No sobra razón en quienes suelen plantear que las palabras y, por llamarlos con cierta concesión, los discursos de la cortesía política generan más hastío que interés. No es extraño que, quien tiene oportunidad, busque mejores opciones para escuchar algo diferente en los programas radiofónicos o televisivos, en las redes sociales y en los medios impresos, porque de alguna manera ya se conoce la estructura de tanta palabrería en la que sólo se actualizan nombres y situaciones.
Quizá hace pocos años aún existía un cierto “vacío” entre las palabras de la clase política –esa masa informe que se reconoce entre los miembros del oficialismo y la llamada oposición que, como ha demostrado nuestra historia reciente, terminan constituyéndose como los diferentes rostros de un mismo problema–, pues no existía esa saturación de información que se encuentra en las redes sociales y, por supuesto, tampoco se hallaba en el panorama la estrategia de “comunicación” que impuso el gobierno anterior al saturar de palabrería la discusión pública. Si hace ocho o diez años uno de los lugares comunes entre la gente era precisamente referirse a las palabras de los políticos como una colección de mentiras, despropósitos, promesas que no se cumplirían –y muchos aspectos más–, como resultado de los factores mencionados, ese tipo de conclusiones ha llegado a enconarse de manera muy particular.
No faltará quien argumente que, en nuestros días, la sociedad se encuentra con una conciencia política única en nuestra historia. Ante dicho juego retórico, basta esgrimir una pequeña sonrisa que nos permite recordar algo muy elemental: el enconado fanatismo de los últimos años no es precisamente una conciencia que se mantenga en el ámbito de lo racional o que permita un diálogo democrático. En realidad, estamos en medio de un proceso que ha generado todo tipo de animadversión e intolerancia como resultado de la siempre nociva y pedestre política del reduccionismo que implica el maniqueísmo –que ha permeado como una de las mejores herramientas de la llamada Cuarta Transformación y en el que se encuentran más que empantanados quienes enarbolan la bandera de la llamada oposición–. En ese sentido, no existe ni un atisbo de ingenuidad en dicho mecanismo: han ganado la apuesta quienes colocaron sus fichas en el enfrentamiento, por la conflagración retórica y la miseria discursiva, por la violencia que esto implica. Sin embargo, tampoco han faltado los edulcorantes que terminan por intentar cubrir el sol con declaraciones y estadísticas interpretadas con los miopes lentes del populismo. Y del cinismo, por supuesto.
Tal vez sea oportuno tener presente esa pedestre amalgama que ha definido nuestra percepción de las acciones protagonizadas por la cortesilla política en turno, pues, en menos de lo esperado, se atizarán los fuegos en las campañas electorales que han comenzado a lanzar sus fuegos artificiales antes de lo permitido y bajo el cobijo de la pálida sombra del INE, que vaga entre los pasillos del oficialismo. Ante ello, cabría cuestionarse si la violencia será el punto más álgido del proceso que estará por iniciar o la violencia en sí misma reformulará las fronteras de lo civilizado y la barbarie. Quizá será más fácil que, como sociedad, terminemos por engarzarnos en esta lúgubre espiral que sólo beneficia a quienes han optado por consolidar a la violencia como su más preciada herramienta política y en la que juega un papel trascendental el crimen organizado, esa suerte de omnímoda presencia que termina de acordonar los hilos del poder.
Hace algunos años el escritor Robert Musil escribió su conferencia Sobre la estupidez en la que señaló lo siguiente y que, quizá, sirva como colofón a esta conversación: “(...) Esto, dicho de otro modo, significa permitir que una acción intencionada sea sustituida por una voluminosa, y nada hay más humano como reemplazar la índole de las palabras o acciones por su cantidad. Ahora bien, en el uso de las palabras vagas hay algo muy similar al uso de muchas palabras, pues cuanto más vaga es una palabra, tanto mayor es la amplitud de aquello a los que se puede referir, y lo mismo puede decirse de la falta de objetividad (...) Y, efectivamente, en el uso correcto del reproche de que algo sea una auténtica estupidez o una infamia no sólo se deja ver una interrupción de la inteligencia, sino también una ciega tendencia a la destrucción y la huida absurdas. Estas palabras no son tan sólo insultos, sino que sustituyen a todo un arrebato ofensivo. Cuando algo sólo se puede expresar mediante ellas, está próximo el acto de violencia…”. Ojalá siempre sea oportuno recordar las palabras de quienes, apenas unos respiros antes, observaban el peligro inminente en una violencia que se reinventaba con la complicidad de la sociedad y los frágiles límites. En efecto, el texto de Musil está fechado en Austria, en el año 1937.
