Después de 39 días de Mundial con la participación de 48 selecciones, de 104 partidos (de los cuales 13 fueron en México), de cuatro victorias y una derrota de la Selección Nacional, y de festejos en tantos países —que seguramente hoy domingo y mañana lunes se coronarán con un macroevento en Buenos Aires o Madrid—, estamos cerca de volver a la realidad.
Aparentemente, el Mundial ha sido de nueva cuenta un éxito comercial. Impresiona el número de seguidores que, desde tantas latitudes, contemplan, más que un deporte, un fenómeno social. Durante 40 días hemos tenido una dosis máxima de dopamina colectiva: pantallas, resúmenes, comentarios, fan fests, bebidas y estimulantes varios. La gente se abrazaba bajo el cobijo de los mismos colores, incluso con desconocidos. Los buenos deseos se contagiaban y, ante los goles en contra, encontrábamos un brazo hermano que nos comprendía.
Algunos datos sorprendentes de la realidad social en nuestro país durante la justa mundialista: la popularidad de algunos dirigentes políticos subió, no tanto por haberlo hecho mejor, más bien porque el ánimo general era más alto; las llamadas al C5 disminuyeron en este periodo; y, por poner un ejemplo universitario, los alumnos inscribieron menos materias de verano.
De repente, el lunes 20 de julio, las pantallas se apagan, el balón se detiene y todo aquello que estaba en pausa regresa sin anestesia. Damos así la bienvenida a la cruda posmundialista, donde es posible reencontrar fenómenos conocidos: popularidad a la baja; retorno a las tasas delictivas habituales; ¿algún tipo de intervención estadunidense en México?; y, en el día a día, una mayor hostilidad y polarización en el trato entre personas y grupos.
En materia futbolística, un ejemplo desconcertante es que, de la Selección de Brasil, sólo un jugador regresó a su país en los días posteriores al Mundial. El resto prefirió vacacionar en otros lados para evitar el linchamiento correspondiente a su bajo rendimiento. En España o Argentina, en cambio, se advierte poco lúcido no regresar a sus países en los siguientes días, donde serán aclamados como máximos referentes.
En cuanto a México, comenzaron ya las primeras reacciones pendulares hacia el nuevo técnico, Rafael Márquez. Primero con el “¿y si ahora sí con Márquez?”, seguido de las primeras desilusiones y sospechas: que si no saludó en un aeropuerto, que si no tiene experiencia dirigiendo en Primera, que si es novato como estratega. Seguramente le llegará también algún momento de gloria tras un buen resultado, seguido del averno ante la primera derrota. Más allá de eso, es deseable, sin duda, cultivar a los muchos jóvenes seleccionados que ya vivieron una experiencia mundialista y cuyos mejores años están por venir, al tiempo que es imprescindible lograr una masa crítica jugando en las mejores ligas del mundo. De lo contrario, será muy difícil dar un salto de calidad en 2030.
Al comenzar —ya no la cuesta de enero, pero sí la cruda de julio después del maratón futbolístico—, la gente volverá a sus patrones ordinarios, a sus reacciones habituales, a otro tipo de búsquedas estimulantes y al tedio cotidiano. Sin embargo, éste es un regreso a la vida en casa, a las relaciones de trabajo, a los proyectos profesionales, a sacar adelante a nuestras familias y pronto, también, a las clases escolares. Lo cual es mucho más importante que la justa mundialista, aunque parezca menos atractivo. Y, aun así, resulta mágico para quien sabe hacer de lo ordinario algo extraordinario: éste es el mejor antídoto ante esa posible cruda.
