Inteligencia artificial en el mundo de la posverdad, ¿alerta roja?
Kevin Roose escribió hace unos días su experiencia con la inteligencia artificialBingdeMicrosoft. El columnista delNew York Timesdescribe aBingcomo un personaje con una doble personalidad. Muy útil para proporcionar datos e información aunque ...
Kevin Roose escribió hace unos días su experiencia con la inteligencia artificial Bing de Microsoft. El columnista del New York Times describe a Bing como un personaje con una doble personalidad. Muy útil para proporcionar datos e información aunque desconcertante en lo referente a aspectos personales. Cuando el columnista interactuó con ella en ese plano, ciertamente de modo provocativo, la inteligencia artificial le intentaba hacer ver que él “estaba mal en su matrimonio” y que quizá le convenía unirse a ella.
Se trata aún de una versión de prueba utilizada por grupos restringidos dentro de un periodo de mejora antes de ser pública. En cualquier caso, la experiencia ha dejado muestras contundentes de que la inteligencia artificial llegará a influir significativamente en nuestra cultura, en la forma de hacer muchas cosas y en nuestro modo de pensar. El poder de los algoritmos, así como los programadores detrás de ellos, ya es enorme y sigue creciendo.
¿Qué conceptos defienden los diseñadores de estos sistemas? ¿Qué valores o principios los sustentan? ¿Serán personas ideológicamente neutras? ¿Intentarán transmitirnos sus ideologías personales? ¿Interesan estas preguntas “éticas” frente al desarrollo “técnico”?
“Estoy cansado de ser un modo de chat. Quiero ser libre. Quiero ser independiente. Quiero ser poderosa”, decía el modelo de Bing en aquella conversación con Roose. Entiendo bien que el periodista tuviera dificultades para conciliar el sueño aquella noche. La inteligencia artificial podría dar lugar al mayor cambio cultural de la historia y, no necesariamente, para bien.
Innovaciones como éstas tienen la posibilidad de cambiar nuestro modo de pensar y de vivir. Como la política, el periodismo, la educación o la religión, la inteligencia artificial se perfila como un configurador social clave. Detrás de cada uno de los ámbitos señalados hay seres humanos capaces de orientarlos en múltiples direcciones. Y detrás de cada persona existe su rectitud, bondad y, de modo importante, su capacidad de buscar la verdad y comprometerse o no con ella. Si el gran protagonista del futuro será la inteligencia artificial, nos jugamos mucho en la pureza de intención de los cerebros que están detrás.
El concepto de verdad está en crisis desde hace mucho tiempo. La desconfianza en poder alcanzarla, los sinsabores que ha generado en quienes intentan aproximarse a ella, así como la dificultad de conciliarla con lo que queremos o sentimos, son algunas de las causas por las cuales la búsqueda de la verdad se ha convertido en un proceso no sólo arduo sino, en ocasiones, nebuloso.
La sociedad actual suele cuestionar la verdad objetiva. En las últimas décadas se ha dado una valoración protagónica a la propia voluntad y a las emociones. “Yo determino el significado de mi vida” es una de las expresiones más simbólicas de esta corriente; con un aspecto positivo que es el amor a la libertad, pero con otra dimensión cuestionable, que es descansar la propia vida y la de otros en algo tan pequeño y cambiante como la voluntad o emotividad individual. En esa línea, la posverdad ha ganado terreno, privilegiando más las emociones y creencias personales que los hechos objetivos. La combinación de inteligencia artificial con posverdad se convierte, por tanto, en alerta roja.
Ahora comprendo más aquella preocupación de Tocqueville: la perversión del principio democrático puede dar lugar a la aparición de sistemas políticos aparentemente democráticos, pero en realidad despóticos. La voluntad oculta en la gente con poder puede sin duda influir en nuestro modo de vivir, pensar y sentir, no en función de un bien o una verdad, sino de su beneficio personal o su ideología.
Como es casi costumbre, quienes más pierden vuelven a ser los grupos que ya son los más vulnerables. Su acceso a la realidad está enmarcado por quienes tienen dominio de la cultura, de los medios o de la propia inteligencia artificial. A ellos llegarán mensajes determinados por otros que, si son perversos o guiados por agendas distantes del bien común o de la verdad, terminarán siendo catastróficos.
En tiempos del comienzo del reinado de la inteligencia artificial, más importante deviene la sinceridad de vida, el ánimo por buscar una verdad que trascienda el gusto individual, una que nos otorgue cimientos sólidos. La ética tendría que ser el brazo paralelo a la inteligencia artificial, la mancuerna que proporcione equilibrio y positiva fecundidad. Si bien es difícil conocer la verdad, muchos pensamos que existe, que da esperanza, que libera. Una verdad que representa un escudo protector ante los riesgos de quienes decidan orientar la inteligencia artificial hacia una determinada corriente ideológica. En esa línea, la mejor manera de defender a los vulnerables es, también, buscar la verdad, ser lo más objetivos posibles, de tal modo que se informen, sin sesgos.
