Desde 1952, la psicología cuenta con una herramienta clínica para definir los trastornos mentales, el Manual estadístico y diagnóstico de desórdenes mentales, mejor conocido como DSM, por sus siglas en inglés. Dicho manual, elaborado por la American Psychiatric Association, se actualiza cuando es necesario. Por ejemplo, la homosexualidad se consideraba una desviación: moral en el DSM-I (1952), sexual en el DSM-II (1968) –aunque durante su revisión (1973) se ajustó a trastorno de la personalidad–; en el DSM-III (1980) ya no aparecía como trastorno y, a partir del DSM-IV (1994) y en el DSM-V (2013), dejó de considerarse una variante patológica, pasando a ser una orientación sexual normal. Los primeros dos DSM contenían otro término interesante, aportado por la psicología francesa: folie à deux, que en español se suele traducir como “locura compartida” (por dos, al menos), y que en los manuales siguientes se renombró como trastorno delirante compartido. Este trastorno hace referencia a un delirio, o pensamiento paranoico, que se refuerza mutuamente entre personas que ven sus creencias corroboradas por argumentos lógicos convincentes, aunque éstos puedan llegar a ser falsos o meras coincidencias.
Una semana después de haber recordado, en este mismo espacio, la teoría generacional de Strauss-Howe, la cual propone que cada 80 años, más o menos, se produce una crisis que lleva a la caída del orden conocido para su posterior reinvención, el primer ministro canadiense, Mark Carney, aseguró, como parte de su discurso pronunciado en Davos, que “el orden basado en reglas se está desvaneciendo”, y que nos encontramos “en medio de una ruptura, no de una transición” que sustituirá “el orden internacional basado en reglas por un sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias”. Por su parte, la semana pasada, durante un foro en la Universidad Sciences Po de París, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, declaró: “El orden mundial que conocemos, por el que hemos luchado durante 80 años, ha terminado y no creo que vuelva”.
De manera parecida, días después de haber expuesto en un foro privado la teoría del Gran Filtro, la cual considera la posibilidad de que toda vida inteligente alcance un obstáculo evolutivo tecnológico que impida su propia supervivencia o, dicho de otra forma, que el desfase provocado por un avanzado progreso tecnológico, junto con un precario desarrollo social, podría hacer que las especies evolucionadas siempre acaben suicidándose, se publicó la actualización del Reloj del Juicio Final. El 27 de enero, la Junta de Ciencias y Seguridad del Boletín de científicos atómicos, difundió un comunicado en el cual explican las razones por las que consideran que nos queda menos tiempo que nunca para la medianoche (apocalipsis). Lo curioso es que, tanto los científicos que defienden la teoría del Gran Filtro como los que elaboran el mencionado boletín coinciden en cuáles son las amenazas que enfrenta nuestra supervivencia. Éstas son: riesgo nuclear (ahora intensificado, debido a que EU, Rusia y China se han vuelto más hostiles y nacionalistas); el colapso climático y ecológico inducido tecnológicamente; las amenazas biológicas por pandemias, ingeniería genética descontrolada y creación de bioarmas; la utilización de inteligencia artificial no alineada a protocolos de seguridad humanos, y la posibilidad de crear nanotecnología autorreplicante.
Con este panorama, lo más halagüeño es desear que simplemente algunos estemos padeciendo folie à deux.
Cronología
Desde su creación, en 1947, lo más alejado que ha estado el Reloj del Apocalipsis de la medianoche han sido 12 min (1963), tras el Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares; y 17 min (1991) por el fin de la Guerra Fría. Lo más cercano hasta ahora son 89 s (2025) y 85 s (2026).
