“El gigante alegre” y la política actual

Chesterton no simpatizaba ni con el capitalismo ni con el socialismo. Le parecía igualmente injusto que los bienes de un país estuvieran en manos de unos pocos o del Estado.

Durante la última semana del año, disfruté enormemente recordando la figura de G. K. Chesterton a través del libro titulado El hombre que fue Chesterton, escrito por José Ramón Ayllón. En primer lugar, el texto me ilustró con la sabiduría del filósofo y periodista. También me divirtió su ingenio y sentido del humor auténticamente “british". Finalmente, no pude dejar de reflexionar sobre el sorprendente paralelismo entre sus pensamientos y el momento político que hoy vivimos, especialmente de cara a las elecciones que este año tendremos en México.

Contemporáneo de Chesterton, Bernard Shaw fue una figura sobresaliente. Nacido en Dublín, se destacó como crítico y dramaturgo. Como dato curioso, se oponía a la vacunación y a la religión organizada. Shaw habría sido el mejor polemista británico de no haber aparecido Chesterton algunos años después. Ambos debatieron sobre diversos temas a lo largo de treinta años, con posiciones usualmente contrapuestas. Ayllón recuerda algunos buenos ejemplos de sus antagonismos: Shaw partidario del Estado, y Chesterton, de la institución familiar; uno vegetariano y abstemio y, el otro, amante de la chuleta y la cerveza; el inglés agradecido con las sagradas limitaciones del ser humano y el irlandés ilusionado con el vuelo ilimitado del “superhombre”.

A pesar de sus enormes diferencias, fueron excelentes amigos y lograron elevar el discurso público sin animosidades gracias a su alto nivel intelectual y a su capacidad de dialogar. Para alcanzar esa armonía, la filosofía de Chesterton desempeñaba un papel crucial. Él creía que, para aceptar una crítica, era necesario reconocer los méritos de la contraparte, no sólo sus defectos. El autor de El hombre que fue jueves era capaz, por ejemplo, de señalar sin tapujos alguna equivocación, pero no por ello tachaba a esa persona como tonta. Podía combatir la estupidez sin herir a la persona ni afectar su buen nombre, como recuerda Ayllón.

Chesterton no simpatizaba ni con el capitalismo ni con el socialismo. Le parecía igualmente injusto que los bienes de un país estuvieran en manos de unos pocos o de una sola entidad, como el Estado. En su opinión, vertida varias décadas antes de la Guerra Fría, los pobres debían estar por encima del “capitalismo despiadado” y del “socialismo utópico”.

En cuanto a lo ideológico, Chesterton consideraba que ser progresista en ocasiones implicaba ser conservador, haciendo una analogía con un árbol que, mientras más ramas le salían, más se aferraba a sus raíces. Le preocupaba profundamente que la política derivara en perversiones sociales, como la utilización del sistema educativo para transmitir ideologías particulares.

Siendo un demócrata, Chesterton se lamentaba de que los partidos políticos, en lugar de acercarse realmente al pueblo, se dedicaran al ataque mutuo, en vez de defender los intereses de las personas necesitadas.

La lectura decembrina también me recordó que Chesterton admiraba a Shakespeare y le sorprendía que Macbeth, al dejar atrás la moral y la conciencia, no terminara siendo más libre, sino que quedara atrapado en unas paredes que lo estrangularon. A medida que su inmoralidad se ampliaba, se hundía más en la trampa, convirtiéndose en una especie de león enjaulado.

Estas ideas, generadas hace aproximadamente cien años, son sorprendentemente actuales. Parecería que estamos describiendo partidos y estrategias políticas de numerosos países del mundo, incluido, por supuesto, el nuestro. El escaso nivel intelectual en el debate público, el recurso fácil a la agresión ante la falta de inventiva propositiva, fustigar a la persona en lugar de distinguir sus errores, pensar que los otros son los malos y nosotros los buenos, la incapacidad de entender que disentir no es odiar, la insuficiencia de capitalismo o socialismo, de izquierdas o derechas —que sigue sin resolverse—, la confusión incluso sobre qué implica ser progresista o conservador, el alejamiento de las verdaderas necesidades de la gente en pro de las tribunas mediáticas, la no distinción entre el bien y el mal, los círculos viciosos de las conductas inmorales y la instrumentalización de la educación para fines políticos.

Una de mis peticiones a los Reyes Magos es que el tono político en 2024, especialmente en nuestro país, revierta algunos de los puntos señalados. Sería ingenuo pensar que todo se solucionará de un plumazo, pero sí creo que existen numerosas personas sensatas y bienintencionadas que pueden elevar las miras de sus entornos y generar pequeños oasis donde otros puedan encontrar agua limpia y vegetación saludable.

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