T-MEC educativo
La educación en línea ofrece oportunidades asequibles, como los proyectos COIL (Collaborative Online International Learning), que ya conectan a estudiantes y profesores de ambos países en experiencias conjuntas a través de plataformas virtuales. También se están desarrollando programas académicos vinculados al nearshoring, como los acuerdos entre Cetys y la Universidad de Arizona, y alianzas subregionales como Calibaja, que busca fortalecer la colaboración entre Baja California y California.
El año 2025 será un punto crucial para las negociaciones del T-MEC, en miras a su formalización en 2026. México, como principal socio comercial de Estados Unidos, ha sostenido esta relación estratégica durante más de tres décadas. Sin embargo, un clima de incertidumbre inquieta a políticos y empresarios mexicanos ante el regreso de Donald Trump a la presidencia, lo que podría amenazar acuerdos de gran trascendencia como éste. Pese a ello, desde su inicio, el TLCAN, precursor del T-MEC, dejó fuera un tema fundamental: la educación.
En contraste, la Unión Europea no se limitó a lo económico y comercial; ellos incluyeron acuerdos culturales y educativos. Iniciativas como el programa Erasmus o los acuerdos de Bolonia han logrado articular a las universidades europeas, fomentando intercambios y colaboraciones que refuerzan la identidad de un bloque unido. Ciertamente, la relación educativa entre México y Estados Unidos evidencia una brecha considerable, sin embargo pienso que podría hacerse mucho más en esta región.
EU lidera los rankings educativos a nivel mundial, con la mayoría de las mejores universidades en su territorio. Para México, este vecino representa 40% de sus colaboraciones internacionales en investigación, pero para Estados Unidos, México apenas alcanza 2%. Aunque somos vecinos, México ocupa el undécimo lugar en estudiantes matriculados en universidades estadunidenses, superado por países como Corea del Sur o Vietnam. De forma igualmente desconcertante, más estudiantes estadunidenses eligen a Costa Rica que a México como destino educativo. Estos datos reflejan un desequilibrio que se suma a la disminución del presupuesto educativo mexicano y los recortes de Conacyt a programas de becas y estudios en el extranjero desde 2019.
A pesar de las dificultades, hay razones para ser optimistas sobre el futuro de la cooperación educativa en Norteamérica. Mesas de trabajo impulsadas por el Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego ya han explorado posibles soluciones. Una de ellas es flexibilizar los planes de estudio para facilitar intercambios más breves y modulares, además de ampliar los programas de doble grado y fomentar iniciativas de emprendimiento binacional.
La educación en línea ofrece oportunidades asequibles, como los proyectos COIL (Collaborative Online International Learning), que ya conectan a estudiantes y profesores de ambos países en experiencias conjuntas a través de plataformas virtuales. También se están desarrollando programas académicos vinculados al nearshoring, como los acuerdos entre Cetys y la Universidad de Arizona, y alianzas subregionales como Calibaja, que busca fortalecer la colaboración entre Baja California y California. La Universidad de Harvard fundó un Laboratorio D^3 que pretende entender los cambios que generará la Inteligencia Artificial en distintas industrias y ha involucrado a investigadores de universidades portuguesas y, recientemente, mexicanas.
Imaginemos un marco similar al europeo, donde la colaboración educativa trascienda la voluntad de instituciones aisladas y se consolide bajo un marco binacional. Proyectos conjuntos enfocados en el cambio climático, la seguridad o el desarrollo urbano podrían ser el punto de partida para una integración más sólida. La clave está en que gobiernos y universidades reconozcan que invertir en educación no sólo fomenta el desarrollo económico, sino que también fortalece la identidad y los valores compartidos de esta región.
Aunque parece improbable que el T-MEC 2026 incluya un capítulo educativo, no debemos descartar la posibilidad de generar plataformas que impulsen la educación en México. Más que una aspiración, esta debería ser una prioridad estratégica para asegurar un futuro próspero y competitivo para Norteamérica.
