La audiencia también tiene derecho a la verdad

El futbol es sólo un ejemplo de lo que ocurre en otros sectores. También en la educación, la política, la cultura, la sociedad, etcétera, inquietar a las audiencias, la polémica, el sensacionalismo y el espectáculo son actores protagónicos por encima de posiciones sensatas, ponderadas y objetivas.

En La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa muestra que ―en el mundo contemporáneo― lo exitoso y vendible se presenta como lo bueno, mientras que el fracaso y lo que no conquista al público es malo. Una peligrosa identificación entre lo que gusta y lo que vale la pena. Bajo esta lógica, protagónica en nuestros días, se extraña un valor más sólido, independiente de la apreciación mercantil.

No aburrirse, privilegiar al dios sabroso, regalón y frívolo es parte de la cultura actual, diría el Nobel peruano. La actuación de algunos líderes de opinión en torno al Mundial de Futbol es un buen ejemplo sobre la relevancia de la teatralidad. El conocido caso del Canelo y Messi puede ayudarnos a ilustrar la idea. El hecho objetivo es un video donde el argentino interactúa con la bandera mexicana. Las primeras frases de la interpretación del Canelo ante lo ocurrido, contundentes, generan una enorme cantidad de comentarios, lamentaciones, irritaciones y memes. Si el Canelo hubiera optado por una vía más dialogante, la cantidad de respuestas habría sido, sin duda, menor. Pero eligió un camino que la opinión pública y la civilización del espectáculo privilegian.

En un siguiente acto (nunca mejor dicho), los comentaristas deportivos se decantan por apoyar de manera rotunda al Canelo o defender a ultranza a Messi. En realidad, no importa quién esté de qué lado, sino que existan ambos extremos para que la audiencia se entretenga.

Posteriormente, Messi dio su posición al respecto. Al final, el Canelo pide disculpas, quizá asesorado por su equipo de RP. El telón sigue sin caer. Una diputada mexicana propone nombrar persona non grata a Messi por lo acontecido. En ese largo proceso, no parecería haber una búsqueda firme de conocer la verdadera intención de Messi o de analizar la proporcionalidad de la reacción pública ante el hecho objetivo. Lo importante ha sido el espectáculo, la diversión, la polémica.

Siguiendo el ejemplo mundialista, los comentaristas deportivos asumen posiciones extremas, ya sea en una dirección o en la otra, con el objetivo de generar polémica, opiniones y, especialmente, audiencia. Basta revisar un momento Futbol picante, La última palabra o El chiringuito. La controversia consigue más followers que un análisis mesurado y objetivo.

Ante la duda, parece mejor optar por la posición crítica que por el análisis con matices; ser crítico equivale a lo “políticamente correcto”. Si alguna voz hubiera intentado matizar la labor del Tata Martino en el Tri, dos horas después de la eliminación, ponía en riesgo no sólo su integridad física, sino su reputación, su buen nombre, aunque en el fondo pudiera tener una parte de razón. En ese momento importa más desfogar las emociones que hacer una valoración equilibrada. Lejos queda aquella prevención de los clásicos: ante la duda, suspender el juicio y volver pensar.

El futbol es sólo un ejemplo de lo que ocurre en otros sectores. También en la educación, la política, la cultura, la sociedad, etcétera, inquietar a las audiencias, la polémica, el sensacionalismo y el espectáculo son actores protagónicos por encima de posiciones sensatas, ponderadas y objetivas.

En el mundo de la opinión, la “corrección política” actual mantiene una curiosa inclinación. El pesimismo le gana al optimismo; la crítica a la sensatez; el libertinaje a la moral; la imagen a la idea; la banalidad a lo profundo. Independientemente de que a veces tengan cierta razón los primeros, el peso excesivo que se les concede puede oscurecer el acceso a otros aspectos a los que también tenemos derecho como sociedad: el respeto, la complementariedad o, sobre todo, la verdad.

En una democracia es necesaria la crítica, el diálogo, el entretenimiento y la exposición de distintos puntos de vista. Pero también es necesaria la objetividad. De no ser así, la sociedad lo padece de una u otra manera, pues tenemos un menor acceso a referencias sólidas, a un conocimiento certero y a principios firmes que nos garanticen aspectos fundamentales para la vida comunitaria. En aquellos temas que verdaderamente nos importan, en aquellos que definen nuestra existencia, en los que se resuelve la vida, lo que buscamos no es la teatralidad, sino la verdad.

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