Sudamérica, con las peores tendencias en métricas universitarias

Esta semana se dieron a conocer los resultados del ranking mundial de universidades, realizado por Times Higher Education THE. Su plataforma, The World University Rankings, es una de las herramientas más conocidas para evaluar universidades de todo el mundo. El THE ...

Esta semana se dieron a conocer los resultados del ranking mundial de universidades, realizado por Times Higher Education (THE). Su plataforma, The World University Rankings, es una de las herramientas más conocidas para evaluar universidades de todo el mundo.

El THE incluye 13 métricas agrupadas en cinco pilares y evalúa a 1,800 universidades de 104 países. Se basa en datos duros extraídos de fuentes sólidas como Scopus de Elsevier. Si una universidad quiere ingresar al ranking necesita un número mínimo –que no es pequeño– de productos de investigación durante al menos cinco años. Las mejores universidades del mundo están todas incluidas y los primeros lugares suelen ser ocupados por Oxford, Harvard, Cambridge, MIT y Stanford, entre otras.

Los rankings con frecuencia son engañosos. No reflejan toda la realidad de las instituciones de educación superior. Por ello, en algunos casos, al no considerar variables importantes de estas organizaciones, la evaluación resulta parcial y, en consecuencia, la posición obtenida es injusta. Como toda herramienta, tiene sesgos que hay que entender a profundidad para evitar juicios apresurados. En ese sentido, gobernar una universidad basados prioritariamente en los rankings podría constituir un error.

Sin embargo, también es cierto que los rankings tienen información valiosa, comparativos principalmente, que muestran aspectos muy importantes –la investigación, docencia o la vinculación internacional, por referir algunos ejemplos– que vale la pena tomar en cuenta, sobre todo en lo relacionado con la mejora continua de una universidad, un país o una región.

Dicho lo anterior, si analizamos las tendencias de los últimos años así como el caso concreto del ranking 2023 publicado esta semana, podemos observar que, tristemente, Sudamérica se ha convertido en la región con las peores tendencias en aspectos como la investigación, citación, enseñanza, internacionalización o vinculación con la industria.

Si bien México y Centroamérica no están considerados en la región sudamericana, siguen un patrón más parecido a aquella región que a Norteamérica, en el cual no se muestran tendencias especialmente positivas, como sí se observan de manera llamativamente creciente en África, Asia y Oceanía. África, por ejemplo, tuvo el mayor incremento en el número de universidades enlistadas, pasando de 71 a 97. Dentro de estos bloques, llama también la atención la notable evolución de algunos países como Nigeria, Malasia, Irán, Egipto, Pakistán, Emiratos Árabes, Arabia Saudita, Marruecos y Jordania.

La investigación es uno de los aspectos más importantes en estos análisis. En este caso, abarca 60% del ranking; de este monto, la mitad refiere a las citas de los investigadores. En estos resultados destacan Norteamérica y Oceanía. Desgraciadamente, Sudamérica aparece en el último lugar. Además, con decrecimiento en la citación, a diferencia del caso africano.

En el rubro de “Enseñanza”, un sobrado primer lugar lo obtiene Norteamérica. África es el último lugar, pero su tendencia es positiva y está muy cerca de alcanzar a Sudamérica. En “la vinculación con la industria” o la “internacionalización”, de nueva cuenta Sudamérica representa las peores tendencias.

Quizá no es casualidad la situación política y social que estamos viviendo en Latinoamérica. La polarización y las disputas internas posiblemente no han favorecido –o, al menos, claramente no han beneficiado– a la educación superior, como se puede comprobar en la gran mayoría de las métricas observadas. En algunos países se podría señalar hasta cierta incomprensible minusvaloración de la educación universitaria. Hemos visto cómo algunos órganos de gobierno relacionados con la investigación en ocasiones se han convertido más en herramientas políticas que en potenciadores de estrategias sólidas de investigación o desarrollo.

Más allá de si son gobiernos de derechas o izquierdas, en la Latinoamérica actual es difícil encontrar países que destaquen por su inversión en educación, incremento en investigación, mejora de la enseñanza, colaboración internacional, patentes o en otras muchas variables que, más que ser claves en un ranking, son neurálgicas en el desarrollo nacional.

¿Por qué los países europeos que han cambiado entre izquierdas y derechas o los norteamericanos que suelen alternar entre republicanos y demócratas sí han logrado tendencias positivas a diferencia de Latinoamérica? Si el análisis presentado se limitara a comparar nuestra región con Europa, Oceanía o Estados Unidos, podría ser injusto, por la marcada diferencia económica, pero al compararlo con las regiones africanas, asiáticas y algunos otros de los mencionados, podemos inferir que algo están haciendo bien ellos que nosotros no estamos siendo capaces de lograr y de lo cual podríamos aprender.

La calidad educativa no tendría que estar tan correlacionada con los gobiernos en turno, sino con estrategias de largo plazo. Al mismo tiempo, estoy convencido que la agenda política, independientemente de sus ideologías, siempre tendría que favorecer las estrategias educativas con las que millones de personas se juegan en parte su futuro y posibilidades de desarrollo.

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