Desde el comienzo del segundo mandato del presidente de Estados Unidos se vaticinaba que sus decisiones provocarían un cambio en el equilibrio económico y político internacional. En cuanto al comercio, la historia comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se creó, en 1947, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, mejor conocido como GATT, por sus siglas en inglés. Dicho acuerdo funcionó como base del comercio internacional durante casi 50 años. Llegados los años 90, y como respuesta a la entrada en vigor del Mercado Único Europeo en 1993, Estados Unidos impulsó una mayor apertura comercial con México y Canadá, con la firma del TLCAN, en 1994. Este tratado volvió a América del Norte la zona de libre comercio con mayor PIB combinado, consolidándola como el bloque comercial más grande en cuanto a peso económico, del mundo. Sustituyendo al GATT, en 1995 se creó la Organización Mundial de Comercio. Según esta última, actualmente existen 375 acuerdos comerciales regionales en vigor; sin embargo, hemos comenzado a pasar de aquella tendencia globalizadora generalizada a una desglobalización selectiva, iniciando con la renegociación del TLCAN, durante el primer mandato de Trump, que acabó entrando en vigor en 2020 ya bajo el nombre de T-MEC, y continuando con su imposición de aranceles a 185 países.
Ahora se empieza a confirmar lo que algunos temíamos: las tarifas arancelarias impuestas por el mandatario estadounidense están propiciando cada vez más un viraje mundial hacia el proteccionismo, sustituyendo la integración global por un friendshoring, es decir, privilegiando el abastecimiento de bienes provenientes de países aliados políticos por sobre la eficiencia económica. Un inquietante ejemplo de esto es la consolidación del RCEP, la Asociación Económica Integral Regional de países de Asia y Oceanía, que desde 2020 se convirtió en el acuerdo de libre comercio más grande del mundo.
En el tema político, la historia es parecida: tras la Segunda Guerra Mundial se creó la ONU para mantener la paz y la seguridad entre las naciones. El Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas se puede considerar el corazón de la Organización. En él se recogen los principios a los que acordaron someterse los Miembros. Específicamente, el punto 4 de dicho Artículo estipula que: “Los Miembros de la Organización, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Durante su primer mandato, el presidente estadunidense ya había ordenado acciones militares en contra de un general iraní, a pesar de pertenecer ni más ni menos que a un país miembro y fundador de dicha Organización, y en 2025 bombardeó las instalaciones nucleares de dicho país. Venezuela es el segundo miembro fundador atacado por él.
Ahora se empieza a confirmar lo otro que también temíamos: es probable que estemos ante el principio del fin de las instituciones de posguerra que intentaron traer paz y brindar un equilibrio político a través del derecho internacional. Puede ser que, con estas acciones, el país hegemónico en el orden internacional actual haya inaugurado un nuevo paradigma geopolítico que divida al mundo en zonas de influencia. Por supuesto, a la cabeza de Oriente habrá que considerar a sus adversarios, Rusia y China, los “amigos de acero”. Ese podría ser el resultado lógico de haber asestado estocadas al corazón de la ONU.
MEMENTO
El Senado de México condenó la invasión militar en Venezuela por violar el derecho internacional. Lo curioso es que, en marzo de 2022, lejos de condenar la invasión de Rusia a Ucrania, algunos de esos hoy senadores, entonces diputados, crearon un Grupo de Amistad México-Federación de Rusia.
