatario, mientras que otras han sido meramente circunstanciales.
El 2 de julio, los motores empezaron a prenderse y se les pidió a los presentes abrocharse los cinturones para vivir una nueva aventura de 6 años. La cancelación del NAIM en Texcoco inició con una fuerte turbulencia en los mercados acompañada de miles de caras de sorpresa de quienes no atinaban a creer que de verdad estaba cancelando la obra de infraestructura más largamente acariciada y esperada por muchos sectores y ciudadanos.
Cuando los mercados estaban apenas enjugándose las lágrimas y saliendo del estupor, llegó el senador Ricardo Monreal, quien hizo eco a la iniciativa de borrar de un plumazo las comisiones bancarias, dejando de rodillas nuevamente a los grupos financieros quienes pedían #ConLosMercadosNo.
Si alguien pensaba que diciembre sería el mes para procesar estos dos hechos y dedicarse a la contemplación, se equivocó. Las fiestas navideñas se ensombrecieron por una de las crisis más importantes que ha tenido el Presidente. La muerte de la recién electa gobernadora de Puebla y su esposo, de una manera extraña, por calificarla de alguna manera, vinieron a cimbrar (nuevamente) al país.
Mientras muchos intentaban entender el accidente de los poblanos, el tabasqueño inició una guerra contra el huachicol que llevó al país a un desabasto de gasolina, largas filas de autos, compras de pánico y desesperación. Situación que se vio atizada por la explosión de Tlahuelilpan, Hidalgo, donde más de 100 personas perdieron la vida. Para rematar, sucedió la crisis de Venezuela en la que el gobierno mexicano decidió tomar distancia.
¡Todo esto en menos de dos meses de gobierno! En cada una de estas situaciones hay varias coincidencias: 1. La comunicación ha sido unipersonal. Es López Obrador el único vocero y el que reparte el micrófono.
2. Como lo hiciera en la campaña, la única explicación de todo lo que ha sucedido a juicio del Presidente es que ha habido corrupción. Si se canceló el aeropuerto es porque tenía que parar con la corrupción, si se quemaron más de 100 hidalguenses, es porque la corrupción les quitó oportunidades, si hubo desabasto de gasolina, fue por la corrupción de los gobiernos neoliberales.
3. En todas estas acciones ha contado con el apoyo mayoritario de los ciudadanos, quienes no sólo “le han dado el beneficio de la duda”, sino que realmente confían en él, y aunque algunas de sus razones, conceptos o motivaciones pueden sonar hasta ridículas, se lo perdonan porque les urge creer.
4. Sin embargo, la polarización de campaña se ha extendido hasta el día de hoy. No hay grises, estás a favor o en contra del Presidente. Eres fifí o chairo.
5. Los contrapesos se han quedado callados, han sido silenciados o simplemente ven con frustración que no pueden ante la enorme popularidad del morenista.
6. El Ejecutivo se ha salido con la suya sin ver mermada su popularidad.
Aquí la pregunta es: ¿Cuántos más de estos hechos aguantará López Obrador sin que “su plumaje” se manche? ¿el discurso y la sola presencia del mandatario seguirán siendo suficientes para apagar las crisis? Eso sólo el tiempo lo dirá. Por lo pronto, la montaña rusa sigue y no se sabe si viene una curva, una recta, una bajada o una subida.